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Porosidad

(Poesía vacía)

 

Volúmenes de vacíos

entre

volúmenes de la totalidad.

Enes retorcidas,

específicas,

retenciones;

igual de específicas, que

forman parte

de la

porosidad.

Huecos como cabezas de mongolo.

Llenos de nada, como

eructos sin olor y

jacaranda

sin flor.

Granada (Septiembre 2004)

 

De esta burbuja, tan glosada por mi parte en estas lindes sombrías, se derraman últimamente tantos elementos; de la memoria, de la salud y de ese espejismo de optimismo que tuvo el burbujismo original —ismos que son el itsmo que sostiene aún la cordura como esa carne de pescuezo que deja la cabeza colgando en el chiste—.

 

El poemita introductorio, aparte de malo, es antiguo. Andaba yo en mi último piso de estudiante —aquel en que me adentré en HPL— estudiando una Hidrogeología que no aprobé en tal ocasión. La porosidad es aquel parámetro que relaciona los volúmenes vacíos con los volúmenes totales. Para que la porosidad sea efectiva ha de haber comunicación entre vacíos, si no, es vacío inútil —para dejar fluir el agua en el caso de la asignatura y la vida en el caso de mi burbuja—. No es lo mismo ser piedra pómez flotadora que mullida tierra negra de las llanuras del Danubio.  La perdida de memoria es esto. Los vacíos vacíos se quedan, compartimentos estancos que al no relacionarse entre sí se agostan y endurecen aún más los trastornos.

 

Como decía el año pasado en La burbuja enquistada [ …] se enquista enrocada en sustratos pétreos y masivos… Hoy ya es cuero fosilizado, los olores son a muerte tapados por un ambientado de algodón de azúcar (sic), a peladuras de fruta, a verdín marrón y seco. La enorme bola caduca sólo respira por las heridas. Mas unas manos implacables, ganchudas y huesudas agrandan esas laceraciones y la tapan a la vez: el trabajo. Vivir en la urgencia de constantes demandas y quejas son las antípodas de algo de paz.  En un mundo ruidoso y furioso, que al menos sí es medio tapado por el cordobán de la membrana cochambrosa, la paz es entelequia. Persevero en permanecer en una suerte de mítico tiempo antiguo donde tampoco había nada de paz, pero las narrativas eran otras. La gente normal vivía a la cadencia circadiana, de las estaciones, de la siembra, la matanza y el temporal. Hoy incluso el más humilde agricultor es odiador amateur con todas las maldades que salen de su móvil. Yo de eso sólo veo retazos, instantáneas fugaces, videos al azar, comentarios repetidos mil veces, pues el teflonado músculo de mi indiferencia, hace que el brote momentáneo sea por acumulación de mamarrachadas. El clima bélico es notorio. No lo llaman guerra mundial porque ahuyentaría a los mercados. El capital no se puede permitir eso de para el consumo. Una economía de guerra para todo el engranaje, por lo tanto tenemos bombardeos con decenas de miles de muertos, mezclados con noticias apocalípticas, concursos de niños canoros, películas con hype, tiktoks de gente subnormal y millones de podcast que repiten siempre los mismos entrevistados. Pero el trabajo subyace a estas ansias evasivas. Muchas horas delante de una pantalla con interludios de rugido de máquina pestosa y manipulación de papel impregando  no ya de la noble tinta sino del bajuno tóner. Hay días de tormenta perfecta donde todo confluye en hacer mi vida insoportable. Los clientes, a veces insoportables, claman por sus trabajos, exigiendo una rapidez difícilmente conseguible. Este stajanovismo moderno que es ser autónomo perfora todo lo mullido. Una gran tristeza se torna viscosa con el pasar de los días y los años aferrado a las inclemencias del laburo. Y lo peor de todo es que cuando te paras es cuando te vienes abajo, porque lo que antes consumía la poca concentración, deja su poso y se va deja todo ese vacío para que divagues entre distorsiones e insomnios, entre toneladas de información inservible.

 

El trastorno de la atención por el maldito teléfono cada vez me aleja más de lo mollar que me convertía en lo que era —y quizás siga siendo bajo esa corteza tan acartonada—. Leer y ver películas. Lo de escribir ya ni lo contemplo, pues el desánimo es tanto, que no quiero verme en el grupúsculo miasmático de gente que publica un libro por tener un libro. Hay que bajar el ego a palos, pero hoy no es difícil porque hay muchísimos ejemplos de personas y comportamientos a los que no te quieres parecer. Escribir estas líneas me está resultando difícil, aun cuando estoy con mi tema preferido y único, yo mismo. Hago un pequeño esfuerzo para no faltar a esta cita.

 

Por lo demás, Cthulhu espera durmiendo siempre. Por los evos y eones.

 

Las burbujas anteriores:

 

Vivir en la burbuja

La burbuja confinada

La burbuja enquistada