Manuel Cruz, filósofo

 

 

 

“Una exquisitez es aquel pensamiento

que produce más pensamiento”

 

 

Por Esther Peñas

 

 

Hoy en día se nos pauta la importancia de realizar una dieta equilibrada: cinco piezas de fruta diarias, abundantes raciones semanales de verduras y legumbres, soja, sémola, zumos recién exprimidos… pero nadie habla de la salubridad del pensamiento. ¿Qué pensamos? ¿Cómo lo hacemos? ¿Sabemos, acaso, hacerlo? ¿Meditamos sobre los temas adecuados? ¿Quién piensa por nosotros? Las consignas, ¿alientan o encorsetan? De todo esto hablamos con el filósofo Manuel Cruz, autor de ‘Menú degustación. La ocupación del filósofo’ (Ediciones Península).

 

En este menú degustación, con platos tan variados como la religión, la nada, la política, el presente, lo humanístico, etc. ¿Con cuál de ellos haría un menú temático, es decir, qué asunto de los abordados le reclama mayor atención?

Unos cuantos… Aristóteles decía que, en definitiva, pensar es matizar. A partir de ahí, reconozco que matizar es una práctica que me apasiona. Si me atengo al momento presente, te diré que un tema fascinante, dado el debate que se está produciendo a propósito de los crucifijos en las esuelas, podría decirte la presencia de lo religioso en el espacio público me parece un tema interesantísimo; también, y dada mi circunstancia como profesor universitario, la enseñanza de la Filosofía, el futuro de lo humanístico y Bolonia, en definitiva, es otro asunto del que no puedo desentenderme.

 

Si tuviera que escoger una cuestión al margen de las coyunturas, ¿cuál sería?

Seguramente lo que tiene que ver la identidad personal, que afecta a su vez a la identidad colectiva: quiénes somos como individuos, como grupo, qué nos ha hecho ser como somos. Aunque no hay un capítulo específico en el libro, la identidad revolotea en todas sus páginas. De cualquier modo, todos los temas que toco me importan, por eso los he analizado.

 

Si en materia de pensamiento también hay que seguir una dieta equilibrada, ¿cómo distinguir una exquisitez de una fruslería?

Resulta una especie de tópico, de lugar común, decir hoy que ya no hay nuevas ideas ni filósofos como los de antes; cuando analizas con un poco de perspectiva la historia más reciente, de un siglo para acá, por ejemplo, observas que cuando un autor hace una propuesta que ahora consideramos como inequívocamente revolucionaria, por la gran ruptura que propone (Freud, Marx, Nietzsche, Wittgenstein, etc.) la reacción de sus contemporáneos es casi indiferente. A partir de este prolegómeno, te contesto. ¿Cómo se reconoce una novedad, una exquisitez? Los contemporáneos de Nietzsche, cuando leyeron ‘El origen de la tragedia’ no sintieron que estuvieran frente a algo nuevo; en cambio nosotros seguimos acercándonos con devoción a ese título. ¿Cómo se distingue una fruslería de una exquisitez? Una exquisitez es aquel pensamiento que produce más pensamiento, que da que pensar, y lo que no da que pensar es una fruslería, una mera ocurrencia.

 

¿Por qué triunfa lo que usted denomina como ‘subcontratas en materia de pensamiento’, aquellos líderes de opinión cuyas ideas asumimos como propias en vez de tejerlas nosotros mismos? ¿Por qué nos cuesta mucho pensar o porque no sabemos hacerlo?

Por orden, lo correcto sería decir que no sabemos hacemos y por eso nos cuesta. No estamos acostumbrados a la reflexión, a la crítica, por muchas razones, y eso nos hace tender a agazaparnos y acogernos a los lugares comunes, donde hay un acuerdo general. Por eso, en una conversación, tendemos a emplear determinadas ideas o frases que sabemos encontrarán en el otro una cierta sintonía. Cuando uno razona de un modo opuesto a su interlocutor, siempre surgen tensiones, en mayor o menor medida, algo que también tratamos de evitar, como si la discusión fuera algo diabólico o una falta de educación.

 

Lo que sería diabólico es pensar que al único ser racional no le guste pensar…

Bueno, a pesar de lo anteriormente explicado, tampoco estoy muy seguro de que a la gente no le guste pensar. Un ejemplo bobo sería una frase recurrente como “lo que más me molesta es que me tomen por tonto”. Esto indica que resulta más ofensivo que a uno le tomen por tonto que por mentiroso, pongo por caso. Lo cual, a su vez, indica que el conocimiento, la inteligencia, el ser pensante, en definitiva, está valorado. Hay otros indicadores. En Europa, en España por descontado, todos los periódicos tienen uno o dos filósofos de cabecera que escriben sus columnas, que opinan, que firman como filósofos; en las mesas de ‘novedades’ de las librerías es raro no encontrar varios títulos, con uno u otro matiz, filosóficos.

 

¿Hubo o hay una dictadura del pensamiento único?

Hablar de pensamiento único sería hablar de un único pensamiento y eso es simplemente imposible. Otra cosa es hablar de pensamientos únicos según el ambiente en el que estés; desde ese punto de vista, sí, hay sectores sociales que se manejan con consignas, claves, directrices. Hemos perdido la destreza, la práctica, el gusto, en última instancia. Además, pensar socialmente no está valorado.

 

En uno de los capítulos, pone en entredicho que los medios de comunicación, en especial la televisión y la radio, sean un vehículo adecuado para la reflexión, por la rapidez y síntesis que exigen. Del mismo modo, tal y como muchos opinan, ¿el metro y el autobús son lugares impropios para leer alta literatura?

Hombre, yo no me veo leyendo ‘La crítica de la razón pura’ en el metro, pero más por condiciones de posibilidad que de cualquier otra cosa. Respecto a los medios de comunicación, es cierto que en el mundo académico hay bastante rechazo, reticencia, a todo lo relativo a ellos, porque se tiene la idea preconcebida de que el medio de comunicación te obliga, por sus características, a decir tonterías. Y eso es falso. El medio condiciona el modo en el que te explicas. Es obvio que es radio, por ejemplo, no puedes exponer un argumento durante siete minutos seguidos puesto que las unidades de tiempo son más pequeñas, y la continuidad no es la que puede darse en una clase, por ejemplo. Te adaptas y amoldas a su formato, más o menos cómodo, pero pueden decir ideas brillantes. La cuestión está en echar la culpa a alguien. Es como cuando decimos que no tenemos tiempo para leer. Será que no nos gusta tanto como para sacar el tiempo necesario. No hay que poner excusas no debidas. Que en un país que emplea, de promedio, dos horas diarias en ver la tele diga que no tiene tiempo para leer es falso.

 

Con el cada vez más imperante gobierno de lo políticamente correcto la nuestra ¿es la época por excelencia de la banalidad?

Es extremadamente banal, la cuestión de la banalidad tiene que ver con lo políticamente correcto, en efecto, pero también con cuestiones más estructurales, más de fondo. La banalidad ha sustituido al viejo mecanismo de la ocultación, las sociedad decimonónicas eran la sociedades de la ocultación, de la hipocresía, una cosa era lo que se veía y otra lo que la gente pensaba y hacía. Hoy todo está a la vista, el concepto de secreto funciona ya mal. El problema es que cuando todo está a la vista parece que nada está a la vista. Lo importante, siguiendo la propuesta de Baudrillard, lo obsceno era lo que estaban fuera de la escena; ahora se han tirado las paredes, pero al tiempo hace que solo percibamos aquello que queda iluminado. Es como en ‘La carta robada’, de Poe, está todo encima de la mesa, pero si no nos llama la atención sobre algo, todo pasa inadvertido… basta echar un vistazo a las noticias de los medios de comunicación: no es que escondan informaciones, es cómo se tratan. Cuando empezó la transición había muchísima conflictividad social, algunos conflictos con enorme proyección, como el tema de los astilleros en Cádiz, y aparecían en los periódicos en la sección de política. Hubo un momento, sutil, en el que las noticias de conflictos laborales pasaron de ‘sociedad’ y ‘política’ a ‘economía’ y ahí dejaron de ser visibles. Es un ejemplo. Tiene que ver un poco con esto las primeras movidas antiglobalización, en Seattle, que tardaron en ser percibidas porque se recogían en la sección de economía y después, solo después, saltaron a secciones más nobles o visibles. En definitiva, la banalidad es la espuma de la realidad, pero debajo de ella sigue habiendo conflictos.

 

¿Una pregunta correcta o una respuesta acertada?

Los filósofos solemos decantarnos por la pregunta, prefiero poner el acento en la pregunta porque en nuestra sociedad, que predomina un criterio práctico y útil, la pregunta connota duda, incertidumbre, mientras que la respuesta es la clausura de la incertidumbre. La pregunta es el deseo del pensamiento y la respuesta es la satisfacción, y por tanto el fin del deseo. Las preguntas a veces están mal valoradas, se da por descontado que la pregunta sólo expresa ignorancia y que el conocimiento corre a cargo de la respuesta y no es así. Las preguntas incorporan conocimiento, son productoras de conocimiento.

 

¿Hay algo evidente en filosofía?

Todo es históricamente evidente. Si uno analiza la historia del pensamiento se encuentra situaciones curiosas: hubo largas épocas en la historia de la humanidad en las que Dios era una evidencia, el progreso era una evidencia, el concepto de persona era evidencia… todas las evidencias hemos de asumirlas en su carácter contingente. Si ahora se nos aparecen como evidencias pueden variar, pero no hay manera de saber si variará o no. Como cautela, cualquier evidencia puede tener fecha de caducidad.

 

¿La publicidad se ha arrogado el papel de dictador de tendencias y pautas morales?

En el mundo editorial, musical y en muchos otros ámbitos, se ha generalizado el concepto de prescriptor, que tienen una cierta autoridad, y establece las normas o indicaciones sobre cómo actuar, qué hacer. También la publicidad lo hace, cumpliendo un papel que desempeñaba antiguamente la Iglesia Católica, que ofrecía normas de conductas en sentido social. Hoy en día hay un claro vacío normativo en cuanto a normas un poco más densas, morales o éticas, por eso la gente se rige por criterios de mínimos, del tipo “mientras no haga mal a nadie…” Esto es algo muy significativo porque las únicas normas que se aceptan -y con dificultad- son las legales, pero no es suficiente, hay cosas no prohibidas que no deben hacerse, como defraudar o decepcionar a alguien.