CONTAR HASTA DIEZ

(o el secreto de la serenidad de la pantera)

 

 

Por Esther Peñas

 

 

 

 

“No suelo montar pollos: será porque tengo la tensión baja...” (autocita de la autora)

 

 

 

 

El poeta y filólogo Dámaso Alonso calificó al género humano como ‘hijos de la ira’. La definición es, en realidad, bíblica. A día de hoy los estudios neurológicos desaconsejan los berrinches, algo que ya, desde que el hombre es hombre, recomendaba el sentido común. Cada vez que usted se enfada su cuerpo sufre un aumento de la frecuencia cardíaca, de la presión arterial y crece la producción de testosterona.

 

Estos son los resultados de un estudio realizado por la Universidad de Valencia y publicado en la revista ‘Hormones and behavior’. Según explicó la propia entidad, los investigadores indujeron ira en treinta sujetos mediante la versión adaptada del procedimiento ‘Anger induction’, un método que consiste en utilizar frases formuladas en primera persona que reflejan situaciones cotidianas que provocan enfado. A los voluntarios se les medía la presión cardíaca y arterial.

 

“La inducción de emociones genera profundos cambios en el sistema nervioso autónomo, que controla las respuesta cardiovascular, y también en el sistema endocrino. Además, se producen cambios en la actividad cerebral, sobre todo en los lóbulos frontales y temporales”, refiere Neus Herrero, directora del estudio.

 

Tal vez no sea casual que la ira engrose la lista de los pecados capitales. Hay quien cree que es el peor de todos ellos por haber sido el causante de la caída de Luzbel. Aunque en este punto no hay consenso, ya que son muchos los partidarios de que al Ángel de la Luz le pudo la soberbia. Pero no se me distraigan.

 

Es cierto: “durante un ataque de ira o un enfado monumental es más probable que se produzcan disfunciones cardíacas o algún tipo de complicación más o menos controlable”, asegura el psiquiatra Javier Martínez, experto en emociones.

 

Pero no todo lo que sucede en nuestro interior cuando estalla la cólera  es negativo. Disminuye el cortisol, la hormona del estrés. “En ocasiones puntuales, es más beneficioso verbalizar nuestro enfado que callarlo ya que al hacerlo puede generarnos unos niveles de estrés que se manifiestan en dolores de cabeza, de estómago, un humor de perros…”, puntualiza Martínez.

 

Pero que no sirva de excusa. El estrés no justifica el arrebato si éste es desproporcionado. Lo extraño es que el enojo estimule el hemisferio izquierdo. Es extraño porque el hemisferio izquierdo está ligado a las emociones positivas, mientras que el derecho se encarga de regular los negativos. Y la ira, en principio, es reprobable. Y nada dulce. Dante dijo de ella en su ‘Divina comedia’ que “es el amor por la justicia pervertido a venganza y resentimiento”.

 

“Esta contradicción es muy interesante porque la ira se experimenta como negativa pero, a menudo, evoca en el cerebro una motivación de acercamiento”, comenta Herrero. “Ante la experiencia de ira, hemos observado en nuestro estudio un aumento de la ventaja del oído derecho, que indica una mayor activación del hemisferio izquierdo, lo que apoya un modelo de dirección motivacional.”, prosigue la doctora.

 

La clave está en que cuando discutimos mostramos una tendencia natural, aunque sea inconsciente, a acercarnos a aquello que nos provoca el enfado para tratar de eliminarlo o aminorarlo.

 

Este es el primer estudio sobre emociones en general y sobre la ira en particular que examina todos esos parámetros psicobiológicos (respuesta cardiovascular, hormonal y activación asimétrica del cerebro) para estudiar los cambios provocados por la inducción de ira. Además, los resultados continúan las investigaciones previas y defienden lo que ya Darwin constató: que las emociones, en este caso la ira, sen acompañan de patrones únicos y específicos.

 

Habrá que contar hasta diez la próxima vez que nuestro mercurio ponga al rojo vivo nuestro enfado. El corazón, sobre todo, lo agradecerá.

 

 

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