un
cursillo de gastronomía herética por vuestra webmaitresse preferida
Yo soy una chica feliz, bastante realizada. Como Wednesday Addams,
he vivido en total armonía dentro de un entorno anómalo según los criterios del
exterior. Han sido otras personas -mis ancestros, igual que los de Wednesday-
quienes han sufrido por mí durante siglos -persecución, caza, acoso, hostilidad, en suma, por parte de los
llamados «normales»-: eso ha dado a su condición mutante mucha más
sabiduría, fuerza, entraña diabólica -esto es, angélica: siempre, cuando se
habla de diablos, se está hablando de ángeles, como cuando se habla de Gilles,
siempre ha de hablarse de Juana-.
Lecter me atrae, más que desde la admiración, por afinidad: tengo
parientes -incluido mi padre- con algo -con mucho- del buen doctor. Aplaudo a
quien se le ocurrió la idea de elegir a Sir Anthony Hopkins para encarnarlo
porque nadie podría haberlo hecho mejor y porque, a partir de Hopkins -es
decir, en la adaptación cinematográfica de «The silence of the lambs» y
en la novela «Hannibal»-, Lecter crece hasta adquirir una grandeza seguramente
no buscada en su momento -aunque aceptada después, como se ha visto- por su
creador Thomas Harris, quien, antes de alumbrar a HL, había debutado como
novelista con el panfleto políticamente correcto «Black sunday» -recuerdo mis
noches de lujuria adolescente a costa de la terrorista germanoárabe con rasgos
de Marthe Keller, aunque yo siempre le encajé la dulce cara de torta de la
suicidada Meinhoff, «walkyria roja» como diría Fernando, y tan parecida
en sus facciones y carisma a Verouschka, la prima segunda de mi padre, muerta
durante la guerra en Afganistan y a quien Eduard Limonov dedicó una elogiosa
mención en una de sus crónicas recordando su apodo, «la leona»-.
Mi padre, durante su larga estadía en los servicios soviéticos,
había interiorizado como nadie en el mundo carcelario, en las clínicas
psiquiátricas, en las investigaciones paranormales con sujetos «socialmente
irrecuperables»: confesión y tortura, mística y antropofagia, piedad y la
más salvaje depredación, todo profundamente unido e imposible de disociar -como
en un tópico de Dostoievsky-. Hasta que no descubrió a Kurtz y a Travis, el
cine occidental le fastidiaba por su superficialidad: «siempre con los
buenos y los malos a cuestas: qué estupidez... Y qué hipocresía: como si
Occidente no tuviese una realidad completamente distinta de esos cuentos para
niños retardados -si lo sabré yo, que vengo del pozo de los secretos-... La
sangre vertida por Rusia, al menos, es consecuente y jamás nuestros verdugos,
ni los rojos ni los blancos, pretendieron dárselas de víctimas».
Por supuesto, hacía sus excepciones. Orson Welles: gustaba de ver
una y otra vez «Mr Arkadin», «Touch of evil», «The trial»,
«The lady of Shangai», «The stranger», los fragmentos con Harry
Lime en «The third man» y, claro, «Citizen Kane» -«parece
ruso», solía decir-. Liliana Cavani: más concretamente, las reflexiones de
ésta sobre el fascismo en «Portiero di notte» y «La pelle», tan complejas y
ausentes de tentaciones maniqueas, que, por mi parte, siempre he asociado con
dos novelas del argentino Abel Posse -«Los demonios ocultos» y «El
viajero de Agartha»- llenas de cargas de profundidas, paralelas en su tono
al más ambicioso intento narrativo de Fernando, «La canción del amor».
Y le fascinaba el despego que imprimía a sus papeles Robert Mitchum: «si
alguna vez el cine tuviese la descabellada idea de fijarse en Martin Venator,
Mitchum debería ser la opción: nadie como él puede hacer de Anarca». O
cierta película de Charles Bronson -sin duda, la más extraña y la mejor de su carrera-
titulada «The mekanik» -prefiero el título que le dieron en España, «Fríamente,
sin motivos personales»-: le irritaba que un «medio compatriota» con
tanto carisma desperdiciase su vida haciendo caricaturescos bodrios «escritos
por el Mossad». O el cine negro francés de Jean Pierre Melville, Henry
Verneuil, José Giovanni... -un título totémico, «Le samourai»-. Y, como
era de esperar, Clint Eastwood le impresionó muy favorablemente: «Dirty Harry»
y su protoentrega «Coogan's bluff», «The Eiger sanction», «The
outlaw Josey Wales», «Hang'em high», sin olvidar el título-fetiche
de tía Ruthie, «Sudden impact» -la siento susurrar en mi oído su «¿ves?
a los huevos, dispara siempre a los huevos» o cuando, sin poder reprimir
una mirada soñadora, me confesaba «qué adorables: me los tiraría a los tres,
hasta al bulldog mentecato»-...; en «Dirty Harry» el uso que hace
Scorpio de la retórica sobre los derechos civiles para desacreditar a Callaghan
arrancaba a mi padre sonrisas sardónicas, recordando la campaña contra su
persona que varios disidentes pro/israelíes organizaron al comienzo de la
llamada «glasnost» acusándolo de brutalidad.-«"Brutalidad"
decían: han pasado diez años, los tipejos hoy son colonos, acaban de arrasar un
campo de refugiados y, a pesar de eso, con los mondongos palestinos
salpicándoles las trenzas, continúan su plañir contra "la tiranía
comunista" por si cae alguna indemnización... Al menos, los serbios,
cuando depredan, luego no vienen llorando. No aguanto a los llorones. Nunca lo
olvides, hija: sólo existe un pecado grave, el chantaje moral. Eres libre de
hacer lo que quieras, menos ir de víctima. Si te pisan, revuélvete, escapa o
muerde el freno esperando la revancha, pero no trates de explotar la situación
haciéndote la mártir: es la mayor de las indignidades»-. A Paul Newman le
aficionó mi madre, quien, en sus momentos de mayor fervor objetivista randiano,
allá por los 60, había hecho bandera de un film como «Luke Cool Hand» -me
repetía, aludiendo a los disidentes sionistas que habían atormentado a mi padre
y a los exabruptos antiisraelíes de éste: «Nunca caigas en la tentación del
autoodio por tu condición hebrea. No es esa condición la que ha hecho daño a tu
padre y él lo que ataca son posturas y actitudes muy concretas, ataque que yo
comparto al cien por cien. Lo comprenderás mejor si te haces la siguiente
reflexión: hay muy distintas maneras de vivir lo hebreo y no necesariamente uno
ha de comportarse ni parecerse a una caricatura de "Der Sturmer",
aunque, por desgracia, hoy no pocos tengan el pésimo gusto de tender a ello.
Por fortuna, siempre nos quedarán la Cábala, Spinoza y... Paul Newman»-:
además de las peripecias protagonizadas por el detective Lew Harper y del drama
carcelario ya citado, el título favorito de mi padre era «WUSA», esa
desasosegadora historia de 1972 donde se adelantan algunos arquetipos del
presente -el anarca, el telepredicador, el pasota, el cooperante-.
Volviendo a sus diatribas antivictimistas, desde esa perspectiva
no es raro que disfrutase una enormidad cuando Lecter, en «The silence of
the lambs», escapa cubierto con los despojos del policía al que ha devorado
haciéndose pasar por ese mismo policía: lo consideraba un genial corte de
mangas a toda esa verborrea. Siempre gustaba de repetir la escena en el video y
reía hasta saltársele las lágrimas. Mamá y yo nos apretábamos contra su
corpachón, ebrias de las feromonas que despedía su sudor mezclado con la loción
aftershave. Mientras, en la cocina los sesitos de ternera -siempre sesitos
cuando veíamos cine de extrema violencia con connotaciones gastronómicas-
ultimaban su rebozado en abundante aceite.
Aunque suene a paradoja si tomamos en serio la ironía que Lecter
lanza al policía italiano -ironía con la que hemos abierto esta página y que ya
se ha vuelto frase hecha como ocurrió en su momento con el «Anda, alégrame
el día» de «Sudden impact»-, a tía Ruthie le fascinaba la
caballerosidad del buen doctor. Le impactó bastante la figura de la body
builder Margot Verger cuando leyó «Hannibal» y pronosticó, sin
equivocarse, «verás cómo, cuando hagan la película, a este personaje se lo
cargan; es demasiado incómodo para la actual censura hollywoodiense,
especialmente su relación con Lecter...». Hacía mucho hincapié en que
solamente conocemos dos labores positivas de psicoanálisis lecteriano y las dos
tienen como objetivo mujeres -Starling y Margot-. También pronosticaba que,
plegándose a los criterios de la censura, volverían a sacar el episodio del
ataque a la enfermera ya mencionado en el anterior libro -«una actitud hipócrita
porque el ataque a la enfermera no cuenta para empañar la caballerosidad del
buen doctor: esa enfermera no es una mujer, sino un símbolo de poder
arbitrario, como la Louise Fletcher de "One flew over the cuckoo's
nest"; si nadie, incluso en un momento de tanta alienación como el
presente, se escandaliza porque McMurphy trate de acogotar a la enfermera jefe
tras el suicidio de Billy Bibbit, igualmente se debería considerar la agresión
de Lecter como un estricto acto de justicia insurgente»-.
Debió ser por esas fechas cuando
escribí,
con su ayuda, este amago de
cuento:
El
obeso inquisidor yace en la bandeja listo para el horneo. Sus nalgas brillan
untadas con las pellas de manteca y sus gruesos labios se pliegan en torno a
una ciruela cárdena -imaginativa variante de la convencional manzana-. Quitamos
las gafas en prevención de que, al derretirse, el amargor del plástico
caramelizado nos pueda echar a perder la tarea. Unas Gnosiennes de Satie
acompañan nuestros pasos por la amplia cocina. La luz de la estancia, de
orientación cenital, modela las formas del sujeto y empapa la solería roja,
blanca y negra. Es indispensable que, con la adecuada mezcla de psicotropos
-naturales, nada de química: no estamos por la fast food-, nuestro
lechoncete se dore sin perder la consciencia hasta el último momento -como las
ranas cocidas a fuego bajo-. Mantendremos una larga charla, escucharemos las
verdaderas motivaciones que le llevaron a desarrollar durante lustros su
irritante labor -motivaciones, de seguro, prosaicas, mecánicamente mercenarias,
sin sombra de idealismo, aunque tal vez innatas en la sintonía de su aspecto
con el tópico infantil del chivato de la clase, el alumno celador y demás
miserias propias de las rutinas burguesas de vigilancia y castigo, rutinas
ñoñas que harían vomitar al asceta Dzerzhinski-. Finalmente, lo absolveremos de
sus faltas en una morosa digestión.
Colirio
de salvia para que no nos pierda de vista un solo instante y sus ojos se vayan
haciendo al calor con el suficiente aroma. Esta criatura aburrida, mediocre y
mezquina se transmuta en la metamorfosis secreta del horno. Lo plúmbeo adquiere
dorados mátices y sus irritantes olores cotidianos -que tanto enervaron a los
dogos argentinos de la entrada- se subliman en perfumes vetados a nuestra
memoria palatal desde siglos -el más glotón de los soberanos Tudor y su hija
Elizabeth probaron, en las carnes de gentecillas caídas en desgracia, algunos
de estos perfumes: por cierto, tal vez sea momento de pasar de las Gnosiennes a
un acompañamiento más cercano a Peter Greenaway, en discreto homenaje a la
ubérrima y sudorosa semejanza con Helen Mirren de nuestra invitada, Leilah
Lotta Mautal, la vulpeja de las arenas, buscada por crímenes contra la
Humanidad en medio mundo y asilada y condecorada con las máximas distinciones
por el otro medio-.
Leilah
Lotta se humedece los pechos con unas gotas de licor de grosella y permite -en
sutil y malicioso guiño a «Ben Hur»- que el lechoncete lacte, una vez deglutida
la ciruela -es imposible que un cochinillo vivo mantenga el ornamento frutal
entre las fauces sin resistir la tentación aperitiva: en fin, probaremos
después del horneo con una nectarina-. Animado por el detalle, nuestra piece
de resistance comienza a desgranar su sórdida retahila de hazañas inquisitoriales
e intoxicadoras de la opinión, sin olvidar -memoria privilegiada- el salario
cobrado en cada caso. Los grabados de la pared opuesta al horno -representando
escenas del «Gulliver» de Swift- parecen agitarse con el vaho cálido que lo
llena todo. Los jugos de nuestro confidente van chorreando desde su piel hasta
el perol situado justo bajo la bandeja de hornear, simultaneando esta labor con
la elaboración del consomé que servirá de entrante.
Los
dogos argentinos han detectado los aromas y reaccionan con aullidos
melancólicos, como si se encontrasen a las puertas del Paraíso -en actitud del
todo opuesta a su anterior crispación-. Leilah Lotta revolotea por la cocina y
se acrecienta su semejanza con Helen Mirren -ahora recreando fotogramas de
«Savage Messiah»-. El objeto de nuestros desvelos va adquiriendo nuevas y
lujuriosas coloraciones, enardecido por el fuego del horno y por la lubricidad
ambiente -Leilah Lotta y esta que lo es, sin más atuendo que unos ridottos
delantales y las inibizioni al vento, nos hemos enzarzado en una batalla
de profiteroles hasta cubrir nuestras carnes y cabellos de empalagoso pringue
con sabor a vainilla-. Ahora ya no insiste en su currículum chisgarabís y, en
un imprevisto quiebro, se ha puesto a recitar fragmentos de leyendas medievales
de cuya traducción se encargó antes de entrar en las quintas parapoliciales.
Elfos,
ondinas, hadas y duendes se cuelan por las rendijas y brincan entre los
vasares. El lechoncete, encendido cual calabaza de Halloween, conjura imágenes
míticas de un mundo olvidado que un mal día decidió traicionar -por unos
cuantos denarios- en aras de la prosa panóptica y pesquisidora. Nosotras
bailamos al ritmo de sus arcanas cadencias. Los dogos continúan su
acompañamiento.
El tedio
que producen los otros
A Fernando siempre le llamó la
atención la razón de los ataques de Lecter: el tedio. Tras escuchar durante
años monocordes vomitonas de gente irredenta a su propia mediocridad, el
paciente psiquiatra toma la decisión de abandonar su inútil tarea de confesor
sucedáneo para adentrarse en el escabroso campo de la gastronomía caníbal.
Fernando me dijo sentirse vengado en Lecter como creador. Sin ser
psicoanalista, también ha sentido el tedio al proyectar una obra esperando
llegar a presuntos afines, con quienes comulgar en Lo Absoluto, y sólo
encontrar consumidores, que devoran, digieren y cagan con una facilidad pasmosa
sin enterarse de nada y pidiendo más. Sylvia Plath, Vincent Van Gogh, Friedrich
Nietzsche, Arthur Rimbaud, Emily Brontë, Ted Hughes, Juan Eduardo Cirlot,
nombres todos bañados de Misterio y de Riesgo, hoy son deglutidos, no seguidos
ni amados ni interiorizados. Valen tanto como la starlette más biodegradable o
como las novelas/basura del protagonista de «Misery» y, lo mismo que éste,
quedan a merced de sujetos que tratarán de adecuarlos a sus pequeños mundos
negando toda dimensión que se les escape. Las existencias trágicas y las
muertes prematuras de tanto nombre lleno de sentido giran en el vacío como un
hilo musical para ambientar las vidas liliputienses de miles y miles de neci@s.
La cabeza en el horno un día de Navidad, la pierna gangrenada a la vuelta del
Trópico, el desparrame de sesos una mañana más amarilla que las otras, han
acabado en peluches culturales para adornar dormitorios pijoprogres de
-ejem...- «jóvenes prodigiosos». La obra de tanta ostra ilustre, el
nácar elaborado capa a capa desde la más inabarcable angustia, es considerado
por sus consumidor@s como producción en serie de la que exigen más, sin entender
que, como las líneas de la mano, cada creación es única e irrepetible en el
transcurso de una vida.
Hoy Van Gogh no podría inspirar las «Memorias
de Dirk Raspe» como antesala de la muerte: lo más, un avispado montaje
semiplagiario a presentar en algún premio de indudable gancho crematístico.
Según Fernando -y mi tía Ruthie, por sus lazos apasionadamente íntimos con
cantautoras, le da la razón-, una obra de creación, como un país exótico,
solamente se concibe hoy desde la profanación y no, como en otras épocas, desde
el hallazgo. Una obra digna de considerarse algo más que un «producto»
debería ser tratada como un objeto de culto, como un milagro, o, si no, como
una amenaza, y provocar pasiones extremas: o quemada en la plaza pública o
venerada en lo más hondo del corazón; pero qué va, hoy se la seculariza, se la
relativiza, se la tolera, y, así, consumida, discutida, a veces
conservada museísticamente, va perdiendo día a día todo su sentido.
Los creadores que, en época como la
actual de condicionamientos industriales elevados a la máxima potencia, han
procurado funcionar con integridad, o bien han sido aplastados o han acabado
por envilecerse -«o muerto o albanés: no hay más platos en la carta»,
diría mi padre-: hoy el único creador puro es el destructor, el llamado «sociópata»,
aquel que toma la palabra a los surrealistas para ir más allá del simulacro, de
la patochada. Travis, imperfecto germen de dios, crea cuando abandona las preguntas
y se rasura la capacidad de conformarse con la indignidad. Lecter, el Cristo
adecuado a nuestro tiempo, redime a los consumidores comiéndoselos. Ante la
mera enunciación de un concepto como «Hannibal Lecter» -consumidor de
consumidores- algunos espíritus, no sólo Fernando y mi tía Ruthie, nos sentimos
reconfortados.