
uomo lesbico
"(...) Le terme français de lesbien [caractérise]
complètement un profil sexuel et affectif masculin bien précis.(...)
Le profil lesbien comporte tout un ensemble de traits
caractéristiques toujours associés et interdépendants:
- Image de la femme vécue comme complice, égale et
active, féminisme,
- Antijalousie, générosité naturelle et altruisme,
- Pratiques amoureuses lesbiennes (complicité amoureuse
totale, recherche et réalisation des désirs de l'autre et de son plaisir, don réciproque
et double découverte, amour-communication/échange),
- Amitié amoureuse qui ne dissocie pas la communication
culturelle et affective de la tendresse physique: donc rejet du dualisme judéo-
chrétien,
- Attirance d'abord pour la personnalité et donc vécu
sensuel d'anatomies non dissociées de toute la personne et non systématiquement
conformes aux canons officiels,
- Et donc comme chez nombre de féministes, rejet fréquent
des accessoires « féminins » associés au modèle machiste de la femme qu'on
consomme dans un emballage de luxe ritualisé,
- Tendresse et grande sensibilité physique et morale
souvent fragilisante,
- Refus des valeurs et attitudes de rivalité/domination,
- Et culture de l'amitié totale, généreuse.
Il s'agit en fait de l'existence intégrée dans un
individu de sexe masculin et hétérosexuel d'un ensemble de valeurs féminines
qui le conduisent à avoir aux femmes, bien qu'homme, une relation analogue à
celle des lesbiennes.
Attention, ne pas confondre avec le transexualisme (...).
Si la bisexualité est souvent associée, elle constitue un trait indépendant et
peut-être pas plus fréquent que chez la plupart des individus (bisexualité
intériorisée, refoulée ou assumée).”
(texto
encontrado en Internet a partir de buscar sobre la cadena “hombre lesbiano”;
alude al poeta Paul Eluard –en buena medida, hago mío casi todo lo que dice-)
Puntualizaciones. En efecto, no me
siento transexual y me repugna la sola idea. Pero sí he anhelado muchas veces
despertarme metamorfoseado orlandianamente, no por detestar mi físico en tanto
que varón, lo que por mi condición infantil y7o retardada de perverso
polimorfo, me resulta indiferente (antes no me gustaba a mí mismo por verme feo
y enclenque, no por mis rasgos de género) sino por intuir que de haber nacido mujer
(siempre me imagino entre Sean Young, Siouxie y Audrey Hepburn -de pequeñito,
ya lo he dicho alguna vez, tenía una cara muy hepburniana-) mi autoestima y
oportunidades de desarrollar relaciones íntimas satisfactorias habría sido
infinitamente mayor.
También he deseado siempre que la
pareja me viese sin tapujos ni eufemismos (de manera visceral, no como metáfora
feminista) como cómplice o reflejo de su femineidad y no como polaridad
varonil. Tal vez por eso la tendencia (hasta ahora bastante destructiva, aunque
no debería ser así) por mujeres con un componente homófilo en su sexualidad.
Una escena que me impactó mucho,
sacada de contexto en parte, fue el final de aquel film en que Jeremy Irons se
travestía de geisha. Me hubiera encantado ser él para ofrecerme así a una
mujer. Siempre he envidiado a Jeremy Irons por su físico, que considero (con
Anthony Perkins) el ideal del hombre lesbiano.
Volviendo a mi fijación por Sean
Young como posible metamorfosis orlandiana, debe guardar relación, aparte de
las similitudes físicas que yo creí encontrar en su momento (la delgadez, el
corte de cara), con su encarnación replicante en “BLADE RUNNER” (en tanto que
mutaciones randianas en su negempatía, los replicantes se me hicieron muy míos
desde la primera vez que vi esta película) y, sobre todo, por una serie b que
incide
directamente en todo este asunto,
“DR JEKYLL Y MISS HYDE” (el tímido doctor, al tomarse la pócima de rigor, se
transforma en una mujer desinhibida y muy segura de sí -la variante que yo
hacía automáticamente en mi cabeza es que, en vez de volverse una comehombres
como en la película, conservaba los impulsos deseantes de Jekyll y entraba en
una dinámica claramente lésbica-). Durante un tiempo estuve dándole vueltas a
escribir una historia tomando como doble referencia el “ORLANDO” y esa
película.
La verdad es que, si lo pongo en
el prisma lesbiano, todo encaja:
mi atracción por las mujeres naturales
(con una imagen neutra, incluso fea, alejada de la fantasía estereotipada
creada a la medida del macho -¿tal vez esto explique mi fetichismo por las
gafas graduadas o por esos peculiares rostros y voces de muchas mujeres
vascas?-),
mi repulsión por los delirios
lenceros y corseteros (el tópico buñuelesco y berlanguiano)
o por los maquillajes gratuitos y
ostentosos (valoro el maquillaje pero como algo sublime y sutil, como poesía
aplicada a la piel, que divinice y transfigure a la mujer, la reafirme ante sí
misma y no la cosifique ni la emputezca)
y ya no digamos por la silicona
(sobre la cual ya me despaché en este artículo),
mi aburrimiento ante la
pornografía como juego dirigido a varones (sólo me dice algo –perdón, mucho- la
secuencia voyeurística de una mujer de aire cotidiano –no en plan muñeca
hinchable ni profesional del porno- autosatisfaciéndose o besando a otra,
secuencia en la que yo acabo por identificarme con una de las partes y no como
un tercero que pretende entrar en el juego en plan rey de bastos –las
ensoñaciones a lo Joey Triviani, precisamente por implicar la aparición de un
hombre en la escena, me anulan inmediatamente la libido-: una de las imágenes
más eróticas que recuerdo la vi en un panfleto lesbiano titulado “DESERT
HEARTS” (título español “MEDIA HORA MAS CONTIGO”) y supongo se sitúa, tanto en
fondo como en forma, en las antípodas de los
convencionales clímax para consumo
heterosexual y que para mí suponen el paradigma del tedio (con “NUEVE SEMANAS Y
MEDIA” a la cabeza). Hasta el breve momento de tensión sexual entre Toni
Collette y Julianne Moore en “LAS HORAS” me resulta infinitamente más
impactante (de hecho, he soñado frecuentemente con esa secuencia) que todos los
megapolvos filmados que han sido y serán (no puedo por menos de asociar esas tareas
ímprobas –que diría el socarrón Arguiñano- con las imágenes de perforación
de petróleo que aparecían en películas de los 50 como “GIGANTE” –con la
agravante de que, por algún impulso de fetichismo maquinista randiano, me
resulte más incitante la propia perforadora que el semental de turno realizando
su parodia hidráulica-).
Nunca hasta la fecha me había
sentido obligado a insistir en mi condición lesbiana. Nunca la oculté y en
muchas ocasiones he hecho alusión a ello, empezando por la definición que di
cuando apareció “EL ETERNO FEMENINO”: “Amo lo femenino en los demás y en mí
mismo”, pero hasta el momento no creí que reivindicar esta condición fuese
capital para relacionarme íntimamente con alguien (supongo que por mi total
inexperiencia en una relación que superase el tercer o cuarto encuentro). Ha
sido en estos agridulces últimos años de caricias y frustraciones, de obsesivas
elusiones y perplejas realidades, cuando he comprendido que poner en sordina o
disimular mis sentimientos y permitir que la otra persona se engañe o no tenga
una idea muy clara de qué va la cosa no voy a permitirlo nunca más, porque ya
he visto que no trae nada bueno.
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