Handke, el intelectual molesto


Por Esther Peñas





Publicó su primera obra, ‘Los avispones’, un conjunto de relatos sobre la infancia, a los veinticuatro años. Desde entonces, Peter Handke (Austria, 1942) ha firmado obras de teatro, artículos de prensa, reportajes, novelas, guiones de cine (formando un dúo de lujo con el cineasta Win Wenders, con quien escribió, entre otros, el libreto de ‘Cielo sobre Berlín’) y poemas. Precisamente, Bartleby Editores acaba de publicar su obra poética completa, ‘Vivir sin poesía’. “No deja de resultar curioso que alguien que se considera un no-poeta sienta la necesidad de contar con la poesía para enfrentarse a la vida y dar sentido a la experiencia vital”, explica Sandra Santana, la traductora del austriaco.


Autor de títulos tan emblemáticos como ‘La mujer zurda’, ‘El momento de la sensación verdadera’ o ‘El miedo del portero al penalti’, en Handke no queda claro cuándo se expresa el escritor y cuándo la persona. En su literatura la vivencia personal adquiere una relevancia casi obscena. Un claro ejemplo es su obra ‘Carta breve para un largo adiós’, en la que resuelve su ruptura matrimonial.





SU POLÉMICO COMPROMISO POLÍTICO

Una de las facetas más controvertidas de Handke es la de escritor políticamente comprometido. Aunque no siempre bien parado. En los años ochenta fue aplaudido por la crema de la intelectualidad al denunciar activamente el ascenso de la extrema derecha en su país natal, y organizar una feroz oposición a su presidente, Kart Waldheim, cuando se descubrió que había sido un oficial nazi.


Pero su libro ‘Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Morava y Drina, o justicia para Serbia’, en el que retrata el estado en el que había quedado el territorio tras los bombardeos de la OTAN, le granjeó el desprecio y la eterna sospecha. El autor se lamenta de la destrucción de un país a causa de intereses estratégicos internacionales y, lejos de obtener el respeto de los suyos, le propinó un estrepitoso vacío.


Pero el escritor no toma partido. Deja hablar a unos y a otros. A los que han perdido todo porque las bombas de los aliados han arrasado su hogar y a los que también lo han perdido todo porque, desesperados, no encontraron otra salida más que refugiarse de un gobierno opresor. Pero, como ya advirtiese el Conde de Romanones, hay neutralidades que matan. La imparcialidad de Handke fue interpretada como complicidad silenciosa hacia Milosevic.


Él jamás avivó la polémica, son los medios de comunicación los que hablan de Handke con ciertos prejuicios sin pararse a leer esta obra en la que no hay una posición política sino una posición vital de alguien que tiene una cierta vinculación con Serbia, que retrata lo que estaba viviendo. Su discreción le ha obligado a trasladar su lugar de residencia a París. La suya fue y es una actitud valiente para un escritor”, explica Santana.


Pero lo que antes fuese imparcialidad, se convirtió en postura explícita. Desautorizó públicamente al Tribunal de La Haya, al que tildó de ‘ilegítimo’, y acudió al entierro de Milosevic. Quizás desde los versos que Neruda le dedicase a Stalin, nunca otro escritor mostró un respaldo manifiesto a un político acusado de crímenes contra la humanidad, de guerra y genocidio. Tal vez en Handke pesaba la trascendente y perversa frase que Kafka dejó impresa en ‘El proceso’: “todos los acusados son hermosos”.


Fue tal el rechazo y escarnio que sufrió desde entonces que incluso varias editoriales españolas se han negado hasta la fecha a publicar sus dos informes sobre las visitas que realizó a la corte internacional de La Haya, donde conoció en persona a Milosevic.


En ellos, entre otras contundentes reflexiones, acusó a la prensa internacional de haber avivado los resentimientos de las regiones septentrionales yugoslavas (Eslovenia y Croacia) contra las económicamente más deprimidas. Algo que, huelga decirlo, suscitó la respuesta furibunda de los medios.





EL TIEMPO Y EL LENGUAJE

Agrias porfías aparte, la obra de Handke es la de los personajes desnortados, desarraigados, que deambulan por gasolineras, carreteras, casas abandonadas, caminos y calles extrañas, siempre bajo el yugo de la angustia de la libertad, como si no supieran qué hacer con ella, como si les oprimiera en vez de alentarles. Son personajes los suyos en proyecto, los presenta sin cuajarlos del todo, como si en ellos residiese la posibilidad de cualquier cosa que no siempre se cumple, que no siempre llega. Por eso la obra de Handke, con un lirismo decadente, nos habla de incomunicación, de alienación industrial, de lo descarnado de una sociedad mecanizada y deshumanizada.


Siempre mezclando diversas disciplinas (la filosofía, la pintura y la literatura), Handke mantiene un duelo con el lenguaje, forzándolo, domándolo. “Trata de romper con el lenguaje de uso común y, para ello experimenta, pero no se queda en la mera experimentación, sino que encuentra su propio modo de expresar lo indecible, en el que predomina las imágenes a los conceptos”, apunta Santana.


En cuanto al tiempo, otro de las constantes en la obra del austriaco, es el suyo un tiempo bergsoniano, un tiempo único para cada uno de nosotros, un tiempo subjetivo que él denominó dureè, a la vez que se interesó por las percepciones de la temporalidad apartadas del tiempo abstracto.





DE PREMIOS Y OTROS RECHAZOS

Handke, que recibió el Premio Georg Büchner –el Cervantes alemán-, pidió el pasado año que su novela ‘Die moravichse Nacht’ fuera retirada de la lista de las 20 candidatas al Deutscher Buchpreis, galardón que se otorga a la mejor obra en lengua alemana del año. ¿El motivo? Beneficiar a autores más jóvenes.


No fue la primera vez que declinó un reconocimiento de estas características. En 2006 le fue concedido el Premio Heine, pero la campaña mediática que recordaba su postura en el conflicto yugoslavo, le obligó finalmente a desestimarlo. Adujo que, al fin y al cabo, podía visitar la tumba de Heine, cuyos restos descansan en París. Genio y figura.