LA VIDA CON LUPO

 

por Esther Peñas

 

Conocimos a Lupo hace ahora un año. Lo trajo un tipo en una cesta. Venía drogado, y era diminuto. Pero ya habíamos elegido para él un nombre: Lupo. Podría decir que fue en honor de Alberto Lupo, ese cantante que le susurraba zalamerías a Mina en ‘Parole, parole’; que fue un tributo al perro díscolo trazado por Guido Silvestri o un guiño a Lupo de Troyes, ese monje convertido en obispo, al que se le atribuye haber dado muerte a un dragón. Pero, aunque mucho más prosaico, lo cierto es que ‘Lupo’ aludía –en singular- al mote que recibía de mala gana una de nosotras en la escuela. Por las gafas. Lupo mejor que antiparras.

 

 

 

Las primeras semanas nos mirábamos con recelo. Lo único que escuchaba eran advertencias sobre lo inquietos (rozando el azogue), lo indómitos y lo destructores de la raza en cuestión, cocker spaniel. Mis temores se materializaron: el código canónico, Persépolis y la novela de Sr. Chinarro, Éxitus, terminaron –en mayor o medida de páginas- en su estómago o esparcidas por el salón. Por algún extraño motivo, resultó seguir un patrón de comportamiento obsesivo, de tal manera que siempre cogía esos tres. Ningún otro.

 

 

Las primeras semanas quedan ya tan lejos... Ahora ha tenido a bien erradicar sus prácticas bibliográficas caníbales. A cambio, escucha atento. Lo que le cuentas y lo que le lees. Ladea la cabeza como si, de ese modo, descifrara el código. Cuando se cansa, directamente te calla a lametazos.

 

 

 

 

No para de mover el rabo. Lo que queda de él. Se lo cortaron al nacer. A veces gira en círculos para morderlo. Igual lo echa en falta.

Al principio, jugaba con los perros del parque. Poco a poco, se fue haciendo más independiente y ya los saluda –porque él, eso sí, es muy educadito- y se dedica a zascandilear solo. Persigue a las liebres, se afana mucho, pero aún no ha cazado ninguna. Cuando se le pierde de vista no tarda en asomar la cabeza, por ver si estamos ahí. Y sigue a lo suyo.

Lo suyo también es mirar por la ventana, como quien contempla el mar de pie en una barca de pescadores. Salvo que lo que ve Lupo es más gris. Y urbanita. Qué sé yo, igual sus ojos ven otras cosas diferentes.

 

 

 

Pero lo que más le gusta, sin duda, es que lo acaricien. Cuando dejas de hacerlo y él considera que aún no ha sido ración suficiente de mimos, te empuja con el hocico la mano para que continúes. No te puedes negar.

 

 

 

Claro que tiene sus momentos de desdén. Son de dos tipos: cuando intuye que vamos a salir de casa sin él, y cuando nos vamos a dormir. Entonces deja de mover el rabo, y se enfunda un gesto de displicencia, más que resignación.

Pero, en general, estoy segura, es un perro feliz. Lupo. Lupo con cara de Lupo. Sólo hay que ver de qué modo duerme, desparramado.