MEMORIAS DE ENRIQUE JARDIEL PONCELA
RETRANSMITIDAS DESDE EL TRASMUNDO
A SU
JOVEN Y ENTREGADA DISCIPULA ESTHER PEÑAS
Capítulo IV.
De la verdadera naturaleza de la anécdota por todos conocida
de cómo me paseé por los bulevares
conduciendo un coche de
bomberos
Una
lata. La fiesta esa de la señorita Crawford. Bueno,
es un decir, que más que señorita a mí me resultaba una hidra. Mejor, un
basilisco. No me daba buena espina esa mirada de loca de atar que se gastaba. Y
esos gestos tan bruscos, y esa voz que, aunque pretendía sonar calmaba, me daba a mí en la sesera que sofocaba a una recua de caballos
desbocados que pasarían por encima de nuestras cabezas, triturándolas sin el
menor decoro, en cualquier momento. Se lo advertí a los muchachos, pero me
dijeron que había visto muchas películas. Ya lo creo, todas. Insisto, para mí
que había un hombre prehistórico enfundado en ese cuerpo y dispuesto a
practicar el canibalismo más feroz e incívico.
Una
lata. La fiesta aquella. Ya empezaba a cansarme de tanto perezosear.
Porque en España, uno perezosea muy a gusto, jugando
al mus, fumando un puro mientras se habla de política (siempre que la política
de la que se hable sea anterior a los Austrias, para
evitar suspicacias con la autoridad competente), se perezosea
criticando a los artistas, haciendo bromitas sobre Benavente, que da mucha
carrete (carrete con el que cosen señoritas como él), se perezosea
jugándose el tipo con alusiones tan crípticas sobre el policontusionado
que sólo las entiende quien las formulas. Pero el que las formula, se parte en
cuarto y mitad de risa.
Ahora
que estoy aquí (quiero decir, allí),
seré osado: el policontusionado no era otro que ese
que están pensando y tienen en mente. El que se enamoró de Celia Gámez y abandonó a su mujer de toda la vida. Pero al que el
jefe, el Gran Toro Atiplado, le castigó perversamente condenándole a ser el
padrino de bodas de la vedette.
¡Chúpate esa! Es que el Gran Toro Atiplado, cuando quería, tenía muy mala
leche. Más que mala leche, calostros.
Una
lata, en definitiva. La fiesta esa y este trabajo en Hollywood.
Se cobraba bien por no hacer nada. Pero soy un sentimental, y ya echaba de
menos mi tierra chica. Empezaba a aburrirme como una ostra de las que provocan
indigestión por pasar el rato. Una ostra de las que parecen contener una perla
y lo que dan es una canica de plástico. Fíjense si estaría aburrido que
pespuntaba esa comparaciones tan poco pulidas. Una lata.
Los
muchachos estaban encantados, en cambio. Por la fiesta esa y por todo lo demás.
Lo demás se transformaba en güisqui de contrabando, tabaco del bueno, mujeres
dispuestas a perder la honra que ya perdieron pero que simulaban mantenerla
intacta, a punto de ser desflorada (cuando había sido polinizada por un
batallón de zánganos); mujeres que avasallaban haciendo papilla la hombría, es
decir, mujeres hombrunas; mujeres patizambas y finas como estiletes; mujeres con
un manglar por cabellera y mujeres que parecían recién llegadas de su jura de
bandera; mujeres que reían como si un volcán eructase cantos rodados por su
garganta y mujeres tan delicadas que parecían una figurita de yadró. A esas, especialmente, las hubiese estampado contra
la fachada de cualquier penitenciaria. Por fastidiar.
En
cambio, a los muchachos les volvía locos cualquier tipología de mujer que se
les acercase. Excepto a Edgar, que carecía de ganas y fuelle para otra mujer
que no fuese su almibarada Conchita Montes, elegante como una pantera bailando
un pasodoble sobre un campo de minas.
Una
lata. Además, me resultó imposible hablar con
Me
recogió López Rubio en su flamante automóvil. A mitad de camino, tuvimos que
parar. Me mareé. Menos mal que mi amigo es un hombre de recursos y me ajustó la
rueda de repuesto a la cintura. Me sentí a flote. Mucho mejor.
Aparcamos
veinticuatro kilómetros más allá de la casa de
-
Monina,
¿no crees que eres un poco insignificante para darte a la bebida?
La
niñita no nos contestó. Se limitó a cerrarnos la puerta en las narices. Qué
grosera. Hasta la infancia resulta insolente en aquel país. Decidimos entrar
por nuestros propios medios. López Rubio propinó una patada supina a la puerta.
Creo que se rompió el tobillo, la cadera y, desde luego, el botín. Por fortuna,
sus alaridos despertaron la atención de alguno de los invitados. Esta vez una
mujer, que sin duda había visto a la muerte de cerca hace poco, nos invitó a
entrar. Después me comentaron que se trataba de Gloria Swanson.
Apenas
si nos quitamos el sombrero se acercó a saludarnos la anfitriona, ejemplo
descarado de ferocidad. Portaba el vaso que hacía unos instantes sostenía la
niñita déspota. Supuse que era su hija. Y ella, la madre. Tal para cual.
-
Disculpe,
señorita Crawford, ¿ha llegado ya la única, la impar,
la deliciosa Greta Garbo?
Sólo
entendió el nombre propio. Y estuve por apostarme mi casa en San Francisco, que
como nunca tuve una tampoco perdía tanto en el caso de que la perdiera, que no
sentía una gran simpatía por mi amada. López Rubio intercedió y, chapurreando
un inglés que más parecía morse que inglés, tuvo la
amabilidad de preguntar por la misma persona por la que yo lo acaba de hacer.
Ante lo cual, y tras escuchar por segunda vez el nombre de la diosa nórdica,
pudimos ver cómo el rostro hirsuto y estirado cual ballesta a punto de ser
usada de
Se
dio media vuelta y nos dejó plantados.
Tardamos
un poco en dar con los muchachos. Aquella mansión desplegaba unas dimensiones
descomunales y la gente, tan numerosa y feliz como cuando en España se cobra la
paga de julio, se dispersaba por los lugares más insospechados. Había gente
hasta sentada sobre el frigorífico y gente con los pies colgando de la
balaustrada de la tercera planta, como esperando el momento propicio para
lanzarse y lastimar a alguien.
Encontramos
a los chicos en el sótano, alrededor de una vieja radio en la que –Dios sabe
cómo- habían conseguido sintonizar la retransmisión de Real Madrid-Osasuna. Sobre la mesa, dos velas más propias para una
sesión espiritista que para una reunión de amigotes.
(Por
cierto, y ahora que mento la cuestión. Me gustaría dejar claro a estas
alturas en las que el vértigo comienza a hacerse incómodo, que mi novelita
‘Plano astral’ no debiera haber visto nunca la luz. De joven era muy
impresionable, debido a que pasé el sarampión y la varicela, y quise escribir
algo desmitificando esa creencia espiritista tan en boga en nuestra sociedad.
Paparruchas. Si fuera posible hacer hablar a los finados, ¿se imaginan qué
alaridos no hubiese proferido María Antonieta a sus verdugos? Sinsentidos. El caso es que, como tantas
otras obritas mías, ‘Plano astral’ estaba condenada a mezclarse con residuos
sólido urbanos, y mondas de patatas, y papel de periódico aceitoso. En todo
caso, y siendo más cruel, como mucho aspiraba a convertirse en material
reciclable a manos del ese escritor que emparentó –muy a mi pesar- conmigo. Hay
que tener mucho descaro para publicar con tu nombre cosas que no han salido de
tu pluma. Y hay que ser un ornitorrinco constipado para publicar con tu nombre
cosas que no han salido de tu pluma y que, además, son espantosas. ‘Plano
astral’ finalmente se publicó como hijo natural de Enrique Jardiel
Poncela. No tuve el valor de desdecirme de ella con
la edad. Aunque al lado de sus hermanas mayores (‘Amor se escribe sin hache’, ‘¡Espérame en Siberia,
vida mía!’, ‘Pero ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? y ‘La tournée de Dios’)
parece la verruga de la nariz de la bruja, frente a la cálida sonrisa de la
princesa que toca que el arpa. Apunte para una sonatina, por si me queda
tiempo. En fin, el día que accedí a publicar ‘Plano astral’ está claro que se
me fundió la bombilla Osram que ilumina el terrenito
de sentido común que me acompaña.)
Dicho
lo cual… Los muchachos. Los dejé con su entretenimiento tan masculino y bizarro
y emprendí mi retirada, decidido a besuquearme con esa larguirucha indómita,
dispuesto a meterla en cintura.
¿Pero
es que aquella casa no se acababa nunca? ¡Quién me iba a decir a mi que echaría de menos las estrecheces
de mi piso! Por lo menos en él era imposible de todo punto perderse. Me topé
con un tipo con cara de queso manchego, que llevaba los brazos ligeramente
arqueados y las manos alineadas a sus caderas. Era Gary
Cooper. Tanto gusto.
Qué
de gente. Empezaba a pensar que Hollywood era como
San Sebastián visto con una lente de aumento. Nada. Bueno sí, cayeron dos de
los cinco que colgaban de la balaustrada, pero no hirieron a nadie. Sus restos
se esparcían, grotescos, por la tarima de la entrada. Nada. Bueno sí, atisbé a
Antonio Moreno, el latin lover que
había trabajado con
-
Antoñito, hijo, ¿has visto a Greta?
-
¿Quién
es usted?
-
¿Qué
quién…? Enrique Jardiel Poncela.
-
Ah,
de la camarilla de Neville, usted ha venido de
España, ¿verdad?
-
Sí,
sí, sí. Oye, ¿has visto por aquí a
-
Qué
mujer más extraña, ¿verdad?
-
Sí,
sí, sí. Oye, chato, ¿la has visto o no?
-
¿A
-
¿Eso
que dices es cierto?
-
Es
por todos sabido, pregunte a quien quiera, todos le dirán lo mismo.
-
No,
no, no. Abur.
No
daba crédito. ¿Qué debía pensar? ¿Que era una broma de
Contrahecho
del disgusto, volví abrumado a la fiesta, y me dejé caer en un butacón de un
dormitorio que, para mi sorpresa, estaba solitario. Me quité los zapatos sin
desabrocharme la lazada y me quedé allí, frente a la chimenea, en la que ardían
unos generosos tarugos. Llevaba una botella de güisqui en la mano. Supuse.
Alcohol, en cualquier caso. Amasé el propósito de dejar de ser abstemio esa
misma noche. Tal magnitud adquirió mi desconcierto.
De pronto, la puerta de la alcoba se abrió con
enérgica decisión, la misma con la que fue cerrada. Era
Preferí
no ser advertido, así que, como pude, atraje mis zapatos y me replegué en el
butacón, silenciando hasta mi respiración.
Se
puso a llorar. Ella. Yo, reprimí mi instinto caballeresco que me empuja a
consolarla. El miedo a que me arañase era mayor. El pavor a ser reprendido por
semejante bestia, indescriptible. Se desquitó del llanto lanzando con energía
los adornos que encontró a su alcance contra la pared. Los hizo añicos, excepto
el busto de bronce. Aunque lo intentó. Pude ver cómo después de su ataque de
fiereza su atusó el pelo, se recompuso el maquillaje, ensayó un par de sonrisas
y salió segura de sí por donde había entrado. Mujeres…
Le
di un trago a la botella y, acto seguido, lo escupí sobre la chimenea. Me fijé
en el envase. No era güisqui, sino gasolina. Esto lo deduje no por las palabras
del etiquetado, sino porque, al paladar, la gasolina es inconfundible. En el
ínterin, aquel sorbo soltado directamente sobre el fuego no hizo sino
embravecerlo. Fascinante. Las llamas escaparon de la chimenea hasta alcanzar un
visillo. Manida escena, pero así ocurrió. El visillo se consumió en un
periquete, pero las llamas, hambrientas, voraces, necesitadas, las pobres,
fueron conquistando la habitación: la alfombra de visón, la colcha de macramé,
el vestidor de la señora… Por un momento me sentí como en casa. Valenciano,
pero como en casa.
Me
calcé con cierta premura, pues el calor que se concentraba allí dentro ya
empezaba a molestar. Tenía que advertir a los muchachos de que conviene oler
las botellas antes de degustarlas. Qué asco. Gasolina.
Abajo
seguía la diversión. Traté de explicarle a cuantos me cruzaba el percance, por
si quería extinguir el fuego antes de que fuera a mayores, pero me di por
vencido. No nos entendíamos. Así que vagué por las calles hasta que encontré un
taxi. Me condujo a Luna Park, donde había una
verbena. Pero en Hollywood, las verbenas no tienen
churros, ni huelen a fritanga, ni las adornan bombillas Osram.
Son verbenas austeras que ni son verbenas ni nada. Qué asco.
Cuando
estaba a punto de irme, tuve una idea. Utilizando lápiz y papel pude convencer
a un tipo para que me vendiese un viejo coche de bomberos en el que dormía. Y
me paseé con él por los bulevares, haciendo sonar la campanilla. La gente no
sonreía a mi paso, sino que me mirada aterrorizada. Definitivamente, estos
americanos nacieron sin humor.
Cuando
llegué a la mansión de
Decidí
irme de allí por miedo a que me tocase pagar los desperfectos.