MEMORIAS DE ENRIQUE JARDIEL PONCELA
RETRANSMITIDAS DESDE EL TRASMUNDO
A SU JOVEN Y ENTREGADA DISCIPULA ESTHER PEÑAS
Declaración de
intenciones
Me llamo Enrique Jardiel Poncela. Y me voy a morir. Inminentemente. Sé que este exceso de información denota un mal gusto colosal, sobre todo al arranque de una novela, pero no tengo mucho tiempo, así que he de sintetizar al máximo. Como sabrán algunos de ustedes, tenía el propósito de escribir mis memorias. Se iban a titular ‘Sinfonía de mí’. Se iban, porque no serán. Y no crean que no las he escrito por pereza o pudor sino porque apenas cumplidos los cincuenta, uno espera vivir algo más, la verdad. En compensación, trataré de concluir esta sonata, composición que se ajusta más a la famélica salud de que dependo y a la más modesta ambición que persigo. Cuando uno sabe que a su clepsidra apenas le queda arena prefiere contarse de manera breve a que sean los críticos –esos seres diabéticos de envidia- quienes le diseccionen cual si de una vulgar rana de laboratorio se tratase.
Si uno va a morirse, o está muriéndose ya, para ser más
exactos, todo le parece importante, cualquier anécdota adquiere una dimensión
casi telúrica, aunque se trate de la compra de siete pares y medio de
calcetines negros de algodón. Por eso hago constar el esfuerzo de haber
reducido mis vicisitudes vitales a una lista de cuatro acontecimientos sobre
los que quisiera detenerme de cara a la posteridad (por cierto, tiene un
rostro, la posteridad, como con un rictus grave y altanero; lleva mechas y
gafas bifocales, se lo digo por si un día se la cruzan por la calle, para que
cambien de acera de inmediato, no les vaya a pedir diez duros).
Lista de los cuatro episodios más importantes de mi vida:
mi encuentro con Greta Garbo una tarde lluviosa como una sonatina de Rubén
Darío y la noche en la que me quedé sin tabaco encerrado en la balcón de un
sótano. Tal vez algunos otros surgirán entre medias, ansiosos por ser
desvelados o sedientos de notoriedad, pero no puedo asegurarlo.
Disculpen que tosa. La emoción de resumirme en estos
capítulos, por suculentos que sean, me deja en la garganta una especie de nudo
que me sube y me baja, como el guijarro aquel con el que se entretenía el
fornido Tántalo.
Qué cosas. Yo, Enrique Jardiel Poncela, que tanto me
afané en distraer a los convalecientes de todas las latitudes y bandos, escribo
ahora mi obra postrera de ese mismo modo, con una mantita de cuadros sobre las
piernas y unas pantuflas de felpa a juego, iluminado por una bombilla Osram.
¡No somos nadie!

Capítulo I.
De cómo conocí a esta señorita
supinamente hermosa pero siesa como un brigadier
Me lo comunicó mi amigo Miguel. Miguel Mihura, que a él sí que le dará tiempo –eso le deseo- de escribir sus memorias. “¡Nos vamos a Hollywood, Enrique!”. Confieso que, por fortuna, y a costa de no pocas trifulcas que me costaron hondos disgustos, he mantenido intacta la dignidad de mi nombre, evitando que se me apelase con diminutivos como Quique, Enriquito o Enriquín, este último tan del gusto de la tía Eustaquia, sorda y entrada en carnes, de la que todo el mundo gasta una por la línea paterna. Siempre he sido Enrique. Miguel, al que tampoco llamaban Quique, Enriquito o Enriquín, no pudo hacer ese viaje. Cosas que pasan.
Nos fuimos un selecto grupo de cómicos. A saber, aparte
de mí mismo, Tono, López Rubio y Neville (que enfadó muchísimo a la tripulación
porque, debido a su generoso peso, desnivelaba de tal modo el avión que tuvimos
que hacer todo el trayecto en posición de montaña rusa descendiendo en caída
libre. No hubo modo de enderezar el aparato hasta que se apeó de él).
El viaje resultó pesadísimo. Echamos ciento veintisiete
partidas de mus, doscientos cuarenta y tres tutes, diecisiete briscas y, presas
de la desesperación provocada por el tedio, hasta un cinquillo. Después pusimos
verde a los políticos, malva a los escritores, zaino a los críticos, azabache a
los inspectores de Hacienda y ambarino a las vedettes de revistas. Nos quedamos
afónicos. Decidimos jugar a los chinos, pero los ampurdanos nos acusaron de
racistas. Bebimos unos cuantos gin-tonic, porque éramos abstemios. De otro modo
nos hubiéramos conformado con un buen café de puchero. No sabíamos cómo perder
el tiempo. Así que echamos una cabezadita.
Tan contentos que llegamos a las Américas. Nos
contrataron para escribir guiones delirantes, como los de los hermanos Marx.
Los conocíamos de sobra. Éramos gente leída. Esquelas y anuncios por palabras,
pero lectura al fin y al cabo. Nos gustaban, aunque sin frenesí. Porque no
teníamos nada que envidarlos. Si hubiéramos nacido en los Estados Unidos,
nosotros hubiéramos sido los hermanos Marx. Y los hermanos Marx, de haber
nacido en España, hubieran sido revisores de la compañía de ferrocarriles. U
oficinistas, que se estila mucho.
También habíamos oído hablar del señor Mayer, de la Fox,
de la Paramount, habíamos visto en la gran pantalla los rostros de Lilian Gish,
Douglas Fairbanks, Gloria Swanson, Bette Davis, Ramón Novarro y Chaplin (quien,
por cierto, hizo muy buenas migas con Edgar, por aquello, supongo, de la
atracción de los contrarios, tan enjuto y famélico). Asimismo bailábamos el
charlestón, bebíamos lo que fuera on the
rocks, conducíamos automóviles made
in USA, fumábamos Marlboro, y llevábamos muy a gala haberles descubierto
hace quinientos años. A cosmopolitas no nos ganaba nadie. Lástima que no
tardásemos mucho en advertir que los americanos no eran capaces de ubicar a
España siquiera en uno de los planetas del sistema solar y que, además, les
resultaba un país aburridísimo, en el que la gente vestía trajes de faralaes y
se pasaba el día matando toros, echándose la siesta y comiendo paella y cocido.
Hemingway, una mente privilegiada, se encargaría de
despertarles de ese ignominioso letargo cultural. A nosotros no nos interesaba
lo más mínimo hacerlo. Nos hacía mucha gracia. Es más, lo fomentábamos,
contando historias rocambolescas sobre el trabuco de Curro Jiménez, la letal
higiene de Isabel La Católica, la soporífera verborrea de Azaña o cómo el
mismísimo Dios escogió el Cerro de los Ángeles, sito en Madrid, para echar un
vistazo de cerca de su obra. Nos consideraban unos salvajes. A los españoles en
general y a nosotros en particular. No me extraña lo más mínimo.
Hollywood nos desilusionó muchísimo. Allí todo era de
cartón piedra. Los decorados sustituían a las ciudades, pueblos, plazas,
calles, casas… Todo era mentira. Mentira de verdad. Fue como descubrir que los
Reyes Magos son, en realidad, el vecino del quinto que se deja pintar con
betún, su yerno y un jugador del Athletic. Menuda decepción.
Así empezó aquella aventura nuestra, de la que se ha
hablado tanto, y tan poco, y tan mal.
* * *
¿Qué dónde esta esa señorita supinamente hermosa pero
siesa como un brigadier a la que se refería este capítulo? En el siguiente,
claro está.