Uno que se cansa. De que se malverse lo importante. La fe, por ejemplo, lo sagrado. Repugnante el acaparamiento de cierto filósofo de medio pelo, hijo de, poeta tan malo como Bunbury, pareja de otra poética del espectáculo (lamentable), que escribió no ha mucho un artículo en aquel periódico de izquierdas que en su momento fue tan reputado, un artículo el que hablaba de Poe y sus problemas con el alcohol, de Bukowski y su problemas con el alcohol, de Baudelaire y sus problemas con el alcohol todos ellos genios y ella misma, también con una relación tortuosa con el alcohol, de donde se desprendía que, por tanto, a sí misma se consideraba un genio. Una genia. Esta. La consorte oficiosa del filósofo que se ha convertido al catolicismo y, de paso, promociona sus mediocres y fatuos libros. Esta parejita que juega al amor fou haciendo triunviratos sexuales con el adalid del independentismo, intercambiándose a la moza. Para después dar lecciones de feminismo. Ellos, que chocan la mano para celebrar que uno se ha vertido y que le toca al otro. Todo elegantísimo. Muy chic. Muy cool. Masivo, como dice la chavalería para referirse a algo estupendo.

Viene León XIV y su discurso, tal y como están aquí las cosas, suena casi revolucionario. Que, en puridad, lo es, pero en el contexto vacuo, espectral, de nuestro país, adquiría tintes epifánicos. Claro, cada cual a lo suyo. Esa misma gente que ensalza la radicalidad del mensaje social critica la posición de la Iglesia ante el aborto y la eutanasia. ¿En serio alguien se puede asombrar de lo que dijo el papa en el Congreso? Es perfectamente coherente con ese otro tono que tanto gusta, aunque pocos ponen en acción. No basta con pensar, hay que decir. No basta con decir, hay que hacer. No basta con hacer, hay que preservar lo hecho.

Así que pongámonos a leer. Al menos en la literatura española se habla de decencia, sobre todo en el Siglo de Oro. Porque lo que es la gentuza del hemiciclo… que habrá excepciones de rigor, no lo dudamos, pero… Jesús, qué tropa (con perdón). No deja de asombrar la cara dura que tienen, el cinismo con el que niegan, soberbios, lo que al día siguiente haría, si conocieran la decencia, que emigraran del país. ¿Qué diría Unamuno, que sufría por la degradación moral de aquella España de principio de siglo, de esta que no la reconoce (como profetizó Guerra) ni la madre que la trajo?

¿Y qué dirá Von der Layen ahora que Trump parece incomodarse con Netanyahu? ¿Volverá a viajar por cuenta y riesgo a verlo? La necedad de la situación hace posible el desastre. Quienes están al mando, los que giran el timón son inútiles, lerdos, trapaceros, macarras de la moral, pero es que el tono es tal, que no hay oposición posible que derroque la infamia, porque gasta esa misma hechura. Kallas no es mucho mejor que la alemana, con su (ruso)monomanía pertinaz. Lo mismo en casa. Sánchez (algún día habrá que estudiarse en los manuales de tácticas de supervivencia política la lección magistral de Pedro, porque es asombroso cómo sale de todo, de todas, casi invicto) no se explica sin una oposición con alifafes incurables, chatos propósitos y un ego que les impide trazar una estrategia que requeriría un mínimo de fuste. Pero.

¿Leerán estos malditos? La feria con sus vanidades, escritores que están dos horas tras el mostrador y venden uno, dos ejemplares de su libro a amigos, por supuesto, y luego suben a redes la cosa como si aquello hubiera sido un recibimiento en el Valle de Josafat; escritores magníficos, dignos de tal nombre, tras el mostrador espantando moscas; escritores de pastiche tras el mostrador sin dar abasto con las firmas. Y el don Macario de las Letras Españolas, paseando su camiseta de Abanderado, sus calzoncillos al aire, sus calcetines blancos hasta la rodilla, su chapela, o su boina. Y hay que ver cómo escribe. Estilo engrudo, sin interés alguno. Pero se hizo su personaje y ha colado, porque casi todo cuela. Yo tampoco me sentaría con él en la misma mesa para hablar de literatura. ¡Anda y que le ondulen!

(A la que le ondularon bien fue a la rubia trepadora, que ahora está viviendo en carnes propias aquel principio de la mecánica clásica, que responde al hecho de que todo lo que sube tiene que bajar. Qué arrebato el de su rostro frente a León XIV. ¿Éxtasis, deseo de ese poder simbólico que jamás catará, envidia, magnetismo…? Iba de blanco, como la reina, que para algo el blanco es potestad de reinas católicas… si la de verdad se asomara…)

De blanco también Bad Bunny, a quien recibió el pontífice, con esas letras magnas, crudas, sugerentes como pocas… las mismas letras que C. Tagana, que uno escucha y escucha y podría escribir no los versos más tristes esa noche, sino un tratado heideggeriano. Desde luego, estamos en declive ético, pero también estético, que van entreverados. Menos mal que llega Shakira, y nos redime…