LA UNIDAD Y LA OTREDAD
El ojopipa decía que el infierno son los otros. Yo añadiría que el Paraíso serían los afines, la UNIDAD DE DESTINO EN LO PERSONAL.
Espejismo quizás. Uno cree vivirlo cuando alguien te descubre como un "hallazgo fascinante", presagiándose lo contrario de las "relaciones públicas", una relación estrecha libre de convenciones, de protocolos, de paripés. Pero, con el tiempo, algo empieza a fallar (como con el lunar de Gila que deviene en repelente verruga o la mascota que deja de ser mimada y acaba en el retrete o en la cuneta). El lunar sigue siendo el lunar, la mascota sigue siendo la mascota, yo sigo siendo yo: el cambio está en la percepción que tiene de mí la OTRA persona. En nuestra relación privada ¿se me reprocha falta de "relaciones públicas"? ¿He ofendido por no asumir reglas que se supone siempre fueron ajenas a nuestra relación?
Desde el principio se suponía que estaba claro (y era parte esencial de mi "encanto") mi talante incapaz de lidiar (salvo breves momentos con desconocidos -por imperativo de supervivencia: el meollo de la cortesía tal como se entiende en Extremo Oriente, en términos de DIPLOMACIA-) con el Gran Animal (como llamaba Simone Weil a "la sociedad"). Si los afines se vuelven otros por plegarse ante ello me parece perfecto pero involucrar a nuestra relación en esa dinámica es autoengaño por la OTRA parte. Salvo que, desde el comienzo, su percepción de mí como afín, como parte de una UNIDAD DE DESTINO EN LO PERSONAL, no fuese sustancial, tan sólo un capricho, una veleidad, una "fase".
¿La clave está en resultar cómodo, confortable a los demás? ¿En DEJAR DE SER para no pasar de "hallazgo fascinante" a "juguete roto"?
Lo más irónico es que cuanto más parezco fallar en mi rol de "hallazgo" o de "mascota", cuanto más me pueden percibir como "juguete roto", más en sintonía estoy con la ACTUALIDAD, con un RESETEO en que las convenciones, los protocolos, los paripés de la postmodernidad se disuelven en la incertidumbre. EL GRAN ANIMAL, en su sentido anónimo, multiforme, corporativo, que atraía al hombre de la multitud de Poe, que deificó las "relaciones públicas" y los tipos invertebrados (ameboides -low profile-), que favoreció la "socialización", la integración forzosa, la adaptación procustiana a Lo Correcto (donde lo incorrecto ha de serlo pero siempre "ma non troppo", en clave no Anarca sino bienquedarca, simulacro de incorrección -nunca sustancialmente diversa-) hoy agoniza en tanto son individualidades extremas en su singularidad, peculiaridad, neuroatipicidad, quienes dirigen el cotarro desde las más altas instancias. Sujetos a los que comprendo tan bien como me resultaban ajenas las masas, las superestructuras, las sociedades ANONIMAS. Hoy son nombres propios, desde la cima de sus terminales de Poder, quienes randianamente hacen y deshacen. En el extremo opuesto, en el subsuelo, en compañía de las mascotas que tiraron por el retrete, algunos "juguetes rotos", tal vez huérfanos de relaciones privadas y desahuciados de reconocimiento por "la sociedad" (sociedad, por cierto, de tan inminente obsolescencia), al menos comenzamos a sentirnos en sintonía con los motores últimos de la humanosfera como nunca antes. Y así, como minúsculos testigos cómplices del RESETEO, intuimos que no hemos vivido completamente en vano.