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megafetishpack perpetrado
por las siguientes entidades: DILDO DE CONGOST
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una nueva obscenidad de
Un himno.
"Soy yo el que debo
estar siempre rendido a tus pies" (Carlos Berlanga)
Un origen.
Fue una película de piratas
cuyo título desconozco y que no he vuelto a ver. Yo tendría unos cuatro o cinco
años y, aunque la mayor parte de los recuerdos que envuelven esa época
permanecen enterrados o desenfocados, este ha permanecido intacto en mis
neuronas. En la pantalla del televisor Grundig que había en el salón de mi
casa, una mujer rubia, maciza y llena de curvas bailaba sobre la mesa de una
taberna, rodeada de piratas en celo. Uno de los piratas, gordo y barbudo,
agarró a la hembra, la puso sobre su regazo y empezó a sobar sus piernas
emitiendo sonoras carcajadas. Ella se resistía, pero demostraba su
consentimiento riendo casi con la misma fuerza que el hombre que la manoseaba.
Poco a poco, el pirata fue recorriendo las largas y blanquísimas piernas con
sus manos hasta llegar a los bellos pies, que agarró, apretó y besó a su antojo
mientras la chica se volvía loca de gusto, riendo y gimiendo. Mi cuerpo
infantil notó una intensa y hasta el momento desconocida sensación: un fuerte
pinchazo de excitación en el corazón, que se expandió por mi cuerpo impúber
como una ola de calor que rompió en mi entrepierna. En aquel momento tuve la
primera erección consciente. Me fui como un rayo a mi habitación, que en
aquellos días compartía con mi hermana, un año más pequeña que yo. Me metí en
la cama ardiendo pero no pude conciliar el sueño: aquellos deliciosos pies
mancillados por el pirata daban vueltas alrededor de mi cabeza como un satélite
de carne y uñas. Igual que un autómata, sin saber muy bien lo que hacía, movido
sólo por un impulso irresistible, me acerqué a la cama de mi hermana, que
dormía profundamente, y saqué uno de sus pies fuera de las sábanas. Lo agarré
suavemente y lo besé: una violenta corriente eléctrica estalló en mi boca y me
sacudió todo el cuerpo. Yo me asusté mucho, dejé el pie en su sitio y volví a
mi cama, escondiéndome bajo las sábanas. Así nació en mi una parafilia que me
acompañaría el resto de mi vida.
Una definición.
Según el "Diccionario
culto de erotismo", la podofilia es la pasión erótica o excitación sexual
por los pies. Quien la siente recibe el nombre de podólatra porque, como bien
dice la palabra, es un individuo que idolatra, que adora el pie (femenino).
Un arte.
Las acuarelas eróticas de la
antigua China. Amor y taoísmo. En estas obras que como todo el arte de Extremo
Oriente se caracteriza por representar de manera explícita, clara, limpia y
minuciosa las relaciones sexuales, podemos ver las primeras muestras gráficas
de podofilia. Los pies se elevan a la categoría de órgano sexual, especialmente
en las mujeres de alta cuna, que aparecen con los pies vendados y menguados.
Una costumbre.
La de los japoneses de
empezar el acto sexual con un buen masaje de pies, estimulando así los puntos
estratégicos situados en las plantas. Un precalentamiento inmejorable. De ahí
que, además, las japonesas hagan auténticas virguerías con sus pies. La mejor
imagen que puede ilustrar éste hecho no está en ningún manga erótico, ni en
ningún grabado o filme nipón, sino en la americanísima película "Mistery
train" de Jim Jarmusch, en esa impactante escena en la cual la fan
japonesa de Elvis enciende un Zippo con los pies y después le da fuego a su
novio. No había visto nada parecido desde que mi amante más rubia, flexible y
etérea (que fue, por cierto, quien me inició en el arte japonés) se fumó un
cigarrillo con su precioso y delicado pie izquierdo.
Un canon.
Pese a que, aparentemente,
entre pedofilia y podofilia sólo hay una letra de diferencia, no conviene
mezclar los conceptos. El pedófilo ama niños y el podófilo ama pies. Sin
embargo, el canon de belleza de los pies, al menos para nosotros, los
podólatras, coincide con el pie infantil. No hay nada más morboso que una mujer
adulta con pies de niña. Los chinos, que inventaron esto, lo sabían mejor que
nadie: vendaban los pies de sus hembras para que no crecieran. El único
problema es que lo deformaban: lo querían pequeño, aunque fuera feo, porque
representaba a la mujer aniñada, a la hembra sumisa. En mi humilde opinión, un
pie sólo debe ser vendado por imperativos médicos o por puro morbo (un buen
vendaje puede dar mucho juego a la hora de follar un pie) pero nunca para
frenar su crecimiento: el pie ideal sólo puede ser obra de la naturaleza o de
la ingeniería genética. Tiene que ser un pie diminuto, dulce, tierno, no
demasiado largo, blanco, suavísimo, de talón redondeado, sin durezas, con los
deditos escalonados y, preferentemente, un poco rollizos. Como cerditos. Dentro
de este canon, por supuesto, se admiten variaciones, sutiles caprichos de la
naturaleza que pueden transformar un pie en una obra única del Creador. Pienso
en cierta chica que conocí "bíblicamente", que tenía los dedos anular
y corazón pegados como siameses y también en otra que poseía seis dedos,
perfectamente escalonados, en cada pie. Manjar de dioses.
Un sueño.
Viajar en el tiempo para que
Mata Hari, la mujer con los pies más pequeños y bonitos de Europa, me hiciera
un pajón podófilo.
Un país.
Los Estados Unidos de
América. No sólo tienen las mejores modelos de pies (como las que aparecen en
la prestigiosa revista californiana "Beautiful Bare Feet") sino que
también poseen los mejores maestros de pedicura. Cualquiera que, como yo, viva
en una zona "guiri", puede darse un garbeo por la zona, una tarde de
verano, y contemplar cómo las "american girls" se pasean sobre el
humeante pavimento con sus perfectas pedicuras, sobresaliendo como reinas entre
las mediocridad de los descuidados ejemplares nacionales. En cuanto me di mi
primer paseo por Nueva York, lo entendí todo: allí hay cuatro centros de
pedicura (y manicura) cada cien metros. Por algo, cuando estaba en la Gran
Manzana, mientras los demás turistas miraban hacia arriba, deslumbrados por los
brillantes rascacielos, yo barría el suelo con mis ojos, clavando mis erectas
pupilas en los preciosos pies que dominaban las aceras.
Un dato.
Existen zonas sensoriales en
los pies directamente relacionadas con regiones genitales. No en vano, los
músculos del puente de los pies se contraen durante el orgasmo.
Una contradicción.
Casi siempre, y salvo
excepciones de mujeres con un espíritu excepcional que enamoran más por su alma
que por su cuerpo y a las que se adora como a Diosas paganas sea cual sea su
aspecto físico, el podólatra busca hembras con buenos pies para sus encuentros
sexuales furtivos. De nada sirve tener una supermodelo o a una actriz famosa en
la cama si, como ocurre con Claudia Schiffer o Paz Vega, tiene unos pies que
dejan mucho que desear. Si lo que quieres es atar a una chica y comerle los
pies (y luego, tal vez, todo lo demás) durante horas, ha de estar buena de
abajo. Y muchas veces, cuanto más contraste haya entre la belleza de los pies y
la (relativa) fealdad del resto del cuerpo, mucho mejor: ello intensificará la
relevancia del fetiche. De ahí que el hecho indiscutible de que, a menudo, los
pies de las mujeres rellenitas suelan rozar la perfección y, por ello, el
podólatra acabe muchas veces eligiendo gorditas de plantas impecables para
desahogar sus más bajas pasiones (que no como novias). En éste sentido, tenemos
gustos de burgués decimonónico.
Al igual que los modernos
diseñadores de moda, los clásicos griegos se equivocaron, con sus horribles
estatuas de cuerpos perfectos rematados por pies con el dedo gordo más corto
que los demás. Lo que mola es todo lo contrario. Pies de "foca".
Unos instrumentos.
Cepillos para el pelo, peines
de púas, plumas de diferentes aves, vaselina, cepillos de dientes, bolígrafos,
barras de labios, pinceles, dildos, cuerdas finas, velas, algodones, esmalte
negro o rojo, cortauñas... Son sólo algunos accesorios que pueden sernos muy
útiles a la hora de jugar con unos pies.
Una película.
Sin duda, "Lolita",
de Kubrick, por dos escenas inmortales: la de los títulos de crédito, en la que
el pie perfecto de Sue Lyon aparece en primer plano, llenando roda la pantalla,
mientras una mano pinta sus adorables uñitas, una por una; y la de la cama, con
la nínfula tumbada con la magnificencia de una estatua, bebiendo con
indiferencia una coca cola mientras Humbert Humbert se entrega a uno de los
actos de sumisión más intensos que se pueden brindar a una mujercita: pintar
sus uñas de los pies. El sobrio blanco y negro del filme no hace más que
resaltar la alucinante blancura de los pies de la pequeña Sue.
Una fantasía.
Violar los pies de dos metros
de una mujer gigante mientras duerme profundamente. Probablemente, ella se
despertará con las plantas llenas de semen y, muy enfadada, me pisoteará,
aplastándome como a un insecto.

Un calzado.
Las chanclas,
"cholas" o "flip flops" son el calzado favorito del buen
podólatra. Nada de taconazos de aguja, que ocultan y destrozan los dedos,
forman callos y redondean el empeine. Nada de vulgares sandalias de plataforma
que afean la estética del pie. Unas buenas chanclas, con una suela y unas gomas
lo más finas posibles, son más que suficientes para que un pie como Dios manda
alcance su máximo esplendor. Porque a nosotros nos interesa el contenido, no el
continente, amamos también las chanclas, la elegancia superlativa de la
sencillez extrema. Sólo se me ocurre algo mejor: unas calzado completamente
invisible.
Una porno.
"Diez pequeñas
cerditas" ("Ten little piggies"), película XXX de dos horas y
media dirigida por Brandon Iron que mezcla "feet fetish" con porno
convencional. El título de la película se refiere tanto a las 10 actrices
protagonistas que salen guarreando en ella como a los 10 deditos de los pies
que tienen cada una, que en argot fetichista suelen llamarse
"cerditos" ("piggies"). Una escena para el recuerdo: dos
tíos se corren sobre el rostro de una de las chicas y otra actriz extiende el
semen de la cara con sus pies, mientras la sumisa chupa los dedos con la boca
abierta. En otro momento memorable, tres chicas masturban a la vez con sus pies
a un solo actor: 30 cerditas para una sola polla. La secuela, que promete más
maravillas, ya está a la venta, aunque todavía no he podido verla. Sólo se echa
en falta en esta serie algo menos de sexo convencional y más y imaginación.
Ahora me viene a la cabeza un video que me bajé de internet en el que una gordita
cogía uvas de una fuente durante una hora y otro de una artista que moldeaba
una estatua con sus pies. Mi pregunta fue: ¿tendrá manos? Artis mutis.
Una estación.
El verano es la época
predilecta del podólatra. Si un hombre desea unos bellos pies femeninos con más
intensidad aún que unas buenas tetas, un conejo rasurado o un culo hermoso y
respingón, está de suerte. En la temporada estival, lo raro es ver una chica
con los pies tapados. A ellas les encanta enseñar sus pequeños y redondeados
deditos, sus uñas con o sin esmalte, sus plantas un poco sucias y a veces
humedecidas por el sudor de bailar en las terrazas de verano... En cualquier
lugar es posible darse un atracón visual de pies. A ellas les encanta que
alguien se fije en una parte de su cuerpo cuyo "sex appeal" no es tan
evidente como el de las zonas más "populares" (aunque, ¿qué zona no
es erógena en una mujer que se vista por los pies?). Muchas se avergüenzan de
que mires tan abajo y otras retuercen sus dedos, exhibiéndolos con descaro para
regocijo del voyeur podófilo. Y, muy de vez en cuando, una se te acerca con
cualquier excusa, entabla una conversación y la cosa termina en
"shooting" fotofetichista y "polvo" de suelas. El buen
podólatra exprime el verano, donde todo es más cómodo, rápido y sencillo.
Pronto llegará el otoño y, con él, los malditos zapatos, las condenadas
botas... Entonces, debemos hacer uso de nuestra más fina intuición para
adivinar cómo serán las extremidades inferiores de una chica. Las manos, el
tipo de cutis y la nariz nos darán unas cuantas pistas. Mas rara vez se
acierta: la Madre Naturaleza es tremendamente caprichosa.
Un tebeo.
El "footsy" es un
subgénero dentro del fetichismo que basa su morbo en el roce de los propios
pies con los de la mujer deseada. Supe esto en mi más hormonal adolescencia,
cuando leí "Footsy", un tebeo del gran Robert Crumb que describía
magistralmente, con su habitual tono autobiográfico y su inconfundible trazo
"underground", las sesiones de "footsy" que el autor
mantenía en la "high school" con su compañera de pupitre, una hembra
grande y hermosa que, aunque en clase toleraba que el "freak" Crumb
frotase sus espantosas garras contra sus preciosos pies, a la salida lo
ignoraba por completo, por su condición de "loser". La venganza
crumbiana vendría con otro buen tebeo podófilo, en el que el malencarado,
mezquino y pequeñajo Mister Snoid se lleva a una puta negra tres veces más
grande que el a una habitación de hotel y, aprovechándose de su profundo sueño,
hace de todo con sus pies: desde mamarlos a pintarrajearlos. La zorra se
despertará atada, ultrajada y ridiculizada por su extraño cliente que, para
colmo, se ha largado sin pagar.
Un símbolo.
El fálico, que los freudianos
han visto reflejado en los pies femeninos. Como siempre, no estoy de acuerdo
con Freud. Por supuesto, hay chicas grandes de pies enormes cuyos dedos gordos
pueden recordar a puntas de penes y, también, existen muchas lesbianas que,
ante la ausencia fálica, usan sus pies a modo de pollas, pero es obvio que los
dedos de las mujeres (especialmente de las gordas) son bastante más fálicos que
sus pies. A quien le interese, puede adentrarse en el mundo del fetichismo de
manos. Pero el caso de la podofilia es muy diferente. No seamos freudianos y
fiémonos más de Artemidoro, que aseguró (antes de que Freud comiera su primer
"coco") que el pie es femenino y el zapato es masculino. Exacto. Para
mí, el pie es tan femenino y tan sexual como una seno o una vagina.
Una web.
Tecleando "foot
fetish" en el Google saldrán miles y miles de páginas sobre nuestra
obsesión, por eso www.wusfeetlinks.com es la madre de todas las webs, porque es
la mejor guía para no perderse en el ciberespacio podólatra. Ahí podemos
encontrar una selección de los mejores links a portales de pies, calificados y
clasificados, amén de fotos gratis, historias calientes, modelo del mes,
columnas de opinión, entrevistas a chicas, fotógrafos y demás, dibujos y todo
lo relacionado con este pequeño gran mundo.
Mención especial póstuma para
Tyflas (The Young Foot Lover Adoration Society), una excelente e inocente
página web sobre pies de niñas que fue prohibida hace unos tres años por la
policía de internet norteamericana. Su testigo, de manera bastante más
inocente, lo ha recogido la web benéfica www.pinderloy.com/.

Unas palabras.
"Hace meses que no entro
en una mujer. Me gustan tanto los pies que me basta con ellos para eyacular.
Los chupo, los masajeo, los huelo y hago el amor con ellos. No me hace falta
más, y a mis chicas, al parecer, tampoco". Palabras pronunciadas por
Miguel, un "foot freak" que entrevisté en el año 2001 para un
reportaje sobre pies que publiqué en la revista GQ bajo el pseudónimo de
Dorotea Parker.
Un olor.
El de los pies femeninos
sudados después de una buena caminata o de una noche de marcha. Ese embriagador
aroma a queso mezclado con el salado fluido de la hembra vuelve loco al buen
podólatra. Lamido, comido o esnifado, el olor a pies de mujer es una droga dura
y pura.
Un dibujante.
Franco Saudelli, artista e
historietista especializado en "bondage" y fetichismo de pies. Dibuja
mujeres (no chicas) de 30 años para arriba, elegantes, sofisticadas,
estilizadas y viciosas, atándose las unas a las otras y jugando con sus pies.
Afortunadamente, no hay presencia masculina (que, en estos casos, sobra), sólo
hembras chupándose, acariciándose o torturándose los pies las unas a las otras,
vestidas de chachas, enfermeras, policías o carceleras y entregándose a
placeres calientes y conversaciones de altísimo voltaje erótico. www.giramondo.com/fia/artisti/saudelli.

Un error.
Confundir el fetichismo de
pies con el sadomasoquismo. Efectivamente, hay muchos sadomasoquistas que
incluyen en sus juegos el "feet worship", pero también somos muchos
los podólatras a los que nos aburren las prácticas SM y preferimos mezclar el
"foot fetish" con el sexo "de toda la vida" y ciertos
juegos más sutiles, como el "spanking", el "bondage", el
"tickling", el "pissing" y demás. Pero la parafernalia de
cuero, corsés, pinzas, látex y todas esas cosas tan frías, aunque,
estéticamente, nos parece preciosa, no nos interesa. Tal vez el día de
mañana...
Un horror.
El pie masculino, duro,
grotesco y antiestético. El buen podólatra se siente tanta atracción por el pie
femenino como repulsión por el masculino. Por eso, evitar en la medida de lo
posible la exhibición de algo tan horrible y procura apartarlo de su vista
incluso en los meses más calurosos.
Un fotógrafo.
Elmer Batters retrata pies
pertenecientes a rollizas señoronas que suele reclutar en Holywood Boulevard.
Las fotografía columpiándose descalzas, despatarradas con las medias puestas,
los pies en primer plano y las tetazas al aire, chupándose a sí mismas los
redondos deditos, borrachas y descocadas en sillones de moteles pasados de
moda... Mujeres de bandera, de carnes generosas y libres de silicona,
imperfectas pero profundamente sexuales. Señoras que harían encanecer de horror
a los "designers" más "cool" que pasean su repelente plumón
por zonas vip de "parties" y pasarelas, rodeados por un lánguido
séquito de palillos anoréxicos con labios de silicona y pies repletos de
callos.

Una cucaracha.
No, no me refiero a las webs
de tías pisando bichos (aunque haberlas haylas, cualquiera que teclee
"bugs" y "feet" en el Google podrá comprobarlo; como
también hay webs de chicas guarreando todo tipo de cosas: cogiendo comida y
engulléndola con los pies desnudos, tomando drogas en y con los pies, pisando
desperdicios o cacas variadas y un largo y apetitoso etcétera) aquí, decía
utilizo "cucaracha" como sinónimo peyorativo, humillante y, por
consiguiente, sexual de "siniestro", "gótico" o
"afterpunk". Y en el ciberfetichismo, la reina de las cucarachas es
Betty Monroe, una deslumbrante gordita rellena, con piel de marfil y atuendo de
ébano, que, haciendo de todo con sus dulces pies, se ha convertido en una
estrella de culto en el F/F internet. Esta dama y sus oscuras amiguitas pueden
ser visitadas, previo pago, en http://www.bettymonroe.com/.
Un método.
Aunque hay decenas de
variantes, a gusto de cada consumidor, propongo aquí un esquema esencial de lo
que debe ser un buen "foot worship". Manos (y pies) a la obra.
1) Arrodíllate ante los
hermosos pies descalzos de tu diosa. Es la primera y excitante muestra de la
devoción que sientes hacia ella.
2) Toma un pie en tus manos y
empieza a acariciarlo con sumo cuidado, adorando y masajeando sus zonas
erógenas. Toca todo, pero céntrate en los tendones y en los talones (puntos G
podológicos). También puedes usar plumas de ave o cualquiera de los
instrumentos que he citado más
arriba.
3) Masajea y retuerce
suavemente los dedos de tu ama con las manos y frota todas las partes del pie
hasta que lo notes suave, elástico, esponjoso y relajado.
4) Junta los dos pies y mete
tus dedos entre los suyos. Araña y aprieta suavemente. Si a ella le gustan las
cuerdas o si se mueve demasiado, átala bien para inmovilizara (consultar un
buen manual de "bondage" antes de proceder) o véndale los pies para
aumentar el morbo (a mi, por ejemplo, me gusta vendarlos desde las rodillas con
gasa blanca, dejando sólo los dedos al aire para comerlos).
5) Besa delicadamente toda la
planta del pie, desde los dedos al tobillo. Disfruta de su olor y de su suave
textura. Si tienes barba de tres o cuatro días, mejor: provocarás un agradable
cosquilleo en sus plantas.
6) Lame lentamente todo el
pie, cátalo, saboréalo. Puedes aderezarlo con miel, mierda, nata, bebidas
alcohólicas, pis, flujo vaginal, bichos, mocos, vómito, basura... Cualquier
condimento es bueno.
7) Chupa y succiona a saco
cada uno de sus dedos, metiendo la lengua entre ellos, limpiándolos de
cualquier residuo.
8) Muerde ambos pies de
arriba a abajo, marcándoles los dientes y, si te gusta y le gusta, haciéndoles
sangre. Ya has perdido el control y ahora puedes hacer de todo: comerlos bien,
frotarlos contra tu cara y tu pecho, echar cera ardiente encima, marcarlos con objetos
muy calientes... También hay quien disfruta siendo pisoteado, tumbándose en el
suelo y haciendo de alfombra humana para una o varias mujeres que disfrutarán
pisando fuerte sobre una superficie carnal.
9) Lubrica sus pies con
saliva o vaselina y fóllalos por todas partes, a tu estilo. Hay quien prefiere
que sea ella la que haga una paja, agarrando la polla con las plantas (para
esto ella debe ser dominar el arte del "foot job") y hay quien
disfruta más inmovilizándolos y follándolos como si fueran un coño. Los que
poseen chicas flexibles joden los pies mientras ella chupa la punta del rabo,
cosa que triplica el (ya de por sí intenso) placer de una buena mamada.
10) Córrete sobre ellos y
luego obliga a la chica a extender la leche con los pies o a lamerse sus
propios pies manchados de semen (tú también puedes ayudarle con tu lengua). Los
aficionados al "pissing" pueden rematar la faena meando sobre ellos
para que ella vuelva a lamer. Lo mismo para los aficionados al
"caviar".
11) Opcional: una vez saciado
el apetito podólatra, se pueden utilizar las demás partes del cuerpo de la
mujer, que sin duda estará ardiendo tras el "feet worship".
*podomail: dildodecongost@hotmail.com.
················

De un tiempo a esta parte
aconsejo a mis eventuales compañeras de alcoba (prefiero el término alcoba -que
viene del árabe alqúbba y se refiere a las cúpulas de los templos de fuego- al
mucho más prosaico de "dormitorio" -que nos remite a una idea
de actividad standarizada de masas, tal como refectorio o columbario o
locutorio, que nos otorgan la imagen de numerosa participación zombiesca; por
no hablar de las "ciudades-dormitorio" que nos evocan una idea de
indeseable proletarización- o el más infame de "habitación", ahora recuperado por esa broma atrapavotos del
P$OE con sus soluciones habitacionales, que nunca tendrán lugar, remedo de las
gloriosas y adustas células habitacionales del Stroikom de la naciente y
pujante URSS de los años 20: tiene razón Carlos Marx cuando dice que todos los
acontecimientos históricos suceden dos veces, una como tragedia y otra como
farsa. Yo soy árabe en mis apetitos y la alcoba da una idea de inmoderada
promiscuidad, lejos de esos cubiles mal ventilados que el capitalismo y los
folletos de cárceles residenciales con piscina y portero físico denominan como
habitaciones), decía pues que demando a mis eventuales compañeras de alcoba que
se introduzcan en la cama con zapatos, filia que está derivando hacia límites,
creo, patológicos pero que no tiene del todo que ver con el elemental mecanismo
metonímico del fetichismo puro y duro, más que nada porque el contenido de
dichos zapatos, los pies mismos en su desnudez, es objeto de una indesmayable
atención por mi parte.
He de decir que para mí es
insoportable la idea de una mujer con manos o pies feos. El colágeno, la
silicona, la remoción de costillas o el botox, como en general todas las
tecnologías del mejoramiento del cuerpo, parecen desatender sistemáticamente un
aspecto esencial de la belleza física. Creo que en parte se debe al ideal
clásico de belleza, que tanto debe a la recuperación -y el hallazgo- de todas
esas fantásticas beldades de piedra de la estatuaria grecolatina, y que han
llegado a nuestros días sin miembros por los rigores del tiempo. La Venus de
Milo es hermosa y manca, brutal. De las figuras masculinas se han salvado los
penes merced al canon estético que regía en la Antigua Grecia, a saber: el
gusto por el miembro viril pequeño como desiderátum estético. Se comprueba aquí
lo hortera que es la secta ultracapitalista de Chueca, falócrata hasta decir
basta. A un griego eso de los grandes penes le hubiera parecido algo
monstruoso, tal como una nariz enorme, y su representación se asocia con las
jocosas andadurías de un fauno. Luego los charlatanes de Viena y los lacanes
han terminado por enrarecer el tema de la polla. Creo que la más interesante
contribución al tema en tiempo reciente se encuentra en la alocución que lleva
a cabo el personaje de Tom Cruise en “Magnolia” (Frank Mackey): "Respetad la polla", todo un programa para la languideciente
condición masculina de las sociedades occidentales. Se piensa con la polla, se
come con los ojos, se mira con el seso. Los sentidos son la rara voz de alerta
para el hombre que viene.

Puesto que el ideal clásico
tomado en préstamo de la Hélade mediante piedras lastimadas ha descuidado el
tema de las manos y los pies (En "La celosa de sí misma" Tirso ensaya
con acierto la posibilidad de enamorarse de una mano, suprema desviación
fetichista), creo que es oportuno decir que el último gran clasicista de
nuestro tiempo no es otro que Romain Slocombe y sus japonesitas amputees: la
venda como lencería, la omisión como reclamo sexual, la escayola como
disciplinamiento. Los gemelos Mantle de Cronenberg reinventaron la ortopedia en
"Inseparables". Aquello de lo que hablo ya está allí representado.
Menos es más, pero no para un servidor. No puedo pasar sin unos pies bien
formados.
Así que confieso que me
encantan también los zapatos, en casi todas sus modalidades y formatos. La
desnudez siempre es acultural, un estado de inocencia. La vestimenta, cuya
ejecución ha sido altamente desarrollada desde la hoja de parra, primer
ejercicio de prêt à porter, es social. Ahora bien, otra cosa muy distinta es
esta abrasiva exhibición de pies que tienen lugar en nuestras calles durante el
verano. Es casi imposible desplazarse en el metro sin enfrentarse a la
contemplación de auténticos destrozos pedestres.
Parece que los tacones tienen
su origen en el Renacimiento, en el seno de la Iglesia, cuando se añadieron
algunos centímetros a los talones de los zapatos, generalizándose su uso entre
la alta sociedad europea. Los tacones alargan y estilizan la pierna. Según me
he informado, caminar con tacones impide el normal funcionamiento del músculo
tríceps sural, produciendo una deficiente circulación sanguínea en la pierna,
con hinchazones y dolores. Parece también que el tríceps se va acortando con el
uso de los tacones y que una persona descalza podría no llegar con
sus talones al suelo. Además,
al andar hacia adelante el peso del cuerpo se reparte entre los dedos y la
parte anterior del pie, formándose el conocido como pie plano anterior. Los
dedetes se comprimen y el dedo gordo se contrae hacia adentro, montándose
incluso sobre el segundo dedo, dando lugar al llamado "juanete" (hallux vago), y el resto de los dedos se doblan
(dedos en martillo) y se incrementa el roce con la parte superior del calzado
(formando callos). ¿Suena bien, verdad? Hay que sufrir por el Arte, pero
sobrellevar los daños colaterales con dignidad. ¿Qué podemos decir de esas
sandalias tan populares entre la ciudadanía femenina? En el contexto de ese
tsunami de estupidez en el que estamos inmersos, algunas exhiben con total frescura
durante el verano sus callosidades, y es imposible no echar la vista al suelo
sin que no sacuda una prominencia de juanetes, callos, pezuñismo, talalgias y
espolones. Y no hablemos ya del chancleteo: si uno cierra los ojos es capaz de
oír en las calles ese ruido de fondo característico de la chancla, que llega a
obsesionarte como un tropo repetitivo de alguna película de terror japonés:
tschas-tschas-tschas... Mucho peor y más lesivo que esos ruidos urbanos que
constituyen las bandas sonoras de las películas de Eric Rohmer. Va siendo hora
de que los hombres empiecen a valorar a una mujer por sus pies, como el
príncipe de la Cenicienta. Además, un buen footjob es una destreza erótica que
una vez que se ha probado ya no se puede vivir sin ella. Pero hacen falta para
ello unos pies bonitos. Y lubricante.

El bipedismo nos hizo lentos
y hace que nos duela la espalda debido a las tensiones que conlleva para la
columna vertebral, por no hablar de que el parto se ha convertido en
doloroso... la enumeración de los males sería prolija, pero se compensan con la
ocasión de poder crear la obra total que es el zapato. Aunque llevarlos
conlleve a menudo sufrimientos. ¿Quién no ha visto agitarse sus fluidos
corporales con algunas exquisitas piezas? La sandalia peplum, como el Espartaco
de Kubrick, o la adusta sandalia-gandhi, mules con pompón de marabú, los
clásicos pumps... Ay, los pies y sus envoltorios. Es la vieja mojigatería
provocativa del semidesnudo, del retazo insinuante que descubre más que tapa y
que está en lo victoriano, como en William Etty. Se está perdiendo la moral
sexual victoriana, mucho más festiva y pródiga, a favor de nuevas patologías
consumistas que llevan a la insatisfacción o a las carrozas de leopardo del
orgullo gay. ¡Déjennos imaginar! Queremos un poco de erotismo, y no esta
trasparencia pornográfica en la que no hay nada que ver, como en esos primeros
planos porno de la genitalidad femenina que no seducen en absoluto, sino que
remiten a una prospección anatómica, a la
mirada de un forense. La
Olimpia de Manet cubre con mano cauta su monte de venus sin despojarse de sus
sandalias reglamentarias. Además, si nos ponemos a seguir la jerga del
curandero vienés, encontraremos que el bebé que juega en el suelo sólo acierta
a percibir los zapatos de la gente que lo rodea, con lo que este objeto se
transforma en símbolo de lo nutricio, lo amado, la protección. Magnus Hirshfeld
cuenta el caso de un sacerdote que recorría los pasillos de los hoteles
acariciando los zapatos que los huéspedes dejaban en la puerta. Es hora de
aclarar las cosas y llamarlas por su nombre. La altocalcifilia es la atracción
por los tacones altos, muy distinta del retifismo, que abarca todo tipo de
calzado ¿eh? Hay todo un batallón de alienistas argentinos dando por el traspuntino
con estas nomenclaturas. Dejemos que se ganen su dinero.
Afortunadamente el calzado
sirve para algo más que para proteger nuestros pies de cualquier penalidad al
andar y podemos asomarnos a las zapaterías con la misma reverencia con que se contempla
una pinacoteca. Que el calzado es una de las Bellas Artes lo atestigua el
zapato-sombrero alumbrado por Elsa Schiaparelli en 1937 gracias a las
sugerencias de la musa judeo-rusa de Dalí, y es que la barretina del pintor
tiene ya un aura de surrealidad más próximo a la sombrerería de la Schiaparelli
que al folclore catalán.
Y no crean que los
modernillos que se compran unos Camper son lo más de lo más, ya en la antesala
de la revolución los nobles franceses hacían incrustar pedrería y diamantes en
sus botas, dándose el caso de algunos aristócratas que fueron convenientemente
guillotinados por semejante obscenidad. Vamos a dar aquí un repaso a los
principales hitos de la historia de la zapatería más exquisita.

¿Quién no recuerda los
botines de Go-Go, diseñados por Andre Courreges en los años 60 y popularizados
por Françoise Hardy, con su característica abertura superior que dejaba mostrar
parte de la piel de la usuaria? Uno de los grandes best-sellers del calzado,
amén de asombrosamente inútiles. Claro que otro de los grandes superventas
fueron los mocasines de Gucci, un zapato conmovedoramente pijo que ha entrado
en el Museo de Arte Moderno de Nueva York pero que a nosotros nos deja fríos.
Mucho más estimulantes son las creaciones enrevesadas de un Steven Arpad, tan
líricas como curvilíneas, con un poso de cuento infantil y retorcimientos de
babucha oriental. El primero de los grandes fue quizá Pietro Yantorny, genial
creador ruso que abrió su carísima tienda en París, donde trataba a los
clientes de la peor forma posible, es decir, como merecían.
Aprovecho para reivindicar a
Roger Vivier, un parisino que estudió Bellas Artes y que ha rediseñado los
tacones, deformándolos, hasta extremos deliciosos, o las sensuales líneas de
las sandalias de Joseph Azagury nos remontan a su origen marroquí , con flecos
de cuero y cadenitas doradas. Otra sandalia que me parece encantadora es una
que pertenece a Andrea Pfister y que lleva una sombrilla de playa. Es una
sandalia muy ochentera, década muy dada a estas locuras, y esa hilaridad
irresponsable está muy presente en los diseños de Pfister (como en su homenaje
a
Mondrian). Otro gran creador
de sandalias es Manolo Blahnik, con sus sandalias de plástico, que empezó a
lanzar al mercado en los 70 para Fiorucci y que dan una apariencia de desnudez
al pie que realza los dedos. Uno
de sus más encantadores
zapatos es uno inspirado en Peter Pan, aunque dudamos que nuestra devastadora
ministra de cultura, la inefable Carmen Calvo, osara llevarlos en alguna
comparecencia parlamentaria a pesar de ser una devota de Blahnik. Socialista
sí, pero no por ello le da reparo afirmar que no se gasta zapatos de menos de
mil euros. Ya le hemos oído decir que la cultura no puede ser gratuita, así que
no hablemos de los zapatos. La espúrea Lady Di era otra de las fans de este
creador, razón por la cual le miramos con cierta sospecha, debido en parte a su
falta de frescura. Hace zapatos para que gusten a las mujeres, y no a los
hombres, y eso es un hándicap irreparable.
Una de las botas que más
fascinación me producen son unas diseñadas por Patrick Cox decoradas con unas
alas que le dan un aire entre gothámico y tebeístico, amén de recordarnos la
mitología en la figura de Hermes, el heraldo de los dioses.
Pero con quien más en
sintonía me encuentro es con el excepcional Andre Perugia, para quien la mejor
manera de conocer la personalidad de una mujer era estudiando sus pies. Aunque
de origen italiano, se estableció en París, donde en los años 20 vistió los
pies de las grandes estrellas del Folies Bergere y de grandes actrices de cine,
y todo debido a la personalidad arrolladora de sus creaciones, y a su afán por
probar con texturas y materiales hasta entonces inéditos en el mundo de la
moda, incluyendo sus particulares "homenajes" a Braque y Picasso.
Para Perugia un par de zapatos debía ser perfecto como una ecuación, y ajustado
al milímetro como una pieza de motor. Su particular devoción por el entusiasmo
industrial de los 50 le llevó a crear piezas singulares, con engranajes
dentados a manera de rosetón y un tacón de metal retorcido, o aquellos otros
con el tacón en forma de sacacorchos. Otra de sus osadías consiste en el zapato
trampantojo que produce la ilusión de que la usuaria está suspendida en el
aire, o sus experimentos con el "tacón no-tacón", verdaderamente
vanguardistas tanto en la forma como en el concepto.

No podría completar un repaso
a los grandes creadores de zapatos para mujer sin mencionar a Christian
Louboutin, quien desarrolló su pasión por el objeto a los trece años y durante
el curso de una visita a un museo parisino al contemplar los zapatos rojos de
tacón alto que llevaba una visitante, pese a que originalmente no se interesó
por la moda, sino por el teatro o la jardinería decorativa paisajista. Pero muy
pronto se dio cuenta de que allí no había dinero. Discípulo de Vivier, de quien
ya hemos hablado. Uno de sus emblemas característicos es pintar la suela de
todos sus zapatos de vivo rojo, independientemente de su color. Uno de mis
grandes placeres urbanos consiste en descubrir ocasionalmente zapatos con la
suela roja, sobre todo si la propietaria se conduce grácilmente, invitando a
seguir su camino en condiciones hipnóticas. Louboutin, para mi sorpresa, los ha
bautizado como zapatos-sígueme. Y la muy aguerrida exploración estructural de
su pump en forma de huevo no puede dejar de mencionarse: permite ver la curva
interior, tan ignorada como fascinante, del pie femenino. O sus zapatos de
pulsera inspirados en las danza de los velos, con borlas y redecillas cayendo
desde el tobillo a manera de cortina. Sin embargo el éxito parece haber
transformado a este genial creador, habiendo llegado a producir deplorables
zapatos con tacones transparentes en el que pétalos de flores y otros objetos
aparecen suspendidos. Estas facetas horteras son las que han atraído a
Elizabeth Taylor y Cher a sus tiendas, pero nadie es perfecto ni genial todo el
tiempo. En un mundo mejor todas las mujeres llevarían zapatos de Louboutin.

El diseñador de biografía más
randiana sería el genial Salvatore Ferragamo, quien diseñó sus primeros zapatos
a la edad de nueve años. Sus padres eran campesinos pobres que no podían
comprar zapatos para que sus hermanas hicieran la primera comunión. Salvatore
se las arregló con unos cuantos materiales para hacer sus primeros zapatos. No
mucho más tarde, a los 16 años, ya estaba instalado en Hollywood vistiendo los
pies de las grandes estrellas. Comenzó haciendo botas de cowboy para Cecil B.
de Mille y acabó vistiendo a Marilyn Monroe y Greta Garbo. Pero Ferragamo no estaba
contento. No entendía que unos zapatos pudieran agradar a la vista y lastimar
los pies al mismo tiempo, así que no dudó en estudiar anatomía en la
Universidad. Tras algunos experimentos consiguió equilibrar la curva de los
tacones con el empeine de sus zapatos. Hay una grandiosidad industrial en todo
esto que deberían ser capaces de ver. Sus zapatos eran cómodos y estilizados.
Audrey Hepburn se contaba entre sus clientas. ¿Hace falta decir algo más? Tras
haberlo hecho todo a finales de los años veinte, los treinta supusieron una
década de innovaciones en los materiales: punto, encaje, celofán, rafia,
corcho... ¡hasta piel de pescado! Salvatore nos dejó en 1960, con 62 años, no
sin antes alumbrar los tacones de metal, denominados por él stiletto, dejándonos
algunas de las más asombrosas creaciones jamás vistas.
Quien mejor ha trabajado los
tacones metálicos hasta dotarlos de formas escultóricas ha sido Bernard
Figueroa, con motivos musicales o vegetales, trabajando para Dior, Thierry
Mugler o Claude Montana. Sus exploraciones le han llevado a convertir los
tacones, esculpidos a mano, en auténticas obras de arte, hechas con oro o con
madreperla. También son destacables sus empeines de malla de alambre que se
adaptan perfectamente al pie. Bernard lo ha dicho muy claro: hay tanto espacio
entre el tacón de una mujer y el suelo que uno puede usar... Pues eso. Quizá ya
sólo pueda entendernos Imelda Marcos, quien con más de 70 años lleva zapatos de
tacón alto amarillos a juego ¡con los candelabros de oro de la mesa!
Para adoración de pies,
o directamente pisotearnos,
puedes dirigirte a
theelderlypassenger@hotmail.com
··········
un paseo sentimental de
CASILDA D. MENTE
Era yo bien pequeñita cuando
empecé a sentir pasión por los zapatos. Tendría unos cuatro o cinco años cuando
mi madre me llevó a una zapatería de la calle General Perón a comprarme unos
merceditas. Pero en cambio, yo quedé
prendada de unos Ghillie Brogues, esos zapatos que llevan los
escoceses, sin lengüeta y con cordones, en versión infantil. Preciosos. Menuda
perra. Eran carísimos y mi madre, claro, pues no me los compró. Me tuve que
aguantar con los merceditas.

“Merceditas para mayores, ¡qué bonitos!”

“Reinventados por la reina del exceso, Vivienne
Westwood”

Después, como solo podía usar los zapatos del
uniforme del colegio –horrorosos, de color marrón y suela de goma- me tuve que
seguir conformando con lo que me obligaban a ponerme. Pero durante los fines de
semana tenía algo más de libertad. En una ocasión, elegí unos delicados
mocasines de tafilete de color rojo y azul marino. Perfectos para ir a la
sierra y andar por el campo, a pesar de las quejas de mis padres. No me duraron
un asalto, claro.

“Me imagino a Bryan Ferry calzando estos elegantísimos mocasines de Gucci”
Más tarde, en plena etapa de pijerío
extremo, me dí a los castellanos. En aquella época no eras
nadie sin castellanos. Recuerdo a Amalita, una
chica de mi clase, que osó aparecer en unas fiestas del colegio con unos
zapatos ¡de lunares!. Hoy día sería de lo más fashion pero entonces...fue humillada por las megapijas de la clase durante el
resto del bachillerato. Yo, por si las moscas, me hice con varios pares de
aquellos castellanos: unos en color corinto con
lengüeta de flecos y borlas, monísimos, otros en azul marino con estribos y otros
en negro con borlas. Vamos, uno de cada modelo, para que no quedase duda. Pero
claro, como el tiempo pasaba y las modas cambiaban, pues también se
actualizaron los modelos de castellanos, así que me compré unos en
color corinto con lengüeta y borlas -hay que ver lo que me gustaba ese color
entonces- con taconazo y un centímetro de plataforma –discretita, para pijas
modernas. Con esos zapatos y unos pantalones de campana azul turquesa de pana
fina recuerdo haber ido al 42 con Ana Curra. Totalmente demodé. Bueno, Ana en
aquella época era también bastante pija, todo hay que decirlo.

“¡Casi como los míos de hace más de 30 años!”
Así que había que cambiar rápidamente. Y descubrí la
mina del Rastro y de la tía de mi madre que calzaba el mismo número que yo y
que no tiraba nada. Me dejé la hijuela en zapatos de taconazo de aguja de 12
centímetros y puntas afiladas de los años 50. Los tenía de todos los colores y
materiales: negros, blancos, azules, de raso, en fin, a docenas. Para pasmo de
los que me rodeaban, pues de pija me había convertido en moderna de la noche a
la mañana. Así que me monté un grupo para poder ponerme lo que me diera la gana
en las actuaciones sin que nadie me mirara como si hubiera visto a una
aparecida.


“Manolo Blahnik, el diseñador de zapatos más famoso
del mundo.
Pues a mí me gustan más los dibujos, son fantásticos, mirad...”
Como lo que a mí me gustaba de verdad, más que
cantar, era diseñar, pues me hice diseñadora. En ese ambiente tan sofisticado y
en esa época, entre el 85 y el 90, el cutrerío del Rastro ya no estaba bien
visto. Además, los zapatos de pico ya se habían pasado de moda. Entonces, lo
que se llevaba eran los zapatos planos, de color negro casi siempre y que
armonizasen con la ropa diseñada por los japoneses en boga en aquella época: YOHJI YAMAMOTO, ISSEY MIYAKE,
COMME DES GARÇONS,....Mis favoritos eran unos zapatos de STEPHANE KÉLIAN de
color negro, como de calvinista, de medio tacón y cordones. También me
encantaba en esa época, complementar mis propios diseños con zapatos a juego,
diseñados también por mí.
“Éstos me hubiera gustado diseñar a mí. Fantásticos”.
Luego me fui a Holanda y, claro, allí, con esas
lluvias y esos hielos, pues no estaba una como para llevar zapatitos a la moda.
Casi 10 años de zapatos planos y con suela de goma. Un horror. Al menos, el día
de mi boda me di el gustazo de calzarme unos preciosos zapatos de KENNETH COLE que casi me dejan
coja.
Ya de vuelta a España, y viviendo en una zona cálida, descubrí las sandalias. Las había odiado toda la vida, eso de ir por ahí enseñando los pinreles, es que me daba grima. Y lo que más odiaba eran las sandalias de tacón alto luciendo las uñas de los pies pintadas de rojo. ¡Qué horror!. Pero, mira tú por dónde, ahora, pues me encantan –las sandalias de taconazo, no las uñas pintadas de rojo, que me siguen dando el mismo repelús-. Bueno, un tipo de zapato que odiaré siempre es ese que deja al descubierto solo la punta del dedo gordo o de dos dedos del pie. Pues van a estar de moda este verano. Yo me negaré siempre a usarlos. Aquí tenéis una pequeña muestra de mis más odiados zapatos.

“Odio ponerme logos y encima eso en plan rasta... ¡puaaaggg!!!”

“- = + o + = - ???”

“¡Qué feos!”

“¡Más feos todavía!”
En
fin, que, como podéis ver, soy una maniática de los zapatos. De eso puede dar
buena fe el webmeister.
····················
La
ropa es símbolo del aspecto humano. Sirve para cubrirnos y para diferenciarnos
los unos de los otros, para alcanzar un status según sea y la llevemos. La moda
es la culpable de elevar a otra categoría la indumentaria. Pero a la vez que la
moda dicta diferentes aspectos, también se crean paralelamente otras
manifestaciones inherentes a los diferentes estilismos. Como sublimación de la
vestimenta hasta lo sexual nace el fetichismo: zapatos de tacón, cosmética,
cuero, lencería,,, sin armas artificiales a través de las cuales se llega al
sexo. En el lado masculino zapatos, prendas y accesorios también pueden ser
objeto de una manifestación sexual que nos diferencia de los animales al igual
que la ropa. Si bien se suele asociar el fetichismo a high class, alta moda,
extravagancia y materiales nobles, resulta que también nace de lo macarra, lo
lumpen, el barrio... El aspecto de Catherine Deneuve en "Belle de
jour" esta a la misma altura fetish que el de un bakala de Torrejón de
Ardoz. Son apariencias totalmente diferentes que provocan estímulos sexuales
compartidos: pulsiones fetichistas en primer grado. La adoración hasta el
paroxismo a una prenda de vestir, una determinada marca hasta el punto de ser
sexys.
Si el fetichismo es una forma de sexualidad elitista
y ligada al coeficiente intelectual la mayoría de las veces. Eso no quita que
los estímulos que la provoquen sean exclusivos o absolutamente populares. Los
estímulos pueden llegar de un polideportivo municipal donde entrenan
adolescentes vestidos de futbolistas, de tribus urbanas de una barriada
charnega catalana, de los andamios de una obra donde trabajan rudos obreros
inmigrantes de los países del Este, de una macro discoteca del extrarradio
llena de makineros, de un estadio de fútbol donde se reúnen en comunión miles
de personas vestidas de chándal, de una "casa ocupa" llena de
"sharps", de una fábrica de cemento armado con operarios
uniformados... Moda, ropa y actitud de la clase baja, que tiene mucho sexo, y
que en definitiva es puro y duro street wear. El sexy del lumpen esta a la
misma altura que el sexy de la high class, porque el fetichismo no discrimina.
Muy al contrario iguala y eleva lo cutre a sofisticado y viceversa. Un Manolo
Blanik esta a la misma altura fetish que un chándal del ejercito español.

SPORTS GEAR
El look deportivo y las prendas de deporte son armas
muy potentes a la hora del sexo. Pero la actitud que dictan la moda y las
marcas son esenciales si van asociadas a imágenes sexuales inherentes a la
parafernalia masculina, que es la que reina en esta manifestación sexual del
trapo. La prenda deportiva cobra vida propia a medida que se customiza, se
transforma y se usa, pues otros factores externos la condicionan como ropa de
sexo. El olor, el tacto, y la vista hacen grados fetish. La prenda ha de
adaptarse a la persona, que al final es la que la dota de sexualidad: un
pantalón de chándal Adidas de tres rayas dos tallas menos, muy usado, marcando
mucho, algo pesquero y con los calcetines Adidas por encima y rematado con unas
Nike Cortez curradas, llevado por un macarrilla joven de clase obrera no tiene
nada que ver con un chándal customizado por Duyos llevado por un modelo
languido y greñudo en Cibeles, por poner un ejemplo. En el primer caso ese
chándal es una mera prenda de morbo fetichista comprada en la tienda de
deportes de un barrio, y en el segundo es objeto de una presunta tendencia
salida de la mente de un estilista, pero que con ese uso le ha quitado todo el
morbo a dicha prenda. En ese caso la actitud masculina eleva a sexual un
pantalón de chándal.

MARCAS DE SEXO
¿Por qué esta imagen fetichista y ultrasexual?,
gracias a las marcas. Reinan Adidas (chándal, shorts, camisetas y sobre todo
las "zapas" Adidas country), Nike (al fetichista le calienta mucho la
ropa de fútbol Nike y las "zapas" Nike Cortez y las Air max),
Lonsdale (polos, sudaderas o camisas sobretodo, que pueden ser sustituidas por
submarcas como Everlast o Charlie que son ya extravagancias fetish), Pitbull
(polos, cazadoras, camisetas con el logo bien grande), O'Neill (morbazo para
anoraks y chaquetas), Fred Perry (lo más sexy son los polos y camisetas con el
laurel ), Alpha (la clásica bomber es la más cotizada sobre todo por su tacto
de nylon que a muchos les pone como motos, sobre todo si lleva parche y logo
detrás), Ben Sherman (la camisa negra de esta marca es otro clásico fetish con
reminiscencias skin), Reebook (deportivas y plumas)... todas ellas combinadas
con ropa militar, a veces con la bandera española estampada, y ropa de gran
superficie. La ropa de sexo es moda absolutamente clasista y sectaria y se
adopta de una forma natural y sin pretensión de lograr un status social: la
marca es un modo de selección natural en la jerarquía del fetichista
chandalero, y la prenda, fuente inagotable de pulsiones sexuales cada vez que
se viste, se usa y se folla con ella. Otras marcas como Puma, Acupunture (con
una campaña publicitaria con más que obvias alusiones fetish), E-play, Vans...
pierden mucho morbo por sus connotaciones fashion y maricas. Multinacionales
del trapo deportivo como Adidas (sin duda la ropa deportiva más morbosa, incluido
el nuevo logo), no ajenas a esta realidad sexual de su ropa, vuelven a los
modelos más clásicos (la línea vintage) pensando en un potencial público que no
esta interesado y desprecia la línea Y-3 de Yamamoto. El fetichista chandalero
pasa de las tendencias, pero es un esclavo de la ropa.

Por “zapatillero” se entiende aquella persona que se
excita con todo lo relacionado con el calzado deportivo (“zapas”), los
calcetines (“calcetos”), los pies...Cuanto más currados estén todos estos
elementos el morbo es mayor, a mayor suciedad más placer.
Un verdadero fetichista del rollo zapas, mantiene
una relación muy especial con sus zapatillas y las de los otros, una adoración
que va más allá del sexo para adentrarse de lleno en el mundo de los rituales.
Uno de estos rituales, es el de masturbarse con las zapas curradas propias o
ajenas.
Para ello hay que tener en cuenta una serie de
instrucciones, que seguidamente enumeramos para los profanos en esta materia,
ya que el verdadero fetichista llega a ellos de una manera meramente
instintiva: sólo hace lo que le excita y le da morbo de una manera natural.

MANUAL DEL ZAPATILLERO
1. Elegir la zapa
A
( comprarla): Hay que pillar la zapatilla que más morbo de. Ya sea porque algún
tio que te calienta las lleva (en el vestuario del gym, la piscina etc...), ya
sea porque son clásicas del skin gear (las Adidas Country, las Nike Cortez...),
del rollo bakala (las Nike Airmax Classic, Cortez...), o de algún deporte en
concreto que haga sudar mucho el pie (las de fútbol, futbito...). Es decir la
situación que más morbo levante.
B ( robarla): Si son robadas en algún vestuario, y
ya están muy curradas, y han pertenecido a un tio hetero que ha estado
calentando mucho tiempo al zapatillero, es lo ideal. Lo mejor es robarlas en
Polideportivos Municipales, que es donde van los tíos de barrio, más morbosos,
y que más les huelen los pies. Si junto con la zapatilla se roba también el
calceto, mucho mejor. Te ahorrarás el trabajo de currarlas (aunque eso también
es un ritual que da placer).
2. Currar la zapa
Una vez con la zapa apropiada, se impone el
duro y a la vez placentero trabajo de currarla. Correrse en ella, mearlas,
sudarlas bien, darles una buena pátina de usadas a base de patadas, lamidas de
terceros, etc... Ese trabajo lleva por lo menos un año, para que la zapa este
en su punto de aroma y añeja. Una vez currada, el aspecto y el olor se tornarán
morbosos. La zapa cobrará vida propia como objeto de fetichismo.
3.
Currar calceto (obtener “bouquet”)
En cuanto al calceto sobre gustos, colores:
Nike, Adidas, Umbro... largos, de fútbol, media pierna, tobilleros... mejor
blancos, pues se ve más la suciedad.
Hay que
llevarlos muchos días, y sudarlos muy bien, haciendo blow-jogging en la Casa de
Campo, en el gym,etc... y dejarlos tiesos, que se tengan de pie, y dejar que el
olor del sudor del pie se junte con el del semen y el pis. El único e
inimitable olor a “zapa currada” que sólo el verdadero zapatillero es capaz de
lograr y reconocer guiado por el infalible olfato de su rabo tieso.
4.
Pajearse
Una vez con la zapa y el calceto (propio
o de un tercero que nos caliente), ya se puede empezar la paja con zapa.
Empezando por ponerlas y andar un poco (mejor correr) para que se caliente y el
olor salga bien. Después se desatan y se colocan en la nariz aspirando
profundamente ese aroma que hará que la erección sea muy grande. Primero el
calceto, y luego la zapatilla. En esta situación permanecer varios minutos
mientras una mano pajea y la otra sujeta la zapa para olerla.
5.
Penetración de la zapa
Como se trata de una masturbación y no
hay agujero de carne donde meterla, se utilizará la zapa. En cualquier caso
dará más placer que una penetración anal u oral. Se introducirá el miembro (ya
como un canto) en la zapatilla y se procederá a follársela. Habrá que restregar
bien por todos sus recovecos para sentir a tope el calor interior y el olor que
sube desde abajo. Si se prefiere se puede tener el calceto de máscara, atado a
la cara.
6.
La socorrida técnica del cordón

Una vez a punto de correrse, otra de las
prácticas es la de sacarle los cordones a la zapatilla, y con el cordón,
proceder a atar los huevos, para así retener el semen y producir cierto dolor
que excitará mucho más. Se recomienda no prolongar demasiado esta situación, a
no ser que además de zapatillero se sea masoquista.
7.
Correrse
Tras haber hecho todo lo anterior, lo
único que queda es soltar toda la leche justo en cima de la zapatilla, dentro
por fuera, que el logo de Adidas o Nike quede bien pringado...y recrearse en
buen rato en todo ese rito zapatillero.
8.
Mear una zapa
-mear zapa currada, habiendo bebido mucha cerveza
para llenarla bien. mejor la zapa de un esclavo o un sumiso al que mas tarde se
obligara a beber y a ponerse la zapa meada.
llenar las dos zapas por igual. primero una y luego
hacer el trasvase a la otra.
-una vez llena se sacude bien y toda la meada
calentita se reparte entre las dos zapas
-trasvase de una a otra hasta
dejarlas bien llenas las dos por igual. para que la zapa absorba toda la meada.
En este punto se da de beber al esclavo, y más tarde se dejan reposar para k
absorban todo el meado, y queden mas curradas y añejas
-nota: la urea eliminara otros rasgos de
olor como la leche y el sudor, y dará una especial aroma en el futuro a la
zapa.
-dejar actuar la meada
varios minutos...
-una vez pasado ese tiempo se lamerán
bien por el esclavo y se le ordenara ponérselas todas meadas para ir a l
trabajo. se ha de notar el ruido chasqueante al andar y como la meada inunda el
calceto guarro, que adquirirá un olor cada vez mas morboso.
9.Epílogo
Este rito seguramente les parecerá una
guarrada a quienes no les va ese rollo. Si no da morbo no intentarlo, pues
supone una pérdida de tiempo, de apetito y de zapatillas. También habrá
quienes, después de rasgarse las vestiduras por lo arriba leído, se queden con
la copla, lo prueben, sacien su curiosidad y se despierte en sus bajos fondos
deseos ocultos e inconfesables. ¿Zapatilleros de armario?, (haw, haw, haw...