walking the dog

 

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troy sessions: casilda d. mente

priones de primavera: the left hand

 

 

Algunas impresiones de mis paseos con Troy, el cocker de la osita, en la tercera semana del pasado abril

 

 

 

 

Troy, rebelde a su estereotipo, pasa de palomas, de gorriones y demás volátiles si ha uncido su nariz a la invisible red que le tiende un corazón de manzana, unos mendrugos resecos o los restos de una caja de pizza. Las latas de refrescos igualmente no hacen mella en su atención. Y, desde luego, no hipotecará su olfato por una bebida isotónica. Donde esté una buena lata de Mahou o el gollete de una botella de gin... Troy, aunque cachorro, es británico en su crapulez.

 

 

 

 

Si voy solo por la calle, la gente me disturba y me paraliza (esa manía tan latina de intentar pasar a través del prójimo –curiosamente, en Japón caminé entre multitudes mucho más apretadas sin la menor angustia, sin rozarnos, como en un ballet inmenso de sincronizadas fobias, inasequibles todos al contacto indiscriminado: me congratuló comprobar cómo hay países enteros donde la gente comparte idénticas grimas que yo y cómo esos países son muy superiores en lo sagrado y en lo profano a aquel en donde se me considera anómalo por no sentirme cómodo imaginándome cual Goytisolo en la plaza de Marrakech-). Pero si además tengo que estar pendiente de un cachorro hiperactivo siempre dispuesto a saltar amigablemente sobre cualquiera que huela a humano o a coche (con los de su especie, por el contrario, se corta bastante -hasta no haber sido bien establecidas las presentaciones con cautelosos olisqueos a popa y a proa-), mi angustia puede rayar en algo parecido a la agorafobia. Me dan mareos y veo masas monolíticas de gente dispuestas a aplastarnos a mí y al perro. De ahí que los mejores momentos son las mañanas del sábado y del domingo. Ocho y media y la Castellana desierta, el palacio de Congresos, la plaza de Picasso, Nuevos Ministerios... Los días laborables no queda otro remedio que refugiarse en las callecitas virginales y arboladas de El Viso. Cuando nos topamos con personas y no con masas todo suele ir bien: dos señoras con su perro, o ese grupito de alumnas del Ramiro que cayeron prendadas bajo el zalamero hechizo del cánido (olían a bocatas, a chips y a chuminadas golosas y, aparte del alcohol, eso del picoteo Troy nunca lo perdona), o jóvenes gacelas con aire de modelos o quizá herederas de patrimonios a dilapidar (correspondiendo a las alegrías de Troy como si le firmasen un autógrafo, entre reservadas y cordiales, con ese gesto tan exclusivo de las supermegapijas)... aunque también hay elementos solos o en escueta compañía que cortan el rollo, desde los guardias (guardias de lo que sea: seguratas, multadores de aparcamiento, polizontes...) a transeúntes siesos que reaccionan ante Troy como si fuese un chucho infecto lleno de pulgas (de seguro, las cabezas de sus vástagos estarán más pobladas de parásitos que el atildado pelaje de nuestro joven amigo) o como si sus alborozados y pedigüeños avances fuesen los del white dog de Fuller listo para masticar carne de esclavo liberto. Se me quedó la expresión de una tiparraca de mediana edad, clónica de Norma Aleandro pero con mechas, con quien nos cruzamos por Serrano un poco más arriba de la plaza de los delfines. Nunca he visto una cara de asco tan rotunda: era un asco cósmico, un asco a todo lo existente menos (salvedad incomprensible) a ella misma. Ni siquiera sé si llegó a fijarse en nosotros. Yo, previniendo un encuentro desagradable por los arranques mimosones de Troy, lo aparté de aquella individua. Aunque él tampoco creo que la detectase porque (ahora caigo) estaba muy atento a una peladura de naranja que acababa de descubrir junto a un árbol (nunca me pareció más cabal el sentido de las prioridades de Troy: hay personas infinitamente menos interesantes que una peladura de naranja). 

 

 

 

 

Plaza del poeta Manuel del Palacio. Alambique de soledades lindante con el tráfago de la Castellana, tráfago del que Troy y yo huimos con la lengua fuera. El sol se filtra por la arboleda y no hay más sonido que los pájaros y un vago rumor de aspersores. Ni sombra de humanos, como en un gozoso día después del Día Final. Bebo la nada hecha de tiempo suspendido. Mientras, Troy mordisquea flores caídas y, en creciente sintonía con su amita, estornuda pólenes. ¿Plaza? no, mejor plazuela, no más grande que un loft. Siento deseos de vivir aquí, en este impremeditado fanal, de vagabundo o de guardés, de anacoreta de Estelrich. Un claxon lejano me restriega lo imposible de mis anhelos. Y Troy me mira, ya saciado de flores, y tira de mí. Nos disponemos a regresar. Trato, a medida que descendemos hacia la barahúnda de coches y de extraños, de blindarme con evocaciones: la emoción que siento cada vez que paso por esta placita sólo puede compararse a ese rincón de Altea, descubierto con Casilda hará un par de años, donde nos encontramos con un concierto de una encantadora camerata que tocaba para los vecinos sobre un escenario diminuto (alguna vez, si los dioses quieren, me gustaría pisar esa misma madera con Charlie, Clara y Angel). Aquel rincón también rebosaba paz, y además admitía gentes que (como ocurre a veces, en esos momentos mágicos -se dan de cuando en cuando en los minicines-) parecían más comulgantes con las emociones del vecino que extraños sólo aptos para reventar ensueños con su mera otredad (una comunión que asocio siempre con relecturas de Edgar Neville o con reescuchas de Alberto Bourbon –lo más parecido a pasear por donde me apetece cuando no salgo de casa-). Supongo que en la placita del poeta Palacio también podríamos haber tenido algún encuentro no desagradable con humanos: quienes vivan ahí no pueden ser reventadores de sueños ni tampoco los ocasionales transeúntes. Y Troy casi siempre actúa como factor de empatía ante desconocidos. En tanto volvemos a casa me aferro a la idea de admitir humanos en mis fantasías con la placita: así procuro redimirme en lo posible de la trampa misantrópica.