EN SUECIA CON MI OSITA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

visitando a la familia

 

 

 

de picnic

 

 

 

 

 

igualito que Madrid... (¡y no hay cacas de perro!)

 

 

 

 

 

 

Los suecos parecen tener un cierto fetichismo con los maniquíes

(a Ramón Gómez de la Serna le habría encantado)

 

 

 

 

¿Torbe, tú por aquí?

 

 

 

 

 

gatita linda (made in Sweden)

 

 

 

 

gatito mirón (sueco también)

 

 

 

 

 

En Estocolmo da gusto ir de tiendas incluso para quienes (como yo)

nos solemos sentir como Don Pío en tales tesituras:

os recomiendo esta, con unos cacharros de cristal alucinantes

 

 

 

 

Zurdo, ¿qué fue de Mary Ann?

No sabes cómo la añoro...

 

 

 

 

el desayuno de Rebeca

 

 

 

el sueco acostumbra a ser correcto y tranquilo...

 

 

 

 

...pero, ay, cuando se cabrea.

 

 

 

 

aquí uno se pone a leer a Kierkegaard y es que no para

 

 

 

 

una pesadilla digna del dildódromo:

despertarte en un escaparate

convertido en una figurita del Doctor Muerte

y... ¡en semejante compañía!

 

 

 

masajistas callejeras en vez de pandilleros

(¿cómo quieren que no me guste Estocolmo?)

 

 

 

  

 

 

arqueros en bolas por doquier:

uno de los misterios de Estocolmo

 

 

 

 

menuda tontería

 

 

 

 

una virgen shibuya sueca tamaño king-size

 

 

 

 

meditación lacustre y naturócrata

 

 

 

un saludo a Luigi Bullpen

 

 

 

cara al ocaso

(morirse así debe dar un gustito...)

 

 

 

Me gustaría vivir en Estocolmo. Poca gente en las calles (y bastante guapa, por cierto –hadas rubias, émulos del viscontiniano Bjorn Anderssen,  madureces interesantes, querubines como sacados de una revista de modas infantil...-). Escasa delincuencia. Inmigrantes integrados (los mismos rostros meridionalmente indefinidos que uno se encuentra por las calles y el Metro madrileños, pero mucho mejor ataviados y trabajando y comprando al mismo nivel que los autóctonos, sin ese desfase encanallado que se ve en los países latinos). Ni un solo excremento canino por las calles (parece una anécdota sin importancia pero no lo es para nada cuando se viene de la ciudad europea con plusmarca en mierdas callejeras –en Madrid muchos andamos pirueteando, como inmersos en un ballet escatológico- ). La gente es sosa, introspectiva, cordial entre ellos pero reservada con los extraños (a diferencia de Japón, donde cortesía y xenofobia van de la mano –se es ceremoniosamente amable con el forastero mientras no se quede mucho tiempo: política admirable, desde luego, si lo pensamos con detenimiento-), habituada al canon progresista desde más de un siglo y, por tanto, asumiendo las dinámicas igualitarias con naturalidad, como algo incurso en el ADN (las impresiones de Ganivet en «CARTAS FINLANDESAS» y «HOMBRES DEL NORTE» mantienen su vigencia en una ciudad por cuyo progresismo parece no haber pasado el tiempo). Los gays son solemnes y mucho menos alegres que en otros lugares (afortunadamente), con sus banderas arcoiris como pendones de armas, su armónica discreción, sus atractivas terrazas y su arrolladora belleza (justo lo contrario del esperpento feísta que tanto priva en Chuecatown –en Estocolmo uno puede derrengarse en una terraza con la laxitud de Dirk Bogarde en la playa del Lido, disfrutando de las edénicas, élficas, feéricas visiones pansexuales y sentirse como en una placenta, sin la crispación que nos lleva a muchos en Madrid a musitar «LA PLUMA ELECTRICA» entre rechinar de dientes cuando pasamos por determinadas zonas –mejor dicho, gallineros-). Entiendo que a mucha gente ávida de marcha (empezando por el tío Adolf –recordemos su duro juicio contra los herederos naturales del odinismo-) los suecos les resulten aburridos y hasta abúlicos: a mí, que sólo deseo un poco de armonía en una colectividad, que no me importaría vivir sin apenas salir de casa durante medio año (de ahí se explica la proliferación de tiendas de diseño para el hogar –no en vano IKEA es sueca-, de antigüedades y coleccionismo, de librerías...: unos ocios bastante distantes del culto al botellón). Para realzar más ciertas coincidencias con Japón (también, por supuesto, un cuidado exquisito con la Naturaleza y la presencia constante de zonas verdes capilarizando la urbe), nos llamó la atención la abundancia de bares de sushi. En conversaciones que tuvimos con algunos parientes de mi osita, se trasluce cómo el sueco medio está preocupado por la creciente inmigración y la tensión internacional pero la situación social (profundamente condicionada por décadas de una socialdemocracia en estado puro que los contados golpes de timón neoliberales a partir de los 80 no acaban de cambiar –una socialdemocracia sin las degeneraciones fabianas y priístas, mucho más rigurosa, casi un comunismo de guante blanco: incluyendo en ese condicionamiento uno de los rasgos SD más incorrectos y, sin embargo, más efectivos si observamos el panorama sueco y lo comparamos con las turbulencias en el resto de Europa fruto de la actual guerra de civilizaciones, me estoy refiriendo al eugenismo, hoy considerado crimen contra la humanidad pero defendido en Suecia desde finales del XIX hasta bien entrados los 70 como rasgo sustantivo de su Estado del Bienestar, sin las connotaciones paranoides y belicistas que tuvo en el Reich hitleriano, con una plena conciencia de izquierda-), aunque se resienta, se halla a años/luz de caer en el marasmo en que están sus vecinos del continente. Suecia desde hace siglos ha sido neutral en los más graves conflictos. Tal vez ahora pueda seguir esa tónica. Desde luego, hay algo claro: serán los países boreales (Escandinavia, Islandia, Canadá, norte de los USA) y australes (Australia, Nueva Zelanda) los que puedan recoger el testigo de Occidente (también Alemania pero sólo si, recuperando su conciencia prusiana, forma bloque euroasiático con Rusia y da definitivamente la espalda a la Europa del Oeste) cuando llegue el crack definitivo del atlantismo y de la latinidad.