un relato mysterioso por CHARLIE IDEM

 



A Cintia, que escuchó esta historieta con sumo interés mientras degustábamos un manjar en "La Jovita" de Ferrol



He contado muchas veces esta historia, pero nunca se me había ocurrido escribirla.
Sucedió hace mucho mucho tiempo, así que la pasaré a escrito antes de que mi volátil memoria la vaya desdibujando y la condene finalmente al sueño de los justos.
Y es de justicia que vuestro humilde narrador os la cuente, pues es historia insólita e imposible de acontecer hoy en día, en tiempos paganos, digitales y procelosos.

Viajemos al Madrid de mediados de los ochenta.
Yo vivía en una comunidad de vecinos excepcional y muy atípica en la zona de Puerta de Hierro.
En un barrio residencial de privilegiado nivel económico nuestra comunidad aparentemente formaba parte de aquel paisaje de lujo.
Edificios de sólida construcción y diseño elegante rodeados de jardines como vergeles.
Tranquilidad, seguridad, un oasis dentro de la capital. Sin embargo mi casa se diferenciaba absolutamente de todas las de mi calle, también del perímetro suburbial que las contenía.

No era una finca cuyos propietarios fuesen destacados profesionales de cualquier ámbito o gente adinerada sin más, eran pisos que pertenecían en aquel entonces exclusivamente a catedráticos universitarios.
Todos los que allí vivíamos éramos hijos o nietos de catedráticos.
Reinaba un paisaje y una fauna muy parecida, por ejemplo, a las casas del Rectorado de la Complutense en la zona de Cristo Rey.
Recuerdo a los viejos catedráticos deambular por aquel paradisíaco jardín como si fueran personajes de Tintín o protagonistas de una peli sobre fuga de cerebros.
Historiadores, médicos, químicos, matemáticos, filósofos, veterinarios...ese era el caldo de cultivo y el plancton que cada día nos retroalimentaba a los jóvenes del lugar. Los vástagos de aquellos catedráticos en contrapartida salieron hippies, punks, mods, rockers, skins, heavies, sleazers, góticos...

Ustedes entenderán por qué en aquellos tiempos me divertía más la noche de mi comunidad que el circuito de bares de Malasaña o Moncloa, que también visitaba pero con mucha menor asiduidad.
La diversión y el conocimiento estaban para mí en aquel entrañable jardín y sus confortables pisos. Además el tráfico interno de discos, películas y libros con sus correspondientes historias y anécdotas me daría para escribir toda una novela.
Pero hoy voy a escoger una simple anécdota muy llamativa y seguramente universal en aquellos 80 luminosos, creativos e irrepetibles.

En 1984 sonaba un novedoso grupo mancuniano que nos produjo un impacto bastante grande e irreversible a todos los de mi comunidad.
Me refiero naturalmente a The Smiths y perdón por el chiste, sé de sobra que el impacto no se circunscribió a mi casa, mi calle...pues la Alcaldía de Madrid regaló a todos los madrileños (qué tiempos aquellos) una actuación de los Smiths en las Fiestas de San Isidro 85.
Bien populares que eran y qué delicioso resultaba llevar su camiseta por entonces (no ya en los 90 cuando eran pasto de enteradillos de última hora y gafapastas en general).
No tuve la suerte de poder verles en Camoens... los cates trimestrales de los JHS me lo impidieron.
En el 84, 85 y 86 escuché religiosamente a los Smiths en la habitación de un vecino, Juan, responsable de descubrirme a estos y otros gloriosos grupos de aquellos días.
Por entonces mi asignación semanal no me daba para LPs y me tenía que conformar con singles y cassettes, que eran mi moneda de cambio en aquel trepidante mercadillo musical comunitario.
Juan era un tipo muy ahorrador y a diferencia mía un estudiante brillante.
Fue coleccionando uno a uno todos los lanzamientos de los Smiths que importaba por aquí el divino sello Nuevos Medios, capitaneado por nuestro siempre querido y recordado Mario Pacheco

Elocuentes, poéticos y poseedores de una belleza deprimente.
Así fueron los Smiths y la primera canción que escuché de ellos fue Reel around the fountain
Durante tres años tuve que conformarme con escucharlos casi exclusivamente en casa de mi vecino, que alguna vez prestaba aquellos mágicos discos de portadas sublimemente diseñadas, pasando entonces a ser los favoritos de mi tocata.
Años más tarde me hice con algunos de esos vinilos, aunque nunca he poseído la discografía completa de ningún grupo. Y si la he tenido no me acuerdo...
El zen me enseña a desapegarme de los objetos materiales por muy atractivos y por mucho gustirrinín que nos den.

Junio de 1986.
Escucho alucinado Bigmouth strikes again en (cáspita) "Los 40 Principales".
Por primera vez no es mi vecino y amigo Juan quien me descubre ese cenit que supuso The Queen is Dead, tal vez la obra maestra del grupo. Que sonase este pepinazo en lo más FM de la FM da una buena idea del impacto que tuvo el grupo en su día.
Con tres discos y un sinfin de singles y rarezas, el amigo Juan decidió que era por fin la hora de GRABAR UNA CINTA.

Las nuevas generaciones desconocen lo que suponía en aquellos días sentarse y concentrarse en grabar un recopilatorio personal en una cassette.
Algo que parecía muy simple llegaba a ser una tarea verdaderamente titánica y complicada, como bien se retrata en la interesante High Fidelity
Llegó a convertirse en todo un arte...
Hace unos veranos Teresa Iturrioz -por cierto, el mundo aguarda impaciente la continuación de esta maravilla- me mostró un catálogo genial y curioso que recopilaba los artworks y portadas de cassettes que hacía manualmente la gente en los 80, dando rienda suelta a sus talentos domésticos y por lo general anónimos... había piezas que te dejaban descolocado por su ingenio, frescura, originalidad y absoluta magia.

Desde luego en aquellos tiempos existía en términos generales una generosidad enternecedora, como la que profesaba mi vecino.
Pues de todas las cintas que han pasado por mis manos -llegué a acumular en tiempos de sobreexcitación y locura magnetoscópica bolsas enteras que llenaban hasta rebosar el maletero de mi sufrido coche- las mejores han sido las de Juan en los 80 y Vicente Nario en los 90 (dejo este tema para otro día, ahora que felizmente me he reencontrado con el gran Nario veinte años después).

Una cinta de Juan te cambiaba la vida.
Afortunadamente tuve muchas suyas en aquellos días.
Aquel curso que obtuve por mi cumpleaños un walkman Aiwa las cassettes de mi vecino me acompañaron en viajes y aventuras mil. Algunas eran prestadas y tomadas directamente de su estantería, donde estaban almacenadas alfabéticamente; daba gloria contemplarlas perfectamente indexadas formando un todo armónico y a veces daba hasta pena llevárselas de aquel santuario.
Las más raras eran las que él grababa ex profeso, pues el hombre tenía poco tiempo para estos menesteres y le llevaba una considerable porción de tiempo por tres principales factores:

1.  Una selección musical extraordinaria, fruto sin duda de una meditada planificación

2.  Sonido asimismo de primera, debido un oído exquisito que analizaba y ecualizaba cada canción antes de ser grabada para lograr así normalizar volúmenes, recortar graves o agudos que pudieran distorsionar, etc.
Estamos en la era anal y lógica, no lo olviden

3.  Aquí viene el punto más complicado: Juan era un dibujante de primera y cada cinta que grababa venía acompañada de un envoltorio único -minuciosamente dibujado a lápiz, incluidos los tipos de letra- que reproducía y adaptaba la portada original del disco grabado; en el caso de selecciones ofrecía una obra propia, magnética, hechizante. Dibujos en suma que hoy merecerían ser rescatados y recopilados y que recordaban mucho a la revista Metal Hurlant de la que el amigo era coleccionista y hooligan

Pueden ustedes entender el privilegio que suponía encontrarte a Juan en el jardín y que te soltase aquello de "voy a grabarte una cinta".

No sé yo si fui de los primeros en recibir estos impagables obsequios, pero como el talento siempre acaba saliendo a flote y expandiéndose, los vecinos también demandaban lógicamente una copia de sus preciadísimas cintas.
Y he aquí un punto espinoso, tan complejo técnicamente como lo que suponía grabar un cassette.

En esta época aún no eran populares en España los equipos de doble pletina, que hoy se denominan graciosamente "el eMule de los 80"
Por lo menos en el 86 y en nuestra comunidad no había ninguno a la vista.
Así que nos teníamos que ingeniar las quijoteras para grabar de cinta a cinta y no era tan fácil, créanme.
Supongo que existirían por aquel entonces varios métodos fiables para obtener una copia decente.
Recuerdo robar el Fisher-Price de mis hermanas pequeñas para grabar cintas de juegos de Spectrum 48K desde los bafles del equipo de mi habitación; no, no era éste el método ideal pero es que los juegos de Spectrum consistían básicamente en sonidos telegráficos de "pitido largo-pitidos cortos" y su copia (supongo que ilegal aunque entonces no había más canon que el de Pachelbel) era relativamente fácil.

 



Pero el método que parecía más fiable consistía en cablear dos equipos de audio.
Podía hacerse, por ejemplo, con uno de alta fidelidad (emisor) y un radiocassette (receptor).
Esto permitía llevarte un radiocassette -también denominado loro o en plan snob ghetto blaster- a casa de algún vecino y, tras una ardua tarea de cableamiento que no siempre desembocaba en algo productivo y después de innumerables pruebas de grabación, iniciar finalmente el "proceso copia".

Aprovecho para hacer un receso que me llega en forma de flash a raíz de tanto cableado.
Mi amiga limodresa a la que dedico estas líneas me ha descubierto recientemente uno de los múltiples tentáculos de nuestros admirados TFC, los deliciosos, etéreos y acariciantes Electric Cables (grupo ideal para las resacas, aviso).

Uno podía en el 86 graduarse en cableado de equipos.
También en ingeniería de cintas, oficio en el que me introdujo -cómo no- mi querido Juan y que consistía primero en hacerse con un kit compuesto por destornilladores pequeños, capaces de manipular los minúsculos tornillitos de las cintas; también de tijeras y celo. Y con todo este material uno era capaz de reparar cualquier cassette, original o virgen, pues no olvidemos que las cintas fueron muy populares, sí, pero daban más trabajo que la puñeta...y no era raro que se enredasen en los cabezales de los equipos, fuesen walkman, hi-fi....
También existía un líquido para su mantenimiento, pero a ese nivel de histerismo nunca llegué.
Pues mi graduado preferido de todos los tiempos es, sin duda, en underground con o sin terciopelo de por medio.

Y ahora preguntarán ustedes, "¿y cómo hacían en esos tiempos del Pleistoceno para copiar las portadas?"
Pues era una cuestión interesante.
Por aquel entonces existía la fotocopiadora, que era algo así como el confesor de tus pecados académicos.
Acudías a ella en las vísperas de los exámenes, arrepentido tras haber pecado todo el trimestre al no haber pegado un palo al agua; pagabas entonces tus ofensas frente a ella, no con oraciones sino gastándote un Congo en fotocopias de apuntes tomados y resumidos por otros más listos que tú; copias que no eran tan baratitas por aquel entonces (la de negocios boyantes que vi por Moncloa y otros barrios académicos, con hordas de estudiantes como yo haciendo cola y máquinas funcionando a todo trapo) y te ibas con la cabeza alta y la conciencia algo tranquila tras el pago, aunque con el deber que supone la penitencia y que en este caso consistía en pegar codos sí o sí esa ominosa noche de Centraminas, para engullir toda aquella información a toda pastilla -valga la flinflunflancia- y vomitarla en estado de zombie al día siguiente, bien en un papel bien en la tarima de la clase con apenas un hilo de voz y ojos en blanco.

Sobra decir que no era popular tampoco la fotocopiadora láser a color, al parecer introducida en el mercado en ese mismo año 86 (yo la recuerdo como algo muy novedoso en las agencias de publicidad, a comienzos de los 90).
Aunque existía si no mal recuerdo una variante muy popular que se veía a menudo en los tenderetes de venta de cintas, por ejemplo en el Rastro.
Se trataba de unas fotocopias bicromáticas que reproducían en negro la portada original y sustituían el blanco por un verde, rosa, rojo o amarillo fosforito.
Colores muy vivos, casi cegadores, para captar la atención del comprador.
Yo tuve algunas de estas, cuyo sonido -debo decir- era infame.
Definitivamente había más sacaperras detrás de ellas que graduados en magnetoscopia.

Volviendo a la historia de aquella cinta que nunca termino de contar por irme, como siempre, por los cerros de Úbeda.

Seguimos en el verano del 86, yo me voy a estudiar a Dublín.
Mi amigo y vecino Juan me regala por mi despedida una selección de, a su juicio, lo mejor de The Smiths.
Del 84 al 86, claro.
Era una gloriosa BASF de Cromo, delicatessen en aquellos días.
El precioso artwork, incluidas las pegatinas interiores, eran como siempre obra de Juan, que por cierto cada vez se parecía físicamente más y más a su adorado Moz: tupé, patillas, camisas holgadas, mismas gafas, bicicleta de paseo y delgadez, también algún detalle extravagante.
Aquel Morrisey de Puerta de Hierro engendró la que fue, tal vez, su obra maestra.

 



Una cinta difícilmente superable y el mejor recopilatorio, de lejos, de los 4 de Manchester que mis castigadas orejas han tenido el placer de escuchar.
Aún puedo asomarme a la memoria y contemplar los sutiles verdes y azules de la portada que mostraba un dibujo rápido a modo de sketch, de unos personajes sobre la barra un bar.
Recordaba a los cuadros metafísicamente pop de Edward Hopper (y en ese sentido el vecino, una vez más, se adelantó unos años pues según creo la primera antológica de Hopper tuvo lugar en la Fundación March a finales de 1989).
Parecían escuchar aquella música en silencio perpetuo, con la mirada perdida.
Tal vez recordando algo significativo. La de siglos que pasé arrebatado observándolos mientras escuchaba una y otra vez aquella inolvidable cinta.

Pero en cuestión de semanas dejó de ser exclusiva y fue rondando por diversas casas, hambrienta de copias y con una portada que pronto fue carne de fotocopiadoras.
Mi mejor amigo del vecindario se la copió y luego dibujó sus propios colores sobre la portada fotocopiada, logrando un nuevo y original diseño (el chavalillo apuntaba maneras pues hoy es pintor).
Él se la copió asimismo a sus primos (¡la de música que también nos pasaron estos amigos!), que hoy regentan este delicioso oasis musical en medio de Malasaña.

Por mi parte se la copié, sólo en mi comunidad vecinal, a casi toda la juventud que por allí campaba.
También recuerdo haberla copiado puntualmente para algún compañero de clase, de hecho realicé un trueque -que no estuvo nada mal- por otra selección similar de David Bowie pre-Let´s Dance.
Hago un segundo inciso para recomendar esta versión de un tema de Bowie que nunca me ha convencido y sin embargo reinventado por este tipo me suena a gloria bendita.

Juan no había seguido un orden cronológico a la hora de grabarlas, el orden emocional que impuso daba aún más valor a la compilación.
Acabo de recordar otro factor que había que tener muy en cuenta en esas labores y era el minutaje.
Se debía calcular con exactitud el tiempo necesario para no agotar cada cara de las cassettes, evitando dejar las canciones incompletas.
Las de 90, obviamente, eran las más complicadas de llenar.

Corría una leyenda y era que las cintas de audio, como las de video, ofrecían algo más de tiempo de lo que informaba la funda.
Como si regalasen sin anunciarlo un tiempo extra.
¿Alguien puede verificar este dato? Si es así que escriban por favor al webmeister y harán que el articulista que les lleva dando la matraca un buen rato (prometo concluir la historia en breve) pueda dormir mucho mejor por las noches.
Tengan en cuenta que mi media diaria de sueño es únicamente de cinco horas y que son estos pequeños asuntos los que me desvelan a traición.
Hagan que su humilde narrador pueda dormir un poco más y regálenme tal vez el equivalente de ese tiempo extra que ofrecían estos maravillosos soportes del pasado que nunca debió concluir.
Les estaré infinitamente agradecido.

En resumen la cinta perfecta era aquella en que la última canción concluía y el intervalo de tránsito entre las caras era inferior a 30 segundos.
Era necesaria una pausa, un momento de reflexión antes de enfrentarse a la cara oculta.
Pero tampoco convenía dormirse en los laureles y mucho menos -atención- decidirse a pulsar el dichoso botón de bobinado; todos sabemos que el uso de estos diabólicos botones estropeaban considerablemente nuestras preciadísimas cintas. Bobinar o rebobinar era como aserrarlas.

Recuerdo hacer la maleta en aquel calurosísimo verano del 86 la víspera de mi partida.
Empaquetando mis cosas metí un montón de cintas que me llevé consigo.
The Style Council, Kinks, Madness, The Specials, R.E.M., Quadrophenia, Hoodoo Gurus, The Jesus&Mary Chain, The Church, Barracudas, Ramones, Joy Division, The Cure, Psychedelic Furs, The Cramps, Violent Femmes...y entre todas ellas la joya de la corona, mi cinta de los Smiths.

Gracias a ella, por ejemplo, descubrí que Sandie Shaw era mucho más que una cantante eurovisiva de los 60.
Rusholme Ruffians me hizo ver que The Smiths tambien podían ser un grupo bailable, con aquel glorioso y percusivo riff robado a Pomus&Shuman.
La canción intersticial que concluía la primera cara de la cinta era una maravilla titulada Back to the Old House y que sonaba dulcemente, como una nana.
Al escucharla me veo a mí mismo tumbado en la cama de mi habitación dublinesa, en aquella tranquila casa de la familia que me acogió. Era una cómoda habitación en el piso de arriba y desde mi ventana se veía el parque de Killiney bajo una pátina de lluvia.
Eso me evoca esta canción arrebatadora, de una nostalgia asombrosa.

No todo fueron nostalgias y melancolías en aquel verano adolescente. También hubo tiempo entre escucha y escucha para los lances amorosos. Recuerdo salir fugazmente con una malagueña -muy salerosa, sí- que estudiaba y viajaba en mi misma ruta. Una rubia peligrosa que tan pronto se encaprichó conmigo como me dejó sin previo aviso por un gallego mayor que yo (al que a su vez plantó por un italiano...).
Mi paisano, tal vez invadido por la morriña, acabó llorándola.
Yo a tanto no llegué, pero de aquel flirt quedó una amistad entrañable con un grupo de amigos suyos malagueños de los que me volví inseparable.
Era graciosísimo salir con estos pintorescos tipos -recordemos el origen de Kent Zurdman y el inconfundible gracejo que lleva escrito en los genes- por bares y discotecas dublinesas.


Sobra decir que el grupo que más se escuchaba por entonces eran U2, orgullo local dublinés, que aún no había pegado el pelotazo mundial que supuso The Joshua Tree y transmitía aún algo de credibilidad.
Pero U2 nunca se han caracterizado por tener un buen look.
Sin embargo el grupo preferido de la juventud irlandesa era The Smiths.
No sólo era que vendiesen sus camisetas y otras chucherías a cada paso de Grafton y O´Connell St.
También existían pubs donde bandas locales les rendían tributo, cover-bands de Moz&Marr ya en pleno 86...
Y lo que es más grave, miles de clones de Morrisey por toda la ciudad. Cuando digo miles no exagero.

Sólo en mi casa exitían dos, Peter y John, que eran los hijos adolescentes de mi familia y con quienes también hice pandilla (su vecina, una pelirroja pecosilla y pizpireta de nuestra calle, bastante más espabilada que yo, pronto me hizo olvidar a la malagueña, pero eso es otra historia).
No necesité cortarme el pelo a lo suedehead pues ya lo llevaba tipo cepillo, que se estilaba mucho por entonces y horrorizaba a nuestras madres.
A raíz del siempre recomendable peinado corto me niego a pasar por alto el siguiente enlace (mi canción favorita dos años después).
Tampoco cambié las monturas de mis gafas por aquellas que todo el mundo llevaba a lomos de una bici de paseo.
Ni me hice con camisas holgadas y flores.
Pero era hincha de los Smiths.
Todo Dublín eran Morriseys subidos en sus bicis, no quiero ni imaginar cómo sería entonces Londres y no digamos Manchester.

El intercambio musical se multiplicó exponencialmente hasta límites insospechados; cambié, presté y regalé muchas de mis cintas.
Sólo una se resistía y jamás salía de mi walkman.
Era la divina cinta de Juan con su selección Smiths que tantas alegrías venía dándome y que ganaba con cada nueva escucha.
¿Cuantas veces la escuché? ¿Y a quienes se la mostré?

En primer lugar a las chicas que me gustaban, incluída la malagueña.
Al menos con ésta tuve algo de éxito, no así con otras que la escuchaban con falso interés y me la pedían únicamente para epatar a los chicos por los que estaban (¿recuerdan aquella expresión hoy tan trasnochada de "estoy por", "estás por"?).
Menos mal que en esos momentos dubitativos una voz de la conciencia -posiblemente el espíritu de mi amigo Juan, que se encontraba realmente a unos 1.450 kilómetros de distancia- hacía acto de aparición prohibiéndome el préstamo, que todos sabemos era a fondo perdido.
Pues ya lo decían los Cramps, All Women Are Bad
A nice little piece of philosophy...

Los segundos en escuchar la cinta fueron, sin duda, los nuevos amiguetes malagueños.
Eran cuatro: dos hermanos y dos amigos más.
Y los cuatro iban siempre con camisetas de los Smiths que ellos mismos se habían confeccionado.
Con esa chulería tan de la tierra un día me dijeron, "Quillo, ¿a que tú no tienes una camiseta como ésta?"
Y con la chulería castiza que nos caracteriza a los gatos, que es aún mayor que la andaluza, sonreí en silencio y tras una mueca que les llenó de intriga y sin mediar palabra saqué mi walkman y con absoluta parsimonia apreté suavemente el botón de EJECT (bueno, confieso que no recuerdo exactamente si para abrir la bandeja de aquel Aiwa había que apretar un botón o se accionaba manualmente; pero queda mejor lo de pulsar) y salió aquella maravilla de 90 que anunciaba lacónicamente The Smiths 1984-1986.

No tenía a mano su funda, pero se veía que aquello era un recopilatorio personal, sobraban explicaciones.
Pero poco o nada me duró mi sonrisa bobalicona.
Aquellos cuatro malagueños, con un acento tan cerrado y ozú que haría palidecer al mismísimo Javier Ojeda, sin tan siquiera haber escuchado mi cassette me soltaron un "No, no, quillo...que nosotros tenemos una mejó".
¿Una mejor? ¿Qué estaban diciendo?

Era imposible superar y hacer sombra a la casette de Juan.
Hubiera apostado lo que fuera a que, en el hipotético caso de celebrarse en aquel preciso instante un Concurso Internacional de Recopilaciones de The Smiths, la cinta se había llevado el primer premio mundial.
Y el jurado iba a estar integrado por los propios Smiths, con Sandie Shaw encargada de presentar la gala.

Esta vez mi sonrisa maliciosa se transformó en sonora e insoportable carcajada.
¿Me iban estos buenos tipos a explicar que había por ahí pululando una selección mucho mejor que la mía?
¿Tendría una mejor portada? ¿Tal vez una mejor selección de temas, un orden aún más inteligente, emocional y sorprendente? ¿Un minutaje todavía más estudiado y preciso? ¿Mayores rarezas y caras B?
¡Vamos hombre! Ni de lejos, ni por asomo.
Por ahí no daba mi brazo a torcer.

El resto del día transcurrió en una interminable discusión bizantina sobre cuál de las dos cintas era la mejor.
La suya no la llevaban encima y había que esperar al día siguiente para batirnos a duelo.
Ni tan siquiera se dignaron a escuchar la mía, de tan convencidos que estaban.
Vale, era yo sólo ante el peligro, ante cuatro malagueños pistoleros que además eran mayores y más altos que yo.
Pero con mi cassette me sentía Clint Eastwood.
He llegado a pensar que Tarantino hubiese matado por aquella cinta y me pregunto qué película hubiese filmado en caso de haberla poseído.
Tendría que habérsela enviado por correo después de Jackie Brown, puesto que todo lo ha hecho después no me ha interesado especialmente, tal vez algún momento aislado de Kill Bill pero poco más.

Llegó el día del duelo.
Desayuné en silencio los habituales cereales con leche, mi té (aún no había descubierto ese sagrado brebaje llamado café) y la tostada con mantequilla.
Aprovecho para contar que no he vuelto a probar nada tan rico como la leche y la mantequilla irlandesa.
Tampoco estas galletitas que tanto me gustaban.

Salí fuera y las calles estaban desiertas, sonaban las campanas, el viento hacía rodar matojos rodantes .
Todo parecía indicar que el combate iba a tener lugar y tal vez nadie quería salir de sus casas.
Esperé al bus y me subí a la ruta.
Sentado fui observando el itinerario habitual. Llovía. Pronto pasaría por la parada de los malagueños.

La puerta se abrió y subieron como siempre charlando y riendo sus bromas y chascarrillos.
Esta vez llevaban una mueca en sus caras que nunca olvidaré.
Esa expresión decía "Quillo, te vas a enterar".
Creían que me iba a tragar mi arrogancia y mi chulería, pero no era así.
Porque en mi bolsillo llevaba consigo un arma aún más mortífera y certera que un Winchester 73.
Y que el Magnum 44 y demás arsenal de armas de Travis Vickle, camino en su taxi de los infiernos neoyorquinos, ávido de repartir pólvora.
Porque mi cinta también se usaba en África para cazar elefantes (Morrisey me perdone por este chisme).

Y cuando estuve frente a estos forajidos, en primer lugar fui lento.
En segundo término caí fulminado...
El por qué es fácil de adivinar.
Ellos fueron más rápidos; cuando me disponía a desenfundar el arma me pegaron cuatro tiros con la suya.

Mi mano quedó paralizada en el bolsillo de mis vaqueros, sin apenas tiempo para reaccionar. Estaba muerto.
Un sudor frío caía por mi pálida cara, toda ella era transformada en rictus de horror, terror y pavor.
No me lo podía "de creer".
Los cuatro reían, casi lloraban de alegría los muy canallas y mostraban una triste cassette.
Una paupérrima cinta. Pero qué cinta.
Como dirían en Astérix, "qué mujer, qué carácter...y qué nariz"
Pues qué cinta.

Y no era otra cinta que una copia de copia de copia de copia de la original que guardaba celosamente en mi bolsillo.
¿Cómo demonios había llegado a ellos?
Ni siquiera había pasado un par de meses de su nacimiento y las ramificaciones de su árbol genealógico harían estremecer al mismísimo Jodorowsky.
Aquello sí era unión por sincronicidad, caray.


Naturalmente era una cinta de 90, ya no aquella Basf de Cromo sino una triste y vulgar TDK Normal.
La portada era fotocopia de fotocopia, etc de la original.
Tan borrosa, tan negra y de tal pobreza cromática que recordaría hoy a los inolvidables píxeles gigantes y finales de aquella genial chifladura berlanguiana.
Los títulos de los temas apenas se leían, casi había que adivinarlos.
Pero ahí estaba. Qué cinta. Y su presencia me dejó en coma durante unos minutos.

No olvidemos que aunque sólo fuera por una mañana yo era Clint Eastwood.
Así que en mi total seriedad les miré a los cuatro y en un silencio zen volví a realizar un lentísimo gesto, sacando poco a poco la cinta de Juan de mi bolsillo.
Cuando la mostré en la palma de mi sudada mano, prácticamente sin pulso, se terminaron automáticamente las risas nerviosas, el alboroto y el sentimiento generalizado de victoria.
Aquel era un momento dramático. Un satori. Mi cinta irradiaba luz.
Brillaba al lado de la triste copia. Era el Santo Grial de las cintas.
Comprendieron en el acto.
Mis únicas palabras fueron: "ESTA es la original".
Se miraron unos a otros sin saber qué decir.

Y así fue como ocurrió todo en aquella mañana del verano dublinés.
La cinta de mi vecino y amigo Juan se había propagado por el Estado como un mortífero virus. Había cruzado el charquito, ya estaba haciendo de las suyas en las Islas, concretamente en Irlanda (¿acaso no corre por las venas de Morrisey sangre irlandesa?).
Tal vez tomando el camino desde la tierra de Joyce a Manchester y volviendo en eterno retorno a las habitaciones originales que la inspiraron.
Volviendo a casa, a sus autores, a sus padres.

Aquella anécdota era la prueba viviente de que la cinta de Juan superaba cualquier otra selección de los primeros Smiths, traspasaba cualquier frontera. Por derecho propio.
Hablé de Juan a los malagueños y a todos aquellos que vislumbraron su excelencia.
También la singular historia refleja que todo era posible entonces.
Luego llegaría una segunda cinta del mismo compilador que se centraba en la segunda etapa del grupo.
Pero eso, amigos, lo dejamos para otro día.