
El origen de
este texto es complejo y múltiple: a) una acalorada discusión de mi osita con
un familiar a propósito de las realidades y las fantasías del amor; b) el
hallazgo casual, a la vuelta de las vacaciones, de unas notas que escribí a mediados
de 1993 para el primer nº de la saga corazonesca (al final, la cosa derivaría
en las introspecciones sobre Modesty Blaise y Madame Hydra); c) un libro de
conversaciones con Mircea Eliade (más en concreto, el capítulo «ANIMUS Y
ANIMA») que me dejó Dildo este verano; c) el antagonismo conceptual entre las
figuras (y las relaciones de pareja emanadas de dichas figuras) de Yoko y Linda
según otro libro (éste sobre los BEATLES –más en concreto, sobre la gestación y
desarrollo del doble blanco-) que también me pasó Dildo y d) el reencuentro,
por un hilo del foro Cafexpan [un saludo a Monsieur Tiffauges, detonante
y columna vertebral de dicho hilo], con toda una serie de presencias
trascendentes en las que había dejado de pensar con la veneración que merecen
(Bronwyn, la Shekina, el ángel orsiano, las voces que guiaron a la doncella de
Orleans...) y sin las cuales mi creatividad sería menos que cero.
1
«Lo que llamo Bronwyn, en poesía, es el centro
del “lugar” que, dentro de la muerte se prepara para resucitar; es lo que
renace eternamente.» (JUAN EDUARDO CIRLOT)
Por volcados que nos podamos hallar
en nuestras realidades de pareja, no se pueden poner puertas a la imaginación y
(con excepciones rayanas en la sublimidad –si de de veras existen y no son mero
fruto de la hipocresía-) todos tenemos unos puntos de fuga, fiel reflejo de
nuestro más íntimo ser, donde ideales, conatos, amagos e insatisfacciones
tintan y hacen titilar el latido de nuestro ensueño.
En estos puntos de fuga, por lo
general (según he podido comprobar a través de conversaciones, lecturas,
visionado de películas, coloquios y basura televisiva –incluyo la publicidad-),
lo que abunda son las fantasías de dominación y manipulación: el esclavo nubio
(en ocasiones, rubio) de llamativos músculos y enhiesta verga, de natural manso
pero briosamente eficientísimo en las tareas horizontales que se le
encomiendan; la venus neumática de recauchutada figura, a caballo entre la
muñeca hinchable y el balón de voleiplaya, siempre dispuesta tanto para el rebote
como para la penetración; la galga de cincelada fragilidad, según el troquel
impuesto por las pasarelas y la obsesión por la línea, de contornos delicados
pero una fiera en la cama; la nínfula prepúber, alumna sumisa (al
helénico modo) al tiempo que caprichosa e implacable dominatrix, como exige el
guión nabokoviano; el sujeto peludo de esféricas formas, con trazas de Bob
Hoskins y alma de presentador de “AQUI HAY TOMATE”, rico en hedores y halitoxis
(tesoros para la pituitaria sumamente apreciados en Chuecatown); el chaperito
barriobajero, violado una y otra vez con su consentimiento (esto es, doblemente
violado) por imperativos laborales, cuya virilidad (humillada ante las
exigencias del cliente) ruge sorda en su más profundo fondo pidiendo venganza (identitaria
y de clase –siempre vigente la frase de Eduardo Haro Ibars: “el deber de
clase de todo chapero es matar a su cliente”-) y añadiendo así un factor de
riesgo a la situación...
Lo tengo claro: la tira de anómalo
debo de ser porque en mis puntos de fuga jamás ha existido ni dominación ni
manipulación, sino ansias de comprensión y camaradería (los impulsos de
adoración y autodesprecio, ya felizmente superados, datan de cuando mi
autoestima no andaba muy allá y me sentía ante la criatura deseada como el
kippelizado J.F. Sebastian frente a los replicantes), aquello que decía Tom
Hanks en «INSOMNIO EN SEATTLE» a propósito del recuerdo sublimado de su esposa
muerta («era como estar en casa, pero una casa en la que nunca había estado
antes»). Desde siempre he sido consciente (no sólo racionalizando sino
visceralizando, desde las tripas) de cómo la verdadera Carne (si jugamos en el
tablero de lo humano, claro –no hablo de relaciones puramente zoófilas, más
allá de las veleidades zoomórficas que algunos podamos tener al pensar en una
presencia femenina-) en principio fue Verbo. Antes de las caricias, de los
morreos o del metesaca está la conversación. El goce con las palabras del otro,
sin restricciones, sin condiciones, sin reticencias, sin sobrellevarlas como
algo eventualmente molesto (molesto por ajeno, porque no nos atañe en nuestro
tuétano, porque ya está el otro con sus cosas). La adicción a escucharme
en boca cercana (no como un espejo solipsista –los bucles me aburren-, sino
descubriendo, más allá de la explicitación de la afinidad, intuiciones que me
resulten formalmente nuevas pero esencialmente propias –porque tú eres mi
mejor yo y me completas, y yo también te completo a ti: la frase del poeta
Shelley y lo dicho por el viudo Hanks son elementos de una misma ecuación-).
Confesión un tanto amielesca: no recuerdo acto sexual que haya superado como
experiencia placentera a ciertas charlas con presencias deseables a quienes
sentí (por un momento, o durante un tiempo) profunda, gozosamente afines. Tal vez
por ello el físico de alguien se halle condicionado, para mi gusto, por su voz,
y esta, a su vez, por las palabras que pronuncie (también puede ocurrir que una
voz sin físico visible me resulte tremendamente sexy, caso de la mítica Jone
Miren del programa de Arguiñano; o que palabras en un escrito de alguien cuyo
físico y voz desconozco me provoquen una gran excitación –desde luego, mucha
más que la causada por una imagen al primer vistazo-).
Mi ideal, mis conatos, mis amagos e
insatisfacciones carecen, por tanto, de músculos, de silicona, de cincelada
esbeltez, de velluda esfericidad, de hosca agresividad adolescente... No
obstante, aparte de palabras y de voces, existen unas imágenes recurrentes, con
algo de canónicas, que se han ido incorporando a mi memoria sentimental: así,
las gafas graduadas (fetichismo que se me despierta a partir de los últimos 90
con el descubrimiento de Simone Weil –figura por la cual siento tanta simpatía
intelectual como atracción física-, pero que tal vez ya se encontrase latente
en la imagen a medio sexuar de cierto compañero de clase de los primeros 70,
imagen que me empezó a rondar en sueños tanto diurnos como nocturnos desde
finales de los 80, y todavía más en la nebulosa presencia de la señorita Ana
María, mi profesora del parvulario, presencia angélica que compensaba aquellos
traumáticos primeros meses de convivencia con mi desaforada madre); así, el
contraste entre un cabello oscuro y una piel muy pálida (que me atrae tan
intensamente como me suele dejar indiferente su contrario, pelo rubio y piel
bronceada -aunque, a partir del descubrimiento de Anne Heche, las rubias, eso
sí, de piel muy blanca, también me han empezado a llamar la atención y a no
parecerme anodinas-); o siempre me fijaré más en una nariz prominente, no importa
si aguileña o respingona, que en una menuda (salvo si hablamos de rostros
extremoorientales –o de rostros caucásicos que me los recuerden-, donde la
nariz pequeñita puede adquirir a mis ojos un acusado sex appeal –pero, ya digo,
siempre asociada, de manera directa o alusiva, a la raza amarilla-); empatizo
con un labio inferior y barbilla más bien esquivos (lo que yo llamo perfil
vulpino, cuyo ejemplo más paradigmático sería Rosanna Arquette) tanto como me
desagradan las caras de cuchara (a lo Meryl Streep); y mi idea de figura
perfecta son unas carnes escasas a primera vista pero con su punto de morbidez
si se examinan de cerca...: todo ello no necesariamente como un requisito
formal (acabo de señalar la prioridad de la voz y las palabras sobre toda fijación
con determinado físico) sino como una metáfora de su alma, de su idiosincrasia
(esa voz, esas palabras, pueden conformar dicha metáfora ante mis ojos no
importa cuál sea el aspecto concreto de la mujer). Una metáfora que me acompaña
desde mi más tierna infancia, metáfora y ecuación a partir del descubrimiento
quasi simultáneo de Ligeia, Palas Atenea y Emma Peel, amén de Audrey Hepburn
(pero de ésta hablaré más tarde,
cuando mencione a mi osita).
Ligeia es la esencia perenne de la
Conversación, de la Mujer Ilustrada (inmanencia de palabras que se resuelve en
sucesivas contingencias de físico y de imagen; toda inmanencia es vampírica y
por ello me atrae, porque su voluntad de permanecer derrota al cambio
insustancial). Ilustrada en su más noble sentido: Gnóstica (Esotérica
-tenebrosamente Sóphica, soterrada compañeraa de Adán y de Cristo-). Culpable de
transgresión, de herejía, de terrorismo intelectual, de crímenes de opinión
contra la humanidad. Antípoda de la ilustración burguesa domesticada y
lobotomizadora que nos venden en su simulacro de independencia las mercenarias
gárgolas que escriben en EPS, ganan premios previamente tongados y pontifican
en los programas culturales de la 2. Antimateria de las sabidillas de Moliere,
de las petites libertines, quienes malviven las palabras como un bien de
consumo biodegradable. Pero también ajena a quienes, usando palabras en
abundancia, no son conscientes del tesoro que manejan y las sufren como una
rutinaria herramienta de trabajo de la cual desearían evadirse a la primera de
cambio. Tal vez sea esta frase del cuento de Poe la que mejor defina mi apetito
de Ligeia: «La intensidad de pensamiento, de acción, de palabra, era
posiblemente en ella un resultado, o por lo menos un índice, de esa gigantesca
voluntad que durante nuestras largas relaciones no dejó de dar otras pruebas
más numerosas y evidentes de su existencia».
Emma Peel es la Conversación hecha
Acción, la Pluma vuelta Pistola, la Meditación transmutada en Katana, de ahí
sus intercambios de palabras con John Steed tan mínimos, tan aforísticos, por
estar ya de vuelta de tantas verbalizaciones (finalmente adivinadas en mutua
telepatía): frente a la sublimidad divina (la señora Peel es Palas Atenea con
estética op-art), llena de Inteligencia (con I mayúscula), de LOS VENGADORES el
destino me regalaría muchos años después el titanismo juvenil de «NATURAL BORN
KILLERS», donde la locuacidad imparable de los comienzos se va raleando en
provecho de la acción, de la fusión sartriana provocada por los ataques de los
otros, de los enemigos, de los que conforman la pareja como lo más intenso que
puede ser una pareja, UN COMPLOT DE DOS CONTRA EL MUNDO.
Es singular paradoja el contraste
entre la científica Emma Peel y la iletrada Mallory Knox. Falso contraste: Mallory
(como yo de manera semiconsciente señalaba en “LA CANCION DEL AMOR” antes
incluso de conocer el argumento de Tarantino) será instruida por Emma en
saberes oscuros. Su incultura ávida de conocimientos se acoplará con la
Inteligencia a mayor gloria de la subversión anarca (desde la Administración
pero contra ésta, porque el mundo conformado por LOS VENGADORES es más grande
que lo usualmente llamado vida y supone
lo contrario de los adiestradores postmodernos de Nikita, mezquinos celadores
del Ultimo Hombre).
En cuanto a la diosa del búho, la
descubrí en mis primeras lecturas mitológicas y, tras un primer interés por la
amazona Artemisa y su carcaj (¿quizás trasunto mítico de aquella chicarrona del
parvulario que me tomó bajo su protección contra las asechanzas del matón de la
clase?) y un claro rechazo por Afrodita (a quien siempre he visto como una
mezcla de la Jezabel bíblica –que sólo me producía un cierto tilín normaniano
al contemplarla defenestrada y devorada por los perros, tal cual aparecía en la
ilustración del tocho de Historia Sagrada- y de la jovencita fácil pero no muy
inteligente –a lo Sofía Mazagatos- que siempre he visto como uno de los mayores
símbolos del tedio), fue Palas Atenea quien me regaló el perfecto equilibrio
entre Pensamiento y Acción, la santa patrona de la señora Peel, de Modesty
Blaise y de todas las agentes femeninas de Inteligencia (lógico de quien nació
de la cabeza del dios de dioses), con gafas en el alma (como las
representaciones más clásicas de su mascota estigia), con muchos libros en las
alforjas de la memoria y un arma al cinto. A la diosa Palas, cuando ensoñaba su
encarnación, sólo se me ocurrió encajarle el rostro de otra diosa: el de Greta
Garbo, anguloso, de mirada gloriosamente miope, de expresión subversiva por lo
ausente, por lo ajena a las miserias de un mundo abyecto que a algunos nos
resbala. Esta apoteosis ya la expresé en el poema que cerraba mi libro “MARY
ANN”.
Con el tiempo la citada tríada me
llevaría a buscar su aura en diversos personajes de ficción así como en figuras
que la actualidad me deparaba. Actrices: aparte de la Divina, está Claire Bloom
(el troquel lo marcó, en su caso, la bibliotecaria de «EL ESPIA QUE SURGIO DEL
FRIO»), o Deborah Kerr (monja/institutriz de circunspecta apariencia pero
magmática en su interior, como bien sabía el astuto John Huston cuando la llamó
para la secuencia orgiástica de «CASINO ROYALE»), o Sean Young (para mí siempre
la replicante de «BLADE RUNNER» -más grande que la vida, más carismática que
las hembras humanas- y también, fuera de la ficción, la Furia que intentó matar
a la esposa de su amante con vudú -¿se puede pedir algo más ligeiano?-), o
Joanne Whalley (esa versión corregida y mejorada de Barbara Steele –esta última
demasiado kistch para mi gusto, con algo en sus facciones que no puedo dejar de
asociar a Mr. Bean-), o Madeleine Stowe (tan ortodoxamente poesca –si nos
atenemos a la descripción dada por el autor en el cuento de marras-), o Anne
Heche (la rubia más anómala que se me ocurre), o toda la avalancha finisecular
de jóvenes raritas, como Christina Ricci (Wednesday Addams -su sombra
siempre la acompañará ante mis ojos-), Thora Birch («GHOST WORLD», «AMERICAN
BEAUTY»), Wynona Ryder (sus caricaturas neogóticas en «BITELCHUS» y «ESCUELA DE
JOVENES ASESINOS» y, obviamente, haber sido objeto de deseo draculino en la
revisión de Coppola), Heather Matarazzo (apetitosa Wienerdog en «WELCOME TO THE
DOLLHOUSE») y la mejor de todas, Juliette Lewis (arquetipo de –ya lo señalé- la
iletrada aprendiz de Ligeia –ese toque mansoniano tanto en su expresión como en
su concepto de personajes- y musa de lo anómalo con tantas joyas en su haber
-«NBK», «KALIFORNIA», «STRANGE DAYS», «EL CAABO DEL MIEDO»...-). Personajes de
ficción literaria: la chaceliana Leticia Valle (la única Lolita que realmente
podría interesarme –casi todas las jóvenes raritas antes mentadas ¿no
son en el fondo sino variaciones norteamericanas del lado más oscuro de la
muchachita de Valladolid?-), la chica/mandrágora de «LA MANSION DE LAS
ROSAS» (de Thomas Burnett Swann –sugerentísimo cruce céltico entre el carcaj de
Artemisa y el búho de Palas-), la Nadine Cross de «LA DANZA DE LA MUERTE» (de
Stephen King –siempre la deseé encarnada por Claire Bloom hasta que volví a
soñarla con las trazas de Madeleine Stowe: no logro recordar quién hizo de ella
en aquella mediocre y pacata adaptación televisiva-), la Budur Peri del
«HELIOPOLIS» jungeriano, la Bronwyn cirlotiana (con el físico ya incorporado de
la joven Rosemary Forsyth) o esas figuras cátaras (entre ficticias y reales)
como Clemencia Isaura o Esclarmonde de Foix, así como las criaturas descritas
en el cuento de Woody Allen «LA PUTA DE MENSA» (con las que soñé tórridamente
más de una vez y que se me antojan la única manera concebible por mi parte de
disfrutar la prostitución –dado el ambiente policíaco del cuento, también las
relaciono, como supongo lo hizo Allen al gestar su narración, con el personaje
encarnado por Dorothy Malone en «EL SUEÑO ETERNO»-) y, claro, el cómic, los
iconos marvelianos de Madame Hydra y Mística (la más lograda traducción dada en
viñetas al arquetipo jungeriano del Anarca), amén de aquella fascinante
criatura, Yocasta (inalcanzable y deseabílisima a un tiempo, con sus carnes de
titanio y su alma tierna de suave plumón –la replicante encarnada por Sean
Young tiene no poco que ver en sus contradicciones con Yocasta: también
recuerdo en un episodio de «MAS ALLA DEL LIMITE» la romántica historia de un
ginoide electrodoméstico que acaba enamorándose de su propietario e intenta
asesinar a la amante de éste, con una sospechosa coincidencia en esta mezcla de
circunstancias con las ficciones y realidades de Sean Young-), y Modesty Blaise
(en el primer nº de EL CORAZON DEL BOSQUE hablo largo y tendido de lo muy
intensamente –intensidad poesca- que me influyeron estos personajes). Hoy sigo
series como «CSI», «PROFILER» o «MENTES CRIMINALES», entre otras razones, para
poder deleitarme con nuevas criaturas (no importa a qué lado de la ley se
sitúen –lo anómalo es común a perseguidos y a perseguidores, como ya dejaron
claro los maniáticos CSI Gil Grissom y Ryan Wolfe o el jovencito supernerd del
equipo de Jason Gideon-) que satisfagan mi apetito de Sophie Black, de Mujer
Ilustrada (por ahora, sólo un hallazgo redondo: la bebedora de deportistas
reducidos a batido proteínico que interpretó la desasosegadora Alicia Coppola
en un episodio primerizo de «CSI LAS VEGAS»). En cuanto a personajes de
actualidad, mi educación sentimental va conformándose durante unos años en que
buena parte de la intensidad pensante/actuante que destacaba en los media
tenía rostro y formas de mujer (al punto que hasta las putas, si querían sacar
algo, debían mimetizarse con las estudiantes y activistas, pues –excepción
hecha de los gustos un poco anacrónicos de Berlanga y Buñuel- los encajes y
corsés no molaban mucho en aquellos maravillosos años, prefiriéndose la tela
vaquera y el cuero): las antinovicias de la familia Manson, la pantera Angela
Davis, la walkyria roja Ulrike Meinhoff, la castradora Valerie Solanas (esa
entrañable y martirizada jemer rouge del feminismo),
la iluminada Eva Forest, las moiras del SLA (incluida por un momento Patty
Hearst –en su único momento de lucidez y lucimiento, no como ahora, usada de
juguete roto por John Waters-), las palestinas del FPLP (como aquella diosa de
las arenas, Leilah Jared), la sesuda Julia Kristeva, la diablesa Magda Leticia,
la provocadora Liliana Cavani (cómplice de los mejores momentos de Visconti
-«MUERTE EN VENECIA», «CONFIDENCIAS», «LUDWIIG»- y responsable ella misma de
interesantes enigmas -«PORTERO DE NOCHE», «LA PIEL» o «EL JUEGO DE RIPLEY, la
mejor adaptación a la pantalla del mutante highsmithiano-), las primeras
etarras, las italianas de BR y Potere Operaio (como Mara Cagol), la posesa
Patti Smith, la negra honoraria Laura Nyro, las diminutas vietnamitas con su
pijama guerrillero, las feroces hormigas rojas de la Revolución Cultural...

2
La Mujer Ilustrada, en su cotidianeidad, mima su higiene
personal con escrupulosidad japonesa y así sublima sus olores corporales a la
etérea levedad de un aceite esencial. Pero detesta la cosmética como ornato
profano: sólo se vale de ella en circunstancias excepcionales, cuando se
maquilla como una máscara para acostarse aún más a lo sagrado. Sus criterios de
make/up, en tales ocasiones, toman como referencia a Siouxsie Sioux, al
carnaval veneciano y al tono purpúreo de la mutante llamada Mística cuando se
muestra en su verdadero ser.
La
Mujer Ilustrada, por las razones dichas, no es dada a tatuarse ni a perforar su
cuerpo con piezas de metal como ornato exhibicionista. Si alguna vez se tatuase
o se aplicase algún añadido metálico lo haría en algún lugar muy recóndito (la
garganta o tal vez el píloro) y dentro de una ceremonia de terrible intensidad
iniciática.
La Mujer Ilustrada sueña cada X
tiempo lo siguiente: un caserón abandonado, propiedad de la difunta tía abuela
de alguien con veleidadesb de serial killer, a la vera de una piscina
que rebosa légamo, y ella revolcándose desnuda entre las hojas muertas. Pero
éstas no son tales, sino pétalos de papel biblia estampados con la garbosa
imagen de la reina Cristina poniendo proa a su exilio.
La Mujer Ilustrada (¿ya lo dije?)
detesta lo profano: esto es, la frivolidad, la inconsecuencia, la pérdida de
sentido de las cosas, el capricho, el pragmatismo como huída de Lo Absoluto...
Fiel a ese criterio, abomina de las apetencias consumistas pero siempre
respetará toda auténtica adicción (como nexo, contrahecho si se quiere –pero
nexo, al cabo-, con la Inmanencia).
La Mujer Ilustrada no concibe otro
placer que la responsabilidad.
La Mujer Ilustrada no tiene una
conciencia clara de su género ni de las apetencias propias de su género. Su
femineidad, ajena a toda convención y estereotipo vigente: apenas si puede
reconocerse como mujer según los moldes establecidos. Una femineidad
primordial, anterior a todo, con ecos y aromas a Lilith y a Eva (el primer
avatar vampirizado por Lilith). Mujer y Diablo, Orden y Caos, pura Gaia que
crea y destruye para sobrevivir. Le repelen los machos y sus simios de
imitación, las bolleras, tanto como la femineidad vuelta rollercoaster hormonal
(según el tópico tan querido por el patriarcado burgués –la mujer como perenne
menor de edad o como discapacitada por el mero hecho de su condición femenina-)
que hoy extreman en su odiosa caricatura las mariconas rampantes. Disfruta paladeando
el lado yin de una virilidad plena (de ahí su paradójica frase: «Eastwood me
atrae por su lado femenino») y las aristas más combativas de una verdadera
dama (de ahí su gusto por Uma Thurman –como sujeto deseable- en «KILL BILL»)
pero su pansexualidad siente una especial debilidad por los seres rotundamente
ambivalentes, de desarrollo físico tardío, asexuados según quienes los rodean
sin entenderlos, psiques revestidas por un leve esbozo de cuerpo, pálidos
cirios de apariencia humanoide que viven con un pie fuera del mundo.

3
La Mujer Ilustrada, troquel que me
ha permitido alumbrar logrados personajes (no pocas veces muy superiores como
caracteres al entorno narrativo que los envolvía –pienso especialmente en mis
primeras novelas y cuentos y reconozco el vínculo mediúmnico que me une a esas
supermujeres que pueblan mis ficciones-): la juguetera Anne Murdock, la
chaceliana Fe Jones (émula azul de Leticia Valle) y su antagónico
presagio de amiga (Amaranta, la loba roja de aristocrática estirpe –nacida de
un sueño húmedo que tuve tras leer una entrevista a la duquesa de Medina
Sidonia-), la altercapacitada Mary Ann (llamarla discapacitada sería, más que
un agravio, una idiotez), la bióloga Eva Segura, la bruja Eleanor Mackendrick,
o algunos personajes de cuentos publicados en los primeros números de «EL
CORAZON DEL BOSQUE»... También la sombra de Sophie Black planea desde diversos
ángulos sobre parte de mi cancionero, caso de «MI DULCE GEISHA», «MOIRA TE
ESPERA», «LA TEORIA DE LA RELATIVIDAD», «UNIDAD DE DESTINO», «LINEA DE SOMBRA»
o la reciente «CON PACIENCIA».
En la realidad, como suele
ocurrir, mis interpretaciones de la Mujer Ilustrada han sido mucho más
deficientes. Espejismos dulcineicos en su mayor parte que se quedan en bastante
poco (¡tan aldonzianamente poco!) cuando uno recupera la razón y vuelve a la
realidad. En una de mis últimas canciones («EL AMOR REDUX» -publicada ya en la
versión de Escarlatinas e incluida dentro del repertorio que preparo con
Charlie Mysterio-) reflexiono irónicamente, en tono de poesía bufa, sobre esta
superación de cuelgues que por años me condicionaron para mal. Aquí trataré de
extenderme en el tema desde la memoria más analítica, con más atención al
detalle.
Desecharé, por tanto, los
abortos emocionales y malentendidos más grotescos (dignos todos de acabar en
alguna deprimente historia solondziana y/o tominiana por su grimoso anticlímax:
pienso en mis penosos conatos de aproximación -a veces, tan en estado de conato
que ni fueron sospechados por la otra persona, dada mi timidez- a la Alaska
anterior a KAKA –en esos meses de búsqueda total y precoz inconformismo, Olvido
brillaba como un delicioso anticipo de la Thora Birch de «GHOST WORLD»-, a la
inefable Yolanda Alba
-gemela espiritual de Isabel Gª Marcos, comoo ha dejado claro su devenir de
antaño a hogaño-, a la arácnida Disgrace
Morales –siempre dispuesta a considerar un insulto imperdonable el que alguien
la encuentre atractiva- o a la atrabiliaria crítica musical con quien Dildo se
propuso emparejarme a comienzos del 2003 en plan experimento del Dr Pretorius).
Pasemos a los casos con más enjundia.
LAS VAINICAS
Madres ideales cuando todavía buscaba en quién volcar mi
maltrecho Edipo. No estaban locas, como la mía, sólo eran excéntricas y
tremendamente creativas. Pero su lado progre pudo, a mi entender, sobre su lado
anómalo. El arrebato inicial fue desvaneciéndose a medida que ellas se
institucionalizaban como icono postmoderno (primero, para progres –de pronto,
con la cosa del desencanto y la caída de dogmas, todo el mundo que antes las
había ignorado, incluso atacado, hizo guiños vainicosos, desde Aute a Víctor
Manuel pasando por Sabina- y después para mariquitas –supongo que todo empezó
por la querencia de Carlos Berlanga y su círculo de amistades y acabó
degenerando en escenas gayrontófilas a lo «CINE DE BARRIO»: esto último
conduciría a la teratológica experiencia de «CARBONO 14» que acabó llevándose a
la tumba a Carmen Santonja-) y yo me adentraba en Rosa Chacel (en los libros de
ésta recobré el subidón que me habían brindado las canciones de sus primeros
discos). Y a ellas (me lo huelo) nunca les hizo mucha gracia que los medios me
erigiesen en su cronicón oficial (¿qué tenía que ver yo, tan crecientemente incorrecto
a sus ojos, con Sabina, Wyoming, Luis Mendo o esa oda al pasotismo titulada
«CRONICAS MADRILEÑAS»?). De todas formas, pienso cómo, de haber entrado con
mejor pie en aquel estudio de las afueras aquella tarde del 74, entre Carmen y
yo podría haber florecido una amistad bizarramente hermosa, a lo «HAROLD Y
MAUDE» (trama vainiqueña donde las haya –de hecho, su alter ego cinematográfico
Jaime de Armiñán ha jugado en varias ocasiones con ella: ahí «EL NIDO», «NUNCA
ES TARDE» o «LA HORA BRUJA»-): con Gloria no, demasiado explosiva (a lo comedia
judía de Broadway, o a lo Liz Taylor en «¿QUIEN TEME A VIRGINIA WOOLF?») para
llegar a un mínimo entendimiento.
Un pequeño apéndice/digresión
en torno al paréntesis de hace un momento: nunca me he sentido cómodo con la
femineidad entendida como griterío, bronca, turbulencia, estridencia, etc.
Quizá por eso tenga ese apego por ciertos estereotipos que asocio con el
silencio, con el control del carácter, con la autodisciplina (la bibliotecaria,
la monja, la institutriz, la ateneísta –no la mitinera montapollos hoy
resucitada en clave de farsa por las tarascas Lucía Etxebarría y/o Pilar Bardem
sino la discípula orteguiana, con algo de monja laica, de vestal del saber, que
usa la palabra con mimo, como un tesoro, no como una excreción diarreica ni
tampoco como vajilla a estrellar en la jeta del contrario-...). La femineidad como
exhibición del caos hormonal (eso que tanto gusta a los maricones porque les
sirve de modelo a copiar) me repugna. Por eso me repugnan los maricones, no por
la cosa homosexual (enésima vez que lo diré), sino por el modelo elegido para
expresar su presunto lado femenino. Si hay maricones calladitos, monjiles,
vestales, con alma de bibliotecaria o de María Zambrano, nunca los odiaré,
siempre serán bienvenidos y su presencia me solazará y llenará de gozo. Pero,
por desgracia, deben de contarse con los dedos de un muñón (lo mismo en
Suecia...).
Su altiva caída de ojos (ese toque garboso
-en realidad, miope, como el original-), su enciclopédica cultura (sobre todo,
en cine, narrativa y poesía), su pose de emperaora haggardiana, sus
ínfulas de Isadora a punto de destripar emocionalmente a algún poeta ruso
recién llegado de la estepa, su agresiva promiscuidad que parecía preludiar los
vampiresos y vampiresas de Anne Rice, su atracción por los pielrojas y las
situaciones límite, todo ello deslumbró durante un tiempo mi lado más célibe,
aunque el tránsito desde las charlas estupendas (y -digo más- desde los
escritos tremendamente seductores –nunca nadie, lo reconozco, me ha encelado de
tal modo por la mera fuerza de sus palabras sobre un papel-) a la acción
horizontal no me provocó éxtasis sino agujetas amén de la sospecha de que yo
era tan sólo un subser anónimo (una especie de juguetito sexual para dar a su
masturbación apariencia de jeu a deux) y de que había un tercero en esa
cama (su propio y descomunal ego, el verdadero amante). Muchos años después, un
fugaz colaborador de la saga corazonesca comentó que había conocido a una
sosias de la Diosa (¿o era ella?) en su berciana tierra natal y que allí la
llamaban Piris (alusión doblemente envenenada tanto a su conducta excéntrica
como a su lubricidad) y la veían como un cruce entre una clochard bohemia (a lo
vendedora de chistes de amor o como esas hippies maduritas de Malasaña que leen
la mano entre vaharadas de pachuli) y... la Volpina de «AMARCORD». Se me cayó
bastante cuando participamos en un trabajo de ayahuasca en el que, tras un
conato de numerito bailongo a lo Isadora que nadie apreció (está claro que los
paripés bloomburyanos que salen en las películas, con su toque happy
twenties y su revoleo de velos, no encajan para nada con el cebollón quasi
catatónico –la guerra de los mundos va por dentro- que se vive a partir del
lingotazo de enteógeno), se ocultó amoscada en un rincón a lidiar con sus
demonios. Al día siguiente, nos comunicó solemnemente al amigo Aguirre y a mí
que se le había adelantado la regla, habló con mucho desprecio de la ayahuasca
y aseguró que a ella no le había hecho efecto alguno (mentira podrida, dada la
mala hostia que emanaba por todos sus sudorosos y desmelenados poros). No la he
vuelto a ver desde aquello. De cuando en cuando releo sus escritos sobre cine
(tanto en su fanzine mandragórico de los 80 como en los primeros números de la
saga corazonesca) y me fastidia no haberla conocido (en todos los sentidos del
verbo conocer) en el preciso momento en que los concebía (tal vez hubo un
atisbo en aquella charla peripatética por la zona de Huertas repartiendo
propaganda de «EL CORAZON DEL BOSQUE» cuando se puso a hablar, como poseída, de
las voces de Juana de Arco: charla que hoy es el único momento grande que me
queda de ella en el recuerdo de su trato directo, fuera de la relectura de sus
textos). Y es que ganaba un montón cuando vivía su yo más auténtico, el de
escritora (todo lo contrario que Eduardo Haro Ibars –mucho mejor compañía que
escritor-, con quien por un tiempo la asocié como una suerte de gemela
femenina, pese a que, en el fondo –siempre está el fondo para dejar las cosas
claras-, no tuviesen nada en común –como quedó bien patente con el auténtico
alter ego femenino de Eduardo, su compañera y babirusa Blanca Uría, Mujer
Ilustrada hecha, ésta sí que sí, de pura y demoledora Hiperrealidad-).
Siempre la he imaginado como una
circunspecta alumna de Ortega y no me sorprendí en absoluto al saber que se
ganaba la vida como bibliotecaria. Leí las «MEMORIAS DE LETICIA VALLE» al poco
de conocerla e inmediatamente la asocié con la heroína chaceliana. Supongo que
esta conexión la remachó todavía más Federico Jiménez Losantos (buen amigo de
Kikí por entonces y devoto de Rosa Chacel), quien tuvo cierto ascendente sobre
mí durante ese tiempo. El físico y la voz de Kikí se me antojaban, por otra
parte, muy ligeianos y su rostro, entre vulpino y oriental, me fascinaba por
acercarse muchísimo a mi canon ya descrito de la Mujer Ilustrada. Cuando ella
vino a mí para que le hiciese canciones yo perdí los papeles por completo:
estaba acostumbrado a los rechazos y reticencias de las chicas de la Movida y
la irrupción de Kikí me sobrepasó emocionalmente. Ella quería canciones, una
relación profesional, tal vez incluirme en su círculo de amigos, y yo me
ofrecí, pasada la timidez inicial, como su trémulo y palpitante adorador, algo
que más que halagarla le horrorizó (mi cuelgue por ella era como un meteorito
arrojado sobre sus inseguridades y su drástica reacción machacó del todo por
casi dos décadas mi ya bastante pulverizada autoestima). Entre los escombros,
quedaron algunas de las mejores canciones que he hecho y el recuerdo agridulce
de su saga/fuga. A medida que iba superando mi cuelgue por ella, me fijaba en
otras que me la recordaban, como la presentadora Olga
Barrio y la actriz Debra Winger (cuyo temperamento inseguro, sus
gestos y expresión nerviosa y contenida a la vez, y su manía astrológica se me
antojan muy de Kikí). El reencuentro de los últimos años, forzado con mal pie
por Joe Borsani y en realidad bastante gratuito, ha dado otra buena canción
(«UNA CICATRIZ», aunque inspirada sólo en parte –ya lo dije en su momento-
por Kiki) y prácticamente nada más: creo que hoy por hoy ambos nos movemos,
tanto emocional como mental como musicalmente, en planetas muy distintos y dudo
bastante que tales planetas vayan a converger en mucho tiempo.
Una ¿relación? que definiría, desde
la perspectiva actual, como la irónica encarnadura, en plan boomerang
pesadillesco (como en los cuentos orientales, «pide tres deseos y ya verás
la que te cae»), de mi letra «UNIDAD DE DESTINO». Un limbo de afinidades
presuntamente intensísimas (casi telepáticas) que se frustraban en la cercanía
(¿acaso cada cual tenía un tempo distinto para vivir lo nuestro –si
había un lo nuestro que vivir, claro-? ¿o eran sus prejuicios
adjudicándome un comportamiento estereotipado de género donde se guiaba más por
sus propios fantasmas que por los datos que pudo sacar de mí? ¿no puede admitir
ni por un instante que quizás se pasó de lista, que fue incapaz de asumir lo muy
fou de nuestra atracción, de aquel hermoso y anómalo germen, adelantando
acontecimientos que, por mi parte, lo mismo yo no tenía ningún interés en
desarrollar según la pauta de sus temores?). Un entorno emocional tan sumamente
ambiguo (la carencia de explicaciones, escudándose en que todo se
sobreentiende, puede ser muy cómoda para una de las partes pero nefasta
para la otra, sobre todo si los sobreentendidos no lo son tanto) que cada día
dudo más de su consistencia, salvo por ese hijo fruto de nuestro encuentro
(hijo sin carne –como nuestro encuentro-, hecho de letra y música, el cual, eso
sí, parece habernos satisfecho a ambos pese a tener no poco de póstumo, pues
sus primeros gateos por el mundo coinciden con el deshilachamiento irreversible
de lo que pudo ser y no fue). La inicial voluntad de la gata por incluirme en
su mundo (caso de ser sincera) luego se difuminó hasta esfumarse del todo entre
conatos de espantá y amagos de reencuentro (aunque, a diferencia de las
batallas emocionales con otras presuntas émulas de Sophie Black, con la gata
–de Cheshire, dada su inaprensibilidad siempre afable- nunca ha habido
auténtico mal rollo ni resentimiento ni una decepción tangible, tan sólo un
dolorido pasmo –bueno, y también una punzante irritación por los daños colaterales
que provocó este confuso juego en el que era difícil marcar prioridades-). De
hecho, a día de hoy, salvo por ese hijo/canción (¿el pellizco que uno se da
para comprobar si está soñando?) y también por ese artículo donde se refería de
modo deliciosamente desmesurado a cierto libro mío (desmesura que parecía
indicar, al menos, algún fuerte sentimiento por menda), me resulta difícil
asegurar si entre la gata y yo hubo algo bonito mientras duró o si todo fue
(por citar otra letra mía) un «espejismo puñetero y cruel».

«...pensar filosóficamente consiste en dialogar con el
Angel de la Guarda.» (EUGENIO D’ORS)
Dije que acabaría hablando de
Audrey Hepburn y de mi osita. Esto es, hablaría del Angel. De la presencia
luminosa. Frente a la tríada Ligeia/Emma Peel/Palas Atenea, yang aportador de
volcánica oscuridad, de energética dureza, de aristocrática distancia, de
esclarecedor misterio, mi necesidad más puramente infantil de ternura, de
caricias, de sonrisas (ternura, caricias, sonrisas sin letra pequeña, sin la
consiguiente secuencia de tortura que implicaban siempre en la desquiciada
interpretación que del cariño tenía mi madre), de un rayito de sol, de ruido de
pájaros y de olor a césped mojado por aspersores (eso que me emborrachaba en
mis raids frenéticos por El Viso o Rosales contemplando con avidez de guardián
entre el centeno a gentes de cuya intimidad me hubiera gustado formar parte, o eso
que me dio la vida aquel verano en el chalet marbellí de mi tía la randiana),
exigía su complementaria cuota de ying, de petting, de buenos ratos junto a
personas amables, a la vera de ángeles custodios. Esa cuota se encarnó desde
muy temprano en la espigada figura de Audrey Hepburn. Audrey ha sido siempre
para mí la encarnación de la bondad, la luz y la alegría, pero sin divorciar
tales rasgos de la Inteligencia (la antítesis de las pasteladas animadas del
psicomengeliano Disney –sólo un Anticristo como ZP puede alardear de haber
visto quinientas veces «BAMBI»-, o de aquellos horrores con Julie Andrews
–anticipo garrapiñado de la hórrida enfermera jefe de «ALGUIEN VOLO SOBRE EL
NIDO DEL CUCO»- practicando la corrupción de menores -«MARY POPPINS», «SONRISAS
Y LAGRIMAS»-). Era, por tanto, un ángel: no había ñoñez ni hipocresía en su
bondad, no trataba de identificar buena voluntad con estupidez, como suelen
hacer los que mandan cuando tratan de degradar la bondad a amanerado
decreto-ley. Personajes como la campesina renegada Holly Golightly o la en
principio iletrada Liza Doolittle o la primordial Ondina son como el reverso
luminoso de Mallory Knox y parecen preludiar en cuanto a carácter a la agente
Starling (recordemos la semblanza que hace de ella Lecter cuando la ve por vez
primera), criatura luminosa e inocente obligada a madurar entre complejas
oscuridades y destinada a redimir a Lecter de su tormento interior, a
arrancarle la espina de la
pata. La heroína de «CHARADA» o la ladrona de «COMO ROBAR
UN MILLON Y...» son como las gemelas angélicas de Emma Peel. Si no hubiese
conocido y apreciado a la religiosa belga de «HISTORIA DE UNA MONJA»
seguramente no habría podido décadas después enamorarme perdidamente de Simone
Weil (tan distinta al resto de presencias que me atraían a la sazón). El mundo
de Audrey Hepburn, como un acorde menor, como un retrogusto de momentos
procedentes de una incierta Edad de Oro, me ha ido acompañando desde la
infancia de mil formas: en mi querencia por las historias de Capra (sobre todo
si Gary Cooper paseaba su larguirucha elementalidad por ellas) o por novelas de
Dickens y Mark Twainn («CABEZA DE CHORLITO», «CANCION DE NAVIDAD», «DAVID
COPPERFIELD»...), en mi apego por Adolfo Suárez como gobernante/mártir de la
Transición y antimateria de ZP, en mi bulimia por las comedias de John Hughes
interpretadas por John Candy, en mi respeto por Robert Redford y esos
personajes suyos que siempre revisaré con agrado (el pionero Jeremiah Johnson,
el alcaide Brubaker, el fugitivo de «LA JAURIA HUMANA»...), en mi amor por
Debra Winger y su cálida realidad entre reservada y resignada, en mi arrobo
ante esos cuentos que la pantalla me regala de vez en cuando («TOMATES VERDES
FRITOS», «THELMA Y LOUISE», «EDUARDO MANOSTIJERAS», «CUENTA CONMIGO», «MR
JONES», «LEAVING LAS VEGAS», «OLVIDATE DE PARIS» -deliciosa variación en clave
menor del mítico «DOS EN LA CARRETERA»-, la ya mentada «INSOMNIO EN
SEATTLE»...).
El destino quiso anegarme en luz hepburniana justo cuando
más me había habituado a vivir irreductiblemente el lado oscuro (con la certeza
fría de sintonizar plenamente el feroz y justiciero zeitgeist que se nos
avecina desde el 11S). Sin sospecharlo, tras toda clase de tropiezos,
desencuentros y malentendidos en el plano de lo real con mis presuntas Ligeias
y Ateneas, alguien completamente ajeno a esos paisajes se convierte en la
primera relación estable de mi vida, mi primera realidad de pareja, y con ella,
siempre en la carretera (como Finney y Hepburn, para lo bueno y para lo malo),
entre baches y tramos de autopista, pasan los años, procurando cincelar desde
cada día (carpe diem) nuestra necesidad del otro. Tal vez esto haya sido
posible porque, lo mismo que yo necesitaba equilibrar mi balanza plena de
oscuridades con un punto de luz primordial, de inocencia gateante, de
recuperación de esa quasi neonata Edad de Oro que mis tripas añoraban y que mi
guerra cotidiana, celiniana, con la conjura de hideputas me había forzado a
mantener en sordina (en cuanto bajaba la guardia y actuaba con un cierto
candor, con el corazón en la mano, zas, la bofetada de los otros era mayor –la
muestra más atroz fue mi traumática relación con «MONDO BRUTTO»-), ella acaso
tuviese la necesidad inversa, un complemento de oscuridades a su luminosa dieta
existencial, poner en primer plano sus propias sordinas, recuperar aquel punto
gótico que no acabó de consumar allá en los 80 (¿asignatura pendiente?). Podría
así explicarse su afición por los ojerosos (Benicio, Buscemi, el muchachito
supernerd de «MENTES CRIMINALES», o yo mismo como impremeditada pareja –y
especialmente vampírico cuando me conoció: ahora estoy más lustroso-...): pues
las ojeras no son rasgo inocuo e irrelevante, todo ojeroso supone un mundo de problemas
y desarreglos y abrazo/combate si se procede mayormente de un mundo de lozanía,
robustez y luminosidad. Esta tensión constante nos agota y estimula a un
tiempo. Los dos somos personalidades fuertes, cada cual a su manera, y tal vez
en nuestro fuero interno desearíamos una mayor afinidad (cada uno tirando del
otro hacia su propio mundo predominante: ese contraste de temperamentos que
tanto explotan las telecomedias –no es casual que, cuando iniciamos nuestra
relación, me volviese por unos meses adicto a «FRIENDS», por identificar lo
nuestro de manera un poco esquemática con el tándem Chendler/Mónica, él tan
sarcástico, ambivalente y retardado en lo emocional, y ella tan activa y
práctica-). Ha habido momentos de desencuentro, generalmente provocados por mi
tendencia a bovarizar cuando echo de menos una afinidad o una atención
mayor y, en su caso, por tensiones laborales (que, aunque ella no lo reconozca,
llevan a ver a la pareja, si no sigue tu propio ritmo de trabajo, como un ser
ocioso y ajeno a tu mundo: los bocinazos que la primera mujer de Jünger le daba
de cuando en cuando -y que él recoge en algún momento en sus diarios- tienen
que ver precisamente con esta diferencia de actividades -ella, ama de casa
siempre ocupada y no demasiado interesada en el mundo mental de su pareja, y
él, ¿bohemio?, ¿filósofo en ciernes?, ¿reservista?-; seguro que la segunda
mujer –traductora, helenista y básicamente ocupada en ordenar los papeles de su
marido, pensador ya consagrado- lo trataba de otra manera). Ahora mi osita ha
roto con sus tareas oficinescas en el mundo inmobiliario para vivir
exclusivamente como free lance en un campo más intelectual, lo cual le
permitirá, de algún modo, entender mejor mi manera informal de organizar cada
jornada y ello, supongo, contribuirá a un mayor acercamiento (por otra parte,
si las cosas me van bien en el terreno musical, también yo aumentaré mi ritmo
de trabajo y la posible caricatura Lovecraft/Sonia Greene –o, lo que es lo
mismo, el papamoscas anómalo y la hormiguita laboriosa- podrá ser
conjurada).
Y ya que hablamos de
animalitos, quiero señalar algo que valoro muy especialmente tanto en Audrey
como en Casilda por satisfacer bastante mi perspectiva, más etológica que
sociológica: su común animalidad, su común condición prehumana; parecen saltar,
en su pureza, de lo prehumano a lo posthumano, salvando esa sórdida estación
intermedia de corrupción y picaresca, de negación de la realidad y la
naturaleza, que se inicia con los primates (excepción hecha de gorilas y
orangutanes, únicas criaturas verdaderamente nobles entre los bípedos implumes
–no es casual que Zaius, ese preludio futurista de Jomeini y profundo conocedor
de las miserias de la especie humana, sea descrito como un póngido-). Audrey es
la mujer corza que tanto gustaba de glosar el raciovitalista Ortega, pero es
más, mucho más que esa imagen un tanto simple y paternalista, es el espíritu de
los bosques y las aguas, es el grácil dinosaurio ornitomimo, es su heredera
emplumada (brújula viva de campos magnéticos, antepasada del ángel, metáfora
viva de la inmanencia en su rol de fénix). Casilda es formalmente diversa a la
Hepburn en su prehumanidad, profundamente osuna en su físico y su psique, y eso
la hace para mí interesante y hermosa (su insaciable omnivorismo –que me ha
contagiado hasta el punto de cambiar mi metabolismo hasta hace poco espectral-,
su gusto por dormir –que no implica pereza sino deseo de recuperar energías: es
decir, justo lo contrario de la pereza-, su necesidad de ejercicio, su
curiosidad en la vigilia –tan bien reflejada en su gusto por el diseño y la
fotografía-, su rechazo a todo posible enjaulamiento, su conciencia/instinto de
criatura en tránsito, aún en fase de mutación, su agridulce mezcla de
ingenuidad y experiencia –el tierno osezno de Annaud, con todo un mundo por
delante, y el correoso osazo de Herzog, ya de vuelta de todo, devorador
lecteriano de cretinos que lo aburren con sus paripés de buena conciencia...
ambos osos están en Casilda, ambos son Casilda-), pues el oso es el
mamífero predador más complejo y lleno de contrastes, el
más ajeno a estereotipos, el más filosófico. No en vano los pieles rojas lo
veían cabalmente como poderosa divinidad. No en vano lo más decente que alberga
el ser humano (lo que intuímos en el laconismo de un Eastwood, de un Kitano...
o de un Howard Roark) tiene más que ver con el oso (o con el gorila, con el
orangután, los más osunos de los simios) que con el resto de primates.
Tranquilo y optimista es como
me ve mi osita desde que me conoce, en contraposición a como me ve (o mejor, me
supone –aferrándose a un cliché ya obsoleto-) el resto de la gente. Puede que
sea porque, tras años de crispación quijotesca, celular (uso el adjetivo
atinado que me aplicó en su momento Santiago Auserón), he comenzado a aprender
(gracias, maestro Rafa, por lo que te toca) a pensar filosóficamente.
Seguro que la Mujer
Ilustrada, la Bronwyn, la Shekinah, la auténtica y plena Sophie Black (ese
horizonte –por tanto, siempre en lontananza y siempre inalcanzable- cuyos
reflejos iluminan eventualmente a la persona a cuyo lado reposamos –la
iluminación sólo será constante, como en todos los puntos de fuga, cuando nos
llegue el bendito día del fotograma rojo, día que hoy sólo el ensueño nos
avanza en sus trailers, como bien sabía Cirlot en sus trances permutatorios-),
al ver cómo voy aprendiendo en este tortuoso camino de ensayo y error llamado
educación sentimental, se siente (ella siempre tan didáctica) por fin un poco
(tan sólo un poco –no perdamos el tesoro de la realidad siendo peleles de un
espejismo autocomplaciente-) satisfecha de mí.
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