
El bosque murmura, el mar reclama y las
piedras recuerdan.
Una frase encontrada en internet de
Aglaia Berlutti
Durante mucho tiempo el terror —ya sea
en libros o en películas— me fue esquivo. Supongo que porque
fui un niño terriblemente asustadizo, obsesionado con la caída de la noche y
los visitantes de otros planetas o planos. Llegué a tener incluso alguna
alucinación rara. Rara porque, aunque me provocara pavor no dejó de ser un
perro blanco, un caniche, creo, y la forma de una virgen en la pared. También
venía cine en las paredes del cuarto de mis padres. Era muy pequeño porque aún
dormía en la cuna metálica. Las otras fueron en la cama que tuve desde esos 4
años hasta llegada la treintena o así, que ya me mudara al salón, como se
denomina en mi casa al piso bajo, ocupada en otros tiempos por negocios, que yo
jamás conocí. Como iba contando esa edad, entre los cuatro años y
aproximadamente los diez, mi imaginación se nutría con historias de espíritus,
alienígenas o gnomos. Había algo morboso en los relatos de abducciones extraterrestes, visitas de dormitorio o los espíritus que
volvían.
Mis primos y primas
mayores contaban muchas historias de campamento en los veranos en el campo. Sitios en
donde entrabas y se perdía toda noción de tiempo y de espacio, en unos olivos a
pocos kilómetros que aquí. Las sesiones de espiritismo en la antigua sede de
Radio Castro. Y, sobre todo, las historias de mi prima Mari Carmen que nos
decía que hablaba por su cumpleaños con mi abuelo muerto que se sentaba en su
cama. Hay que tener en cuenta también a su madre, mi tía Consuelo, que fue
monja y se salió para casarse con mi tío, que enviudó. Ella sí hacía
espiritismo real, y durante bastante tiempo, tuvo relación con una médium a la
que se le había aparecido Jesucristo. En la familia materna de mi padre siempre
había tenido mujeres que sentían presencias. Parace ser que mi bisabuela notó y
comunicó el día que murió su hijo en la guerra, en Daroca, estando ella a
muchos kilómetros de distancia. También que ciertos espíritus le indicaron
donde había escondido un dinero —cosido a un doblez de cierta tela—.
Mi abuela Rosa me hablaba de los martinillos, denominación local de
los poltergeist, que movían cosas y hacían imposible la
vida de algunos inquilinos en ciertas casas. Decía direcciones en mi pueblo
concretas que no recuerdo. La historia de ese pastor que se encuentra en la
noche un borreguito y se lo echa a los hombros; poco a poco al hombre le va
pesando más y más el animal, hasta que se vuelve y era una gran oveja, con la
cara cadavérica y que pregunta: ¿Tiene tus padres los dientes asín? Y se esfuma. Podría
ser del mismísimo Wenceslao Fernández Flores.

El Diablo Martinico, el del medio, según Goya.
Pues eso, que era un niño con miedos
infundados. Al crecer esos terrores se me fueron yendo, incluso leyendo algún Más
Allá en mi adolescencia, sin darle mucho crédito, pues a los 14 ó15 años me
volví el materialista mecanicista que soy hoy. Lo sobrenatural me dejó de
asustar. Me daba —me da— más miedo la vida real, la verdad, la gente, el mundo.
Cuentos de terror en esa época leí los de Poe
sobre todo, al tener en casa el libro en una edición cuidada con la traducción
de Julio Cortázar —puede ser que esto y Los Premios sea lo único
que me guste del argentino—. En cuanto a películas en los años de mocedad del
género fue la saga de La Profecía, de Richard Donner, El
Resplandor de Kubrick y poco más. El exorcista (The Exorcist, 1973) de William Friedkin me dio
demasiado pavor de pequeño, pero también la vi una noche tonta de fin de semana
cuando cursaba BUP. Una cosa curiosa es que fui a verla cuando la estrenaron en
los cines otra vez, en los 90. Fui a una sesión dominical de tarde y los
cientos de adolescentes se partían de risa. Supongo que lo que da canguelo muta
a través de las épocas y generaciones.

¡Este chico es un demonio!
El
género no me entraba, entre otras cosas porque en muchas muchas
pelis apuestan por el sobresalto, el susto, desagradable sensación en mis
sentidos. Yo soy más de atmósferas densas, terror implícito y no el truco
barato del ¡buuuu!
También vi en los 90 muchas películas
de terror y ciencia ficción de distintas épocas. De los artefactos mudos y
sonoros de Tod Browing al cine de platillos de los 50, pasando por
clásicos de la Universal o alguna de la Hammer. Era películas muy
entretenidas —la mayoría—. Las de Corman eran una de cal y otra de
arena, pero siempre con buenos mimbres, y más si se movían en parámetros edgarallanpoenianos.
Pero aparte de esto, seguí a lo mío,
hasta que el horror cósmico llamo a mi puerta. De eso igual ya he hablado en Línea de
Sombra. Al entrar en los
parámetros lovecraftianos le pillé gusto a la fantasía
de Dioses más allá de toda comprensión, a los crípticos libros arcanos, a los
brujos en los bosques de Nueva Inglaterra. Este último es un dato importante
para lo que quiero hablar en definitiva. Me llevó a
leer a los que vinieron antes de HPL, y también a sus amigos —el Círculo de
Lovecraft—.
Las adaptaciones al cine del mundo del
señorón de Providence son películas casi siempre realmente mediocres o
directamente malísimas. A mí el cine cutre me podía llamar la atención en mi juventud.
Algunas me gustan porque queda el bonito recuerdo de cuando la viste, pero
suelo ser más sobrio a la hora de elegir que cosas muy salidas de madre, que
solo tolero bien en las comedias. Y allí es que llegó un día de hace unos diez
años a La Bruja (The VVitch, 2015), de Robert Eggers. La sequedad de los personajes, la hipnótica
presencia de Anya Tylor-Joy, la historia tan
misteriosa, tan literal, pero sin sustos ni retruécanos, me
gustó muchísimo. Le tenía mucha fe al director, pero desgraciadamente no ha
cumplido, al menos para mí, las expectativas iniciales. De hecho, su última
peli, Nosferatu (2024), no la he visto por temor a una decepción
definitiva sin retorno. Pues bueno, la cuestión es que también por esas épocas
estaba interesándome mucho en las herejías de los dos últimos siglos de la Edad
Media, y claro, la gente era acusada de brujería solo por el pensar diferente a
lo establecido por las rígidas leyes civiles y religiosas, o por estar como
malditas cabras. Había leído El queso y los gusanos de Carlo Ginzburg
y era fascinante ese batiburrillo de religiosidad, magia, alquimia y el propio
discurrir de la peña que tenían bastante pájaros en la cabeza. Empecé, pues, a
interesarme en esto que llaman Folk Horror, un amplio cajón que mezcla muchas
cosas que me pirran.

¿Quieres sentir el sabor de la mantequilla?
Hay que tener en cuenta en este impulso
lo que supusieron Heredity (2018) y Midsommar (2019), ambas de Ari Aster. Heredity me dio la curiosidad suficiente para ver algo de
terror, y Midsommar dio alas de nuevo al género, y
aún no estoy seguro si me gusta mucho o poco. La última, Eddington (2025), me
pareció muy bien, y afortunadamente la vi en cine en VOSE. Estábamos entre esa
y Una batalla tras otra (Paul Thomas Anderson, 2025) y elegimos bien. La
de Anderson es una cosa que no le pillé yo el punto en ningún momento, vista en
estas Navidades.
En este subgénero abundan bosques
exuberantes, casas perdidas, jovencitas blanquitas que son seducidas por las
fuerzas de la naturaleza (ya sean del mal, del bien, o de algo inconcreto),
animales encantados, fogosas zagalas del agro, niños perdidos, brujas, casonas
alejadas, sectas de capuchas y batas de fantasía, viejas tradiciones ocultas
por milenios que salen a la luz, ritos secretos, magos, algún espíritu invocado
a posta o sin querer, y esas dobles sociedades, de una forma ante los extraños
y de otra diferente con los de la comunidad. Una de las claves de mi atracción
a estos temas es que no hay grandes sustos —como no me caso de recalcar—, y
normalmente los monstruos no suelen ser lo mollar de la película, aunque sea lo
que lleva la trama. A monstruos me refiero a grandes bichos sanguinolentos que
siempre se agazapan para acabar en una pirotecnia escasa, tan solo usados como
clímax. No me suelen gustar esas pelis donde están matando miasmas del averno
durante toda la película. Son demasiada adrenalínicas para mi débil condición y
mi poca propensión al sobresalto baratuno.
En el 2024 y anteriores fue el cine de
monjas —un género que también me encanta ya sean de rijosidades, de herejías,
de miedo o de temas más superiores— , de la Nueva
Carne de Croneberg, de parajes lynchianos; en 2025 me pasé al
folk horror, aunque no exclusivamente. También han ido cayendo clásicazos del terror, incluyendo ciencia ficción, mundos
apocalípticos, hasta slashers fundacionales, o de
barcos encallados en el hielo. La película monjil que hiló todo esto fue La
primera profecía (The First Omen, 2024) de Arkasha Stevenson, precuela de The Omen y sus
derivadas, que me gustó bastante como ya referí o si no lo hago ahora. Después vi
las antiguas y ya en mi búsqueda di con unas películas no exactamente de terror,
pero si que ocurrían en escenarios campestres, como el western raro sito en
Bélgica Cenizas a las cenizas (Läif a Séil, 2023) de Loïc Tanson y El baño del diablo
(Des Teufels Bad, 2024) de Severin Fiala y Veronika
Franz, peli esta que si bien da pavor está basada en hechos reales
espeluznantes acaecidos en Austria en el s. XVIII.

El chiquillo hallado en el bosque
ALGUNAS PELIS QUE ME HAN GUSTADO
Hay películas de todas las épocas. El
nexo común es que las he visto el último año natural, o un poco más y que son
de horror en los bosques y campos.
Ritos Ocultos (Lord of Misrule, 2023) de William Brent Bell
Ya solo por la ambientación y la
atmósfera está más o menos bien. Le guardo cariño porque fue la primera que me
gustó de toda esta tanda. Una señora cura llega a un pueblo y no se hace
demasiado a la gente. Un día organizan una fiesta de estas paganas y su hija
pequeño, nombrada Reina de la Cosecha desaparece. El Señor del Desgobierno es
quien lo hace. Este mito proveniente de las Saturnales romanas y que alcanzó su
cénit en las Navidades inglesas en época de los Tudor tiene aquí su importancia.
Como es habitual en estos casos hay movidas de dioses raros, en concreto uno
que se llama Gallowgog. Un viejo muy siniestro, al
que el pueblo sigue, parece tener la solución de todo el misterio.



El Hombre de Mimbre (The Wicker Man, 1973) de Robin Hardy
Excelso clásico de donde bebe mucho todas
las películas posteriores. Es una película extraña. Yo vi en los 2000 la
versión moderna con Nicolas Cage que es bien floja y mamarracha. Ésta que he
visto en dos ocasiones, la última hace pocas semanas, es una sorpresa como
película y como todo. La cosa va de que un puritano policía, sosísimo él, va a
investigar una desaparición de una cría —en estas pelis desaparecen infantes
casi siempre—. En la isla donde ocurre todo pasan del tema bastante y el
sabueso se pone de los nervios ante tanta canción soez, tanta señora estupenda,
tanta sensualidad expresada sin el pudor conveniente y ese adorar a oscuros
dioses celtas. Lord Summerisle —tremendo Christopher Lee— es el cabecilla
de la isla y mueve los hilos para liar y liar más al sargento Howie. Una
auténtica delicia. Y además es una película musical —para mí esto casi nunca es
bueno—, con una banda sonora muy de la época, que sube enteros en la medición
onírica.




Piargy (2022) de Ivo
Trajkov
La cosa tiene tela, tela marinera. En
un pueblo de las montañas checoslovacas poco antes de comenzar la II Guerra
Mundial mandan a un obispo o algo así para investigar si como dicen las gentes:
¡Ha nacido el Anticristo! El pueblo fue arrasado por un alud. Todo es muy folk,
muy tradicional, y el mal rollo que da todo también es muy atávico. Un
triángulo de amores insanos entre la prota, el marido y el suegro. Todo es
contado en retrospectiva por su gran amiga, a la que quitó el novio, y a la llegan
a acusar de brujilla. Es durilla la película. No es nada liviana. Y es que aquí
lo sobrenatural vuelve a no dar susto, pero sí lo real de una vida que se las
trae.





La noche del
demonio (Night of the
Demon /Curse of the Demon,
1957) de Jacques Tourneur
El profesor Henry Harrington, un
enemigo de las sectas, quiere dejar en evidencia las malévolas prácticas del Dr. Karswell, un
nigromante que tampoco es que lo oculte demasiado el ocultista. Harrington es
encontrado muerto en unas circunstancias rarísimas. Coincide con la llegada de
los USA del experto psicólogo John Holden a un congreso de parapsicología. Es
amigo del finado, escéptico in extremis y quiere llegar al fondo de tan
misterioso óbito. Con ayuda de la hermosa sobrina del finado, que al ser más
crédula que un párvulo le acerca más a la verdad, se van adentrando en el
conocimiento acerca de Karswell, un sosias muy cachondo de un Crowley o un LaVey, pero sin esa
cosa de llamar la atención, que se muestra tierno o terrible, según la
situación. Y esa madre que me tiene… Tras varias peripecias, descubren por las
malas al asesino del occiso…
Es
una de mis preferidas de todas las que he visto. Cine clásico del que dicen B,
pero que es más A que la mayoría de artefactos
cinematográficos de hoy en día.




Antlers (2021) de Scott Cooper
En un pueblo en decadencia por el
declive de la minería en Oregón, unos pequeños delincuentes cocinan drogas en
la profundidad de una galería abandonada. Algo acecha. En la escuela de la
localidad una maestra, con miles de traumas, da clases entre la desgana de los
alumnos y su propio drama. Uno está especialmente ausente y la profe, al haber
sufrido maltratos y abusos por parte paterna, se interesa por el niño, que
parece tristísimo y un poco sucio. Sigue al chico, pero la pilla y le saca un
helado. El hermano de la maestra, policía, le dice que no haga cosas locas.
Pero a medida que hay desapariciones y cuerpos mutilados por ahí, ve que pasa
algo. Esas autopsias no son normales. Al entrar en la casa tras varias idas y
venidas se encuentran con un escenario espeluznante y una carcasa humana vacía.
Van a ver al antiguo sheriff, un nativo americano y le dice sin inmutarse que
han despertado en la vieja mina a los espíritus de la naturaleza y que lo que
hay por ahí suelto… ¡es el Wendigo! ¡Chúpate
esa mandarina! La fotografía es preciosa, los personajes protagonistas un poco
lelos, menos el niño —¡Ay! ¿qué habrá sido lo que ha sufrido para dejarlo tan mohíno?
— pero a mí me convenció el conjunto. Y siempre he tenido debilidad por este
espíritu perteneciente al folclore de las tribus de los algonquinos de
las Primeras Naciones con sede en los bosques del norte
de USA y en Canadá y que mi
admiradísimo Algernon Blackwood inmortalizaría en el clásico del horror
cósmico El Wendigo (1910)…
esa espeluznante frase del personaje llamado Defago
desde lo alto: ¡Ah! ¡Qué altura abrasadora! ¡Ah, mis pies de fuego! ¡Mis pies
candentes!






La garra de Satán (The Blood on Satan's Claw, 1971) de Piers Haggard
Un rubiesco
muchacho ara la tierra en la convulsa Inglaterra del s. XVII y encuentra restos
putrefactos de un cuerpo no demasiado humano. EL chaval va a ver al juez que
está de visita en la casa de su señor. Es un tío bastante borde y no le cree.
Acuden y ha desaparecido. Se lleva una reprimenda. A algunos muchachos de la
localidad sito en la campiña inglesa empiezan a aparecerle manchas en
diferentes sitios. Se forma un runrún diabólico de jovencitos comandados por la
popular de la escuela parroquial, una buenorra que
solivianta a los chiquillos y chiquillas para dejar de
ir a catequesis y encima se insinúa al cura que la rechaza y se chiva a su
padre de lo contrario. El cura es un pusilánime. Comienzan a aparecer fiambres.
Poco a poco se va armando un ejercito teen que hacen ritos… con la intención de montar al Demonio
como si fuese un tente con diferentes partes que van encontrando, y las que
faltan las ponen ellos, de ahí la piel vellosa y oscura que han proliferado en
la muchachada. ¿Cómo conseguirá el sieso juez parar esto? ¿Con un espadón épico?
¿Con unos gendarmes? Cualquiera sabe.
Esta
es una obra fundacional del folk horror. Es muy apetecible de ver.




