DE AFINES Y MASCOTAS
“Disfruta del momento. No pienses mucho
en el mañana.
Haz algo mejor, vívelo... cuando llegue el
momento.”
(proverbio grabado
por el doctor Gregory House en la glándula pineal de uno de sus pacientes
–sí, en efecto, nos referimos a... El
Hombre Que Sabía Demasiado-)
Elderly, después de leer mi
texto sobre Reilly y John Doe en la
anterior actualización, me dijo sentirse preocupado con esa advertencia final
en la que parecía vislumbrarse un creciente alejamiento de la escritura por mi
parte.
En efecto. Cada día escribo
menos, salvo las píldoras biodegradables de los comments en diversos blogs,
amén de algunas entradas para EL PUNTO Z o
el LUMINAR así como las respuestas (más y más concisas) a entrevistas
que me mandan por email. Y, bueno, ocasionalmente, alguna canción o larva de
ésta.
Ya he dicho en repetidas
ocasiones que no soy un grafómano sino más bien un propagandista: no escribo
por el mero impulso incontrolado de escribir sino siempre con algún fin, para
provocar una situación, para interactuar con otra gente. Desde que tengo uso de
Internet, básicamente por un afán testamentario, por dejar una imagen lo más
exacta de mí que pueda servir frente a las caricaturas que me desdibujan.
No niego que me siento bien
cuando acabo un texto (tras pulirlo y repulirlo como si fuese algo más plástico
que intelectual: es lo que supuso para mí pasar de
Pero en estos últimos tiempos
empiezo a tener serias dudas de que esa interacción se produzca, de que mis
escritos realmente interesen a otros de manera fundamental, no como la
superficial apreciación de quien disfruta ocasionalmente con el trino de un
canario, las ventosidades verbales de un periquito o la visión de un gato
jugando con su pelotita. Nunca he soportado eso ni como mera hipótesis (uno de
mis modelos del Infierno es John El Salvaje en su jaula predicando en el
desierto de una multitud que le aplaude y le tira cacahuetes) y, mira por
dónde, tal vez esté ya plenamente instalado en ello.
Si Elderly se preocupa es
¿porque le interesan mis escritos de esa manera fundamental, con un germen bien
enraizado de compromiso con eso que lee, con una corriente seria de afinidad, o
por un mero placer transitorio, de diletante, que apetece degustar bocados profundos
como otros gustan de mis bonitas canciones o de mis ingeniosas y/o peculiares intervenciones
en los blogs? No quiero ser ofensivo pero ¿qué se espera que sea yo, una
versión intelectual de la atracción circense, una experiencia límite
como la montaña rusa o el puenting pero para la res cogitativa?
Elderly se revolverá ahora
mismo enfurruñado por “la injusticia” del anterior párrafo. Pero, a ver,
seamos serios: yo podría devolverle la pelota respondiéndole, sin ir más lejos,
que yo también estoy preocupado pues no se le ve mucho por el LUMINAR,
una iniciativa que, se supone, iba a agilizar otras dinámicas de encuentro hoy
bastante mortecinas y que, pasados los primeros momentos de euforia, empieza a
adolecer de una cierta languidez, tanto en la frecuencia de las entradas como
en la ausencia de comentarios (y no se me salga con la excusa de que abrir la
puerta a anos y trolls haría la cosa mucho más interesante: entre un diálogo
para besugos descerebrados que degraden con sus manidos gargajos verbales el
tema propuesto en la entrada y una ausencia total de diálogo, me quedo con lo
segundo –en eso estoy con Dildo en su cueva de los
sueños-). Supongo que Monsieur Tiffauges, el único (me da la
impresión, al menos) que, conmigo, parece haber tomado completamente la medida
al LUMINAR como foco potencial de agitaciones y entusiasmos planteados desde la
más honesta camaradería intelectual (hay instantes en los que, tanto por su
ímpetu como por su trasfondo filosófico, el señor de las monstruosidades
prodigiosas me trae a la memoria al
Aguirre
estupendo de
los mejores tiempos, cuando ejercía de alter ego motriz de la saga
corazonesca), publicaría en dicho blog más material (ese material, nunca
gratuito, que siempre nos deja a algunos con ganas de prolongar su lectura en
un permanente a suivre) de no ser por el pudor de la redundancia, por
evitar que su firma contraste en prodigalidad con la ausencia (dolorosa, por lo
expresiva) de otros contribuyentes.
He escrito mucho en mi vida, he
volcado mucha energía, rabia y amor en lo escrito y esos escritos han tenido
muy pocos lectores (y, de esos pocos lectores, la mayoría han demostrado no
entender ni la piel ni el alcance de mis palabras –buena parte, no nos
engañemos, porque no querían entender, porque sospechaban el trasfondo y no les
hacía maldita la gracia: la gente no puede ser tan idiota, otra cosa es que se
lo hagan por cobardía o conformismo-). Los textos de los cuales estoy más
satisfecho son, por lo general, ignorados o malentendidos debido a su esencial
incomodidad: y alguno (caso del PARA TI) que escribí en su tiempo con toda la
voluntad subversiva del mundo, hoy, afeitado de su mordiente por la banalización
nostálgica, se me exige como objeto camp por gentes del todo ajenas tanto a mi
mundo como a lo que trataba de expresar en dicha canción.
Nunca he hecho concesiones por
razones venales, nunca me he autocensurado por cálculo económico ni he escrito de
encargo: pero, en los últimos años, por un motivo más visceral y patético
(en el doble sentido –peyorativo y dramático- de la expresión), evitar el
peso de la soledad, he comenzado a aceptar como impepinable (y trato de
vivir con ello de la manera más positiva) el hecho de que seguramente nunca
hallaré AFINES ni seré yo AFIN para otros sino que mi relación con los demás
será, en caso de (relativa) empatía, la de MASCOTA. Yo seré MASCOTA para un
entorno que, si debo asumirlo a mi vez con paciencia y buen humor, sin
desesperarme con arranques de Pigmalión frustrado (arranques –lo reconozco-
injustos porque los afines son un hallazgo, nunca una creación a medida), será
para mí también un entorno de MASCOTAS (no buscadas premeditadamente como tales
mascotas –de hecho, mi error de siempre es tratar a alguien a quien acabo de
conocer y me produce algún tipo de impacto grato como AFIN cuando la cosa,
desafortunadamente, jamás va por ahí: al poco tiempo se produce en la otra
persona la sobrecarga, el cortocircuito, el agobio y, zas, mosqueos, crisis,
acusaciones de que soy invasivo y poco respetuoso con la idiosincrasia del
otro, hasta que cojo la onda, desciendo a un nivel más terrenal y rebajo
la intensidad de mis expectativas-).

“¿Alguien ha escrito de modo creativo o
algo así?”
(pregunta Joyce
Brabner en AMERICAN SPLENDOR)
¿AFINES, MASCOTAS? ¿De qué va
esto?
La relación entre quienes se
detectan como AFINES implica sumergirse gozosamente en la otredad a sabiendas
de que ello no dañará, sino que afirmará la propia identidad. Se busca la
intimidad más completa, la audacia en la relación (el complot de dos –o de tres
o de los que sean- contra el mundo), audacia que nos incita, que nos invita, al
vértigo, al crimen, a sentirnos dioses, a empaparnos de Absoluto. Uno respeta
al Afín en tanto que se respeta a sí mismo (o, por lo menos, en tanto que desea
recuperar el respeto por sí mismo). El juego a tres entre Roark, Françon y
Wynand en la novela randiana EL MANANTIAL es un ejemplo paradigmático de esto.
Cierta letra que hice para Kiki explica también con bastante tino esto de las
AFINIDADES.
La relación que se busca con
una MASCOTA es justo lo contrario, un deseo básico de seguridad, una negación
tajante de
Si buscamos una cierta raíz
sociológica a ello, podemos pensar en lo siguiente. En los 60 y primeros 70,
años de anticolonialismo y choque generacional, cuando en Occidente muchos se
sentían disconformes o culpables con su ser más convencional, procuraban
sumergirse en otredades para hallar lo mejor de sí (otredades geográficas –el
guerrillero del Vietcong, el misterio de Katmandú, las insurgencias
latinoamericanas, el panafricanismo- o sociales –el artista plástico, el
pensador, el rockero, como símbolos de terrorismo cultural, o el afroamericano,
la mujer emancipada, los primeros homosexuales revolucionarios o los
pansexuales reichianos como ejemplos de terrorismo sexual-). Desde la óptica
presente, se diría que Occidente vivía una especie de síndrome de Estocolmo
colectivo. A partir de los 80, de la postmodernidad, cuando Occidente cierra un
ciclo anímico y recupera la arrogancia ante el Otro con la afirmación
neoliberal y el paternalismo oenegero, todo se invierte y sólo se desean
MASCOTAS que, ya en esta recta final de barroquismo decadente, de parque temático
planetario con rasgos barnumescos, han de ser directamente FREAKS, fenómenos,
espejos mágicos de la contrahecha alma de una civilización terminal. Hay dos
palabras que definen muy sintética y testimonialmente cada una de estas épocas:
“ALIENACION” como plaga de la que huir en la llamada década prodigiosa; “REINSERCION”
como panacea que vender para la postmodernidad.
En parte, y por ser positivo y
buscar el medio lleno de una situación que supongo irreversible, me
resulta terapéutico esto de ser tratado como MASCOTA, sólo sea como cura de
realidad. Malacostumbrado por la atención que concité en los primeros 80 en
gentes como Eduardo Haro Ibars, Jorge Verstrynge (¡todo un secretario general
del tercer partido del país!) o Federico Jiménez Losantos (el de entonces,
bastante más interesante que el clown siniestro en que se ha convertido,
siguiendo fielmente el hilo terminal de su época), y también por el rol de
idolillo intelectual que el editor falangista Miguel Angel Vázquez me deparó al
exhibirme ante los elementos más culturetas del mundillo nacional
español, más el vértigo que da siempre encontrarse con tribunas semanales en
RNE o en un diario como el ABC, a lo que añadir el hecho de que
En el plano real, tanto en el
campo de las ideas como de los afectos/ideas, siempre mi búsqueda de AFINES ha
acabado en desastre: tales AFINES no lo eran en absoluto, tan sólo manipuladores.
Yo me volcaba en gente que, salvo muy raras excepciones, jugaba conmigo: mis
relaciones con partidos políticos y grupos de opinión siempre han sido
estériles para ambas partes (sólo en momentos muy puntuales, cuando algunas
personas se sentían impulsadas por el resorte de la disidencia, más por desazón
psicológica con su coyuntura que por firmes convicciones, se producía,
momentánea, la conexión, la fusión sartriana en la búsqueda conjunta de
una nueva alternativa). Pero, al final, quedaba solo y los proyectos iniciados
en compañía (incluso sugeridos por otros –pienso, por ejemplo, en el maldito
embolado de PROYECTO BRONWYN o, con una singladura más compleja, en la revista EL CORAZON DEL
BOSQUE o en aquella novela llena de veneno
desestabilizador, TODOS LOS CHICOS Y CHICAS: VISIONES DE UN MILENIO BIZARRO,
ahogada al nacer por sus propios patrocinadores-) acababan marchitándose tras
las correspondientes espantás de quienes, por breve tiempo, los jalearon
como moda, no (insisto) como imperativo categórico.
En lo que hace a relaciones de
carácter más íntimo, cada x tiempo me tropezaba en la misma piedra, las
mind/eaters (versión intelectual de las devoradoras de hombres), caricaturas de
Lou Salomé cuyo único placer parecía hallarse en ejercer su poder de seducción
sobre alguien que, por su parte, no deseaba en absoluto dominarlas ni
imponerles ninguna férula, tan sólo compartir (tanto en los afectos como en las
ideas) barricada codo a codo, como camaradas, sin la menor pretensión
jerárquica.
Alguien me llamó una vez “progre
de derechas” queriendo señalar con ello que, si bien mi pensamiento es más
arcádico que utópico, los mecanismos de desarrollo del mismo son izquierdistas.
En ese orden de cosas siempre he necesitado (¿necesidad socrática en alguien a
quien Sócrates siempre le ha caído gordo?) de compañía con la cual dialogar (o,
siquiera, mantener la ilusión –mínimamente consistente- de un diálogo) para
sacar adelante mis intuiciones. Sólo en ese aspecto he llegado a envidiar a
parejas progres tan emblemáticas como Aragon/Triolet o Sartre/Beauvoir y
también por ello, cuando vi LAS HORAS, hice tan mía la angustia de Virginia
Woolf y sus epígonas (esa angustia del creador como alien huérfano de complicidades
que no podemos expresar sino a trompicones por temor a ofender a gente que nos
aprecia y que apreciamos).
Me vienen a la mente, ya que he
sacado el tema, diálogos que me han ayudado a lo largo de décadas a escribir
más y mejor (incluida mi creación más celebrada): aquellos días perfectos
(por usar una expresión loureediana que Manolo Campoamor solía emplear a la
sazón) con Carlos Berlanga que salpicaron el último tercio del 77 y primera
mitad del 78 (como una tarde, a la salida del cinestudio Covadonga, en que
ambos evocamos con entusiasmo de comulgantes un fetiche visto un par de meses
antes, TRES MUJERES de Robert Altman); o aquellas charlas por las tascas de
Lavapiés con Antonio Zancajo a propósito de Nietzsche (a quien él no había
leído en su vida pero eso no importaba, con Antonio bien cargadito de cerveza,
vino y porros, en el cénit de su pedete lúcido –con
En las largas estaciones secas,
cuando las esperanzas de afinidad ralean, sólo me queda como detonante la
compañía de un libro, una película, un disco, pero, en los últimos tiempos, al
pensar luego en que no es segura la complicidad de otros con esa obra
(complicidad sustancial, quiero decir, no epidérmica, que no desaparezca a la
primera de cambio por razones ajenas a la obra –porque entonces se degrada ésta
a la ralea de bagatela, de kleenex intelectual-), mi escrito pierde su altura
de vuelo a las pocas líneas y lo que pudo haber sido artículo o reseña acaba
quedándose, cada vez con más frecuencia, en breve comentario perdido en algún
email o hilo de blog (en caso de quedar en algo).
La mezcla ideal (que de vez en
vez, aunque con mucha menos frecuencia que en el pasado, aguijonea mis sueños)
de una Mallory Knox entreverada de Gail Wynand, esto es, ese híbrido de compañera
de trinchera y mecenas anómalo, cuando remotamente se ha pretendido
encarnar en mi realidad, copando a la vez pensamiento y emociones, pasado el
nanosegundo mágico, ha resultado por lo general (lo dicho hace unos párrafos)
experiencia desoladora.
He nombrado a Gail Wynand.
Pensemos por un momento en qué es un mecenas. Hoy no existen (no pueden
admitirse) nociones de mecenazgo: el mecenas respeta a su protegido y no lo
considera una inversión a corto plazo, una mercancia sobre la que tiene derecho
de propiedad, sino que desea participar con su apoyo en la gloria que él
detecta en ese AFIN con ideas pero sin medios materiales (hoy, por el
contrario, se respeta de manera instintiva a quien tiene más pero es imposible
sentir verdadero respeto –aunque se le profese apego emocional: volvemos a las
mascotas- por quien no llegó a una posición mejor o, por lo menos, igual –de
ahí que actualmente no existan pensadores sino asesores de marketing, brokers
del pensamiento basura: un pensador nunca ganará tanto ni actuará con el chip
de ejecutivo y, por lo tanto, en esta época, lo que salga de su magín no serán
sino las pajas mentales de un ocioso que no se entera, que está en las nubes-).
El mecenas auténtico sólo invierte en Eternidad. La inversión más ambiciosa. Y,
en épocas de bajamar espiritual como la que sufrimos, la más
incomprensible.
A estas alturas de la película
no me hago ilusiones de toparme con lo que una y otra vez me ha dejado
escaldado: los espejismos de afinidades se desvanecen, dejándome pedagógicas
cicatrices como única huella de su paso. Hoy, usando lenguaje de timba, pintan
mascotas (serlo yo y tratar a los otros del mismo modo, porque, como ya dije,
no hay otro modo sin caer en la más completa y descacharrante incomunicación).
Es el palo que me ofrece el Destino y, OK, lo acepto (en otro tiempo, más
quijotesco, habría persistido numantinamente en el rechazo misantrópico –O
AFINES O NADA- hasta perder por completo la chaveta y/o acabar por quitarme de
en medio). Trato de pasármelo bien y, desde luego, en la medida de mis
posibilidades, de que se lo pasen bien quienes están conmigo (por lo general,
yo me adecuo más a los otros que los otros a mí –aunque, por desgracia, esta
adecuación por mi parte nunca les parece suficiente y siempre me encuentran muy
mío y de trato difícil-). Pero, claro, socialización con un punto de
hedonismo y apeada de anhelos trascendentes, y creatividad como tarea heroica
nunca pueden igualarse en la balanza: que nadie se sorprenda si, en
consecuencia, cada vez hallo menos estímulos (tanto estéticos como éticos) para
escribir en clave profunda, como le gustaría a Elderly.
De cualquier modo, ya he dicho
casi (un casi día a día más reducido) todo lo que tenía que decir en mis
escritos. Escribo cada vez menos desde
No reniego, por tanto, en
ningún momento, de mis escritos de opinión y reflexión aunque, de las personas
cercanas a mí, a casi nadie le parezcan algo tan valioso como las canciones de
amor o los chascarrillos y ocurrencias disparatadas: creo con una certeza
axiomática que mucho de lo alumbrado en los 90 y en este siglo (aparecido en EL
CORAZON DEL BOSQUE, PROXIMO MILENIO, LINEA DE SOMBRA o en determinados pasajes
de
«...No
habían tratado de encontrar la respuesta y habían seguido viviendo como si
ninguna respuesta fuera necesaria. Pero cada uno había experimentado un momento
en el que con una honradez desnuda y solitaria había sentido la necesidad de
una respuesta.»
(EL MANANTIAL, de Ayn Rand)