ESPLENDOR GEOMÉTRICO: LA EDAD DE ORO DEL ROCK’N’ROLL

por Dildo Santana

 

“El rock es una señal sonora y electrónica que induce a la violencia”.

Jorge Martínez

 

Cuando, hace mucho, mucho tiempo (circa 1992) compré la primera cassette de Esplendor Geométrico, no podía imaginarme que se iban a convertir en una banda de rock’n’roll. Aquella cassette se titulaba “EG-1” y contenía el, entonces inencontrable (recordemos que, aunque hoy parezca imposible, en 1992 no había internet), debut en maqueta de Esplendor Geométrico. Al parecer, la primera tirada de “EG-1”, publicada en 1981, se componía de 300 copias que se agotaron ipso facto; lo mismo sucedió con las sucesivas reediciones, en el mismo formato, facturadas por sellos como el alemán Datenverarbeitung (1982), el español Ortega y Cassette (1985) o el japonés Captain Trip (2009), aunque también es verdad que las copias en doble pletina o en radio-cassettes interconectados multiplicaron las tiradas de forma considerable.

Mi cinta magnética, que a juzgar por su sonido debía ser una copia de millonésima generación, me la vendió el Capitán Lágrima aka Pedro Otero Ex-Furalita a la salida de un concierto de la sala Revólver. Con su sempiterno aspecto de dealer after-punk (guardapolvos de cuero negro, enormes gafas de sol y maletín metalizado en mano) P. Otero me pasó el artefacto sonoro con cierto disimulo, como si fuera una droga dura. ¡Y que me gaseen si no lo era! No voy a describir lo que había en el interior de aquella cassette, porque en la actualidad piezas como Muerte a escala industrial, Paedophile Information Exchange, Destrozaron sus ovarios, Amor en Mauthaussen o Neuridina se pueden localizar fácilmente en internet, tanto para descarga directa como para escucha online; alguna de ellas, está hasta en YouTube. Eso, sin contar la edición de lujo en vinilo, con extras mil, que sacó en 2013 el actual sello del dúo, Geometrik Records.

Por el contrario, la cinta de Otero brillaba por su austeridad: las canciones “peladas” de “EG-1” envueltas en un parco diseño que reproducía la portadilla original, con la requetefotocopiada imagen de una vieja fábrica en blanco y negro, bajo letrasets con el nombre del grupo y la cenefa marca de la casa (o, más bien, chabola) discográfica de Otero: El Legado Íntimo. Ignoro que fue de aquella cinta, y tampoco me importa, puesto que no soy un ser nostálgico (más que nada, porque ya no hay nostalgias como las de antes), pero apuesto que la regalé o la tiré en cuanto conseguí esas grabaciones en el que se suponía que iba ser (y, obviamente, no fue) el formato definitivo: Compact Disc Digital Audio. Pero sí sé que, durante mucho tiempo, aquel fue el objeto más preciado que poseía, hasta el punto de llevarlo conmigo, a modo de fetiche, arma o amuleto, en mis intempestivas excursiones al extrarradio. Aquella cinta te hacía perder el miedo, te protegía, te convertía en un ser poderoso, violento e indestructible. Mientras duraba la música, el ruido o lo que fuera, tú eras un héroe de la Edad de Acero. ¿Las veces que la escuche en auto-reverse? Cientos, miles, millones. Me temo que perdí la cuenta. Pero no hay duda de que la quemé: ya se le empezaban a saltar cachitos de hierro y cromo cuando me deshice de ella. Y eso que, con el tiempo, la cassette ha resultado ser un formato mucho más sólido y duradero que el CD o que el mismísimo vinilo. Y la prueba es que, a día de hoy, son muchos los artistas -especialmente en géneros como el ruido industrial o el black metal- que publican sus grabaciones en cinta, no solo por su longevidad y su fascinante ruido de fondo (pienso ahora en las Blank Tapes de los increíbles Reynols, collage sonoro experimental compuesto a base de ruidos de cintas vírgenes), sino también por las posibilidades de su diseño y porque es un formato más humilde que el vinilo, reivindicado ad nauseam por coleccionistas pedantes y hipsters de esos.

 

“¿Qué es el rock’n’roll? Ruido”.

Jack Arnold

 

Pero no divaguemos. Decía que hace mucho, mucho tiempo (circa 1992), cuando compré la primera cassette de Esplendor Geométrico, no podía imaginarme que se iban a convertir en una banda de rock’n’roll. Por aquel entonces, era poco habitual que Arturo Lanz, residente en Pekín, se dejara caer por las Españas para actuar. Sobre todo porque él no vive de la música: siempre tuvo su trabajo, primero como teniente del ejército y ahora como agregado militar en la embajada española en China y propietario de dos restaurantes pequineses. Tiene que aprovechar, pues, sus vacaciones para coger el avión y venir a tocar. Por eso, fue un alivio para Lanz cuando, en los años 90, el músico italiano Saverio Evangelista (componente del dúo electrónico de vanguardia Most Significant Beat y residente en Roma) se incorporó al proyecto EG sustituyendo a Gabriel Riaza, que, según rezaba la leyenda, se había convertido al Islam y ya no estaba para más ruidos que los de la mezquita en la llamada a la oración. El caso es que Evangelista, siendo un miembro quizás menos enigmático y carismático que Riaza (con sus gafas de culo de botella, su cara de búho y su trabajo paralelo como funcionario de prisiones) ha beneficiado técnicamente el acabado sonoro de los discos de Esplendor y esto, a la larga, ha transformado de forma radical los conciertos de la banda.

Y utilizo la palabra “banda” deliberadamente, con todas sus connotaciones rockeras. Porque, con el tiempo, y aunque lo suyo suela catalogarse con etiquetas como “noise”, “power electronics” o, sobre todo, “música industrial”, Esplendor Geométrico se han convertido en una banda de rock’n’roll de dos personas, como Suicide, Whitehouse o Ministry. Al fin y al cabo, el rock ya hace tiempo que ha dejado de ser aquella mezcla de géneros folclóricos estadounidenses (doo wop, hillbilly, blues y demás) para avanzar en muchas direcciones. Por poner un ejemplo conocido, recordemos que un rockero “de libro” como Lou Reed, grabó en 1975 un disco de ruido industrial llamado “Metal Machine Music”. Esplendor, por el contrario, han involucionado, desarrollando una esencia aún más primitiva (y, a la vez, mucho más futurista) que la del rock’n’roll original. Infectado por el ruido generado en las fábricas de la revolución industrial y por el peso apocalíptico de los tiempos que corren, EG facturan la banda sonora que más conecta con el siglo que vivimos peligrosamente. Después de más de 20 años, el sonido de Esplendor Geométrico es, cierto, más rítmico, pero sigue siendo teniendo una fuerte carga cacofónica y ultraviolenta. El rock que nos merecemos.

Por otro lado, la asimilación del sonido Esplendor por parte de nuevas generaciones de músicos de todo el mundo (desde los asturianos Fasenuova a los finlandeses Pan Sonic) y la evolución de las especies rockeras (¿o acaso no es el inefable Marilyn Manson, la penúltima superestrella de rock, tan deudora del industrial noise como del heavy metal?) han propiciado que Esplendor Geométrico tenga más seguidores que nunca. Sigue siendo un grupo de minorías, sí, pero cada vez más amplias. Si en su libro “La buena música” (1984), Adolfo Marín los describió como “un diamante en bruto, una condensación de energía metálica que consigue desmoralizar al pulcro aficionado dispuesto a que todo le guste”, en 2014 EG sigue siendo un diamante, pero bastante más pulido y más digerible por unos estómagos que se han ido habituando a los sonidos crudos.

Y la mejor prueba son sus visitas madrileñas. Lanz y compañía nunca fueron profetas en su tierra, y en sus conciertos había cuatro gatos, si bien se decía que los live acts en Utrecht, Tokio o Roma eran más concurridos. Arturo Lanz utilizaba el mismo proceso de composición que ahora: vomitaba las piezas en su casa, en estado de trance, las grababa, se las pasaba a Andrés Noarbe para que las titulara y publicara y, finalmente, las olvidaba. Pero eso era el motor de la máquina, y el directo era una especie de residuo del proceso de producción. Ahora, los discos se espacian más y, aunque siguen siendo muy buenos, parecen nuevas excusas para emprender pequeñas e intermitentes giras mundiales. Esplendor Geométrico son una máquina de directo bien engrasada: Saverio a los cacharros y Arturo Lanz convertido en un salvaje frontman que no tiene nada que envidiar a Iggy Pop, Alan Vega o William Bennett; es más, en ocasiones los funde y supera a los tres. Y lo mejor de todo es que Lanz no cultiva una estética rockera o industrial, ni muchísimo menos: sale a la palestra con su polo Lacoste y su aspecto de cuñao... y siempre es sorprendente ver cómo sufre el violento arrebato que lo transmuta en bestia parda del escenario.

 

 

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“I want to know / How may of you people out there / Want to rock and roll”

Whitehouse

 

Todo esto lo digo a propósito del último concierto de EG al que he asistido, celebrado en Madrid el viernes 3 de octubre de 2014. Aunque siempre que tocan, si estoy en la ciudad, acudo a verlos religiosamente, no albergaba esta vez muchas expectativas porque su última actuación, que tuvo lugar casi un año antes (el domingo 20 de octubre de 2013) en un salón de actos de la Casa Encendida, me pareció un poco fría en comparación con anteriores directos, sobre todo porque el recinto donde se celebró, con su académica palestra y sus impecables butacas, no resultó ser el más adecuado para un evento de estas características. Arturo y Saverio se adaptaron a las circunstancias, ofreciendo un show más comedido y, en buena parte, apoyado en proyecciones de imágenes que siempre tiran a Oriente: vocingleros discursos de árabes, bailes rituales sufís o primerísimos planos de adolescentes niponas. Sin embargo, insisto, un patio de butacas no es el mejor lugar para escuchar unos sonidos tremendamente rítmicos, muchas veces cercanos al techno hardcore, que te empujan al baile y al desenfreno. Huelga decir que, en aquella ocasión, al final acabamos todos en pie de guerra, subiendo incluso al escenario a bailar, y Arturo, tras pasar un buen rato merodeando nervioso cual león enjaulado, acabó dando carreras alrededor del patio de butacas. Pero la sangre no llegó al río.

Mucho más adecuado era el recinto de 2014: la sala Boite (calle Tetuán, 27) en su sesión Live. Oscura, con buen equipo de sonido y un escenario a pie de público, era un marco ideal para disfrutar de una actuación más salvaje donde Arturo se pudiera explayar a gusto. Pero nadie se esperaba que alcanzara los límites que alcanzó. Como si se tratara de un concierto de rock o un fiestón bakala, llevé drogas: un gramo de speed, una petaca con whisky y un huevo de costo marroquí. También tenía algo de éxtasis, si bien no llegué a utilizarlo, porque altera demasiado la percepción y, como ya he dicho, Esplendor Geométrico son una droga dura en sí mismos.

Antes de entrar, me fumé un par de porros bien cargados y, una vez dentro, para hacer tiempo, empecé a darle tientos a la petaca y a meterme puntas de polvos mágicos con una llave. Entre pitos y flautas, empezaron los teloneros: Reserva Espiritual de Occidente,  a quien tenía bastantes ganas de ver, porque su obra enlatada había conseguido seducirme y, además, no son muchos los grupos que le cantan nanas al asesino Chikatilo o que abren una canción con un alarido de Mishima, arengando a su Sociedad del Escudo. En directo, no decepcionaron, gracias a su sonido impecable y a una atractiva cantante, llamada Svali, a medio camino entre Eva Braun y una actriz expresionista alemana, pero dotada de una delantera que ni su holgada camisa blanca conseguía disimular. Así yo, en segunda fila, justo frente a ella, no podía evitar desviar la mirada de la citada parte de su anatomía... hasta que la música me absorbió por completo. Su folk gótico, envolvente, místico e industrial (un poco en la línea de Death in June o Blood Axis) potenciado por el efecto del cannabis, logró sumirme en pequeños clímax auditivos; lo suyo es más fetichismo y performance que otra cosa, pero tienen poéticas letras e interesantes soluciones sonoras de corte marcial: tambores de procesión ferrolana, coros de mártires en éxtasis y hasta trompetas crepusculares. Lástima que, debido a lo que pasó en su último concierto (cancelado por amenazas de grupos antifascistas), no se atrevieran a tocar la parte cantada de Primavera, el himno de la División Azul que reinventan con tino en su álbum “La noche blanca”, aunque sí hicieron la segunda parte, una espectral sinfonía de tambores, lamentos y ruido que evoca al campo de batalla. REO alternaron tormentosas descargas de teclado/guitarra/tambores/órgano con hermosas calmas chichas, pero fue un mal aperitivo para lo que vendría después. Tanto yo como el resto del público nos pasamos toda la actuación inmóviles, silenciosos y concentrados, como si estuviéramos en una especie de misa pagana. La cosa nos dejó con la guardia baja, y cuando llegó la hora de la verdad y Esplendor Geométrico subieron a la palestra, nuestros sentidos estaban anestesiados. Por poco tiempo.

Sin tregua, sin dar apenas un respiro al respetable para que fuera a hacer un pis, Arturo Lanz y Saverio Evangelista tomaron el escenario (o, mejor dicho, la sala) para sembrar el ruido y el caos, desencadenando una celebración primigenia que enlazaba la Edad de Bronce con el cyberpunk más extremo, sobre una apabullante base rítmica que parecía de otro planeta.

En primera fila, donde yo estaba, había un grupo de fans completamente enloquecidos, sin duda drogados con mefedrona, ketamina o alguna otra sustancia de diseño, que comenzaron a interactuar física y verbalmente con Arturo Lanz, que pronto se quitó su polo Lacoste y se volvió completamente loco. Antes del prohibicionismo nicotínico, Arturo no dejaba de fumar en los fragmentos instrumentales, ahora que las leyes le impiden castigar el pulmón en el escenario, parece que su poderosa energía se ha multiplicado. Lo que hace Arturo Lanz está en las antípodas del ejercicio intelectual: es pura víscera. Él mismo ha confesado más de una vez que en esos momentos se sume en una especie de meditación-no-trascendental que sale directamente de sus tripas y que ese estado, que alcanza mientras grita y hace ruido, es la razón de ser de lo que hace. El cerebro (o, al menos, su lóbulo frontal) poco tiene que ver con esto. Pieza a pieza, descarga a descarga, la actuación se convirtió en una locura colectiva, en una entrópica bacanal que absorbe, deglute y trasciende el show rockero y la rave industrial, conectando con las raíces de ancestrales ritos perdidos en la noche de los tiempos.

Un alucinado fan de la primera fila araña el torso sudoroso de Arturo. Varias chicas le tiran de las manos y agarran sus piernas. La multitud lo abraza, lo tira al suelo, le baja el pantalón, lo lleva en volandas por todo el local. El artista cae al suelo. Se levanta. Nada y bucea entre los cuerpos del público. Lo tocamos, lo elevamos y lo hundimos. Nos sumergimos y flotamos con él. Trascendiendo egos, llegó un momento, bien entrado el concierto, en el que la atronadora música, Arturo Lanz y el público éramos todos uno: una masa de carne vibrante que saltaba, se pegaba y perpetraba violentos pogos a ritmo de las piezas de Esplendor, que se sucedían unas a otras con prisa y sin pausa. La pantalla, ese elemento imprescindible en otros conciertos electrónicos en los que músicos más tímidos y afectados permanecen inmóviles tras sus computadoras, pierde aquí importancia frente al show en carne viva. Aunque hay maquinitas de por medio, esto es ruido orgánico, que te salpica de sangre y te infecta con el ébola del ritmo para que bailes como un San Vito postnuclear. Y por encima del ruido, los alaridos de Arturo, que, para notar las vibraciones de sus gritos, se traga el micrófono en su boca como si fuera un dildo: unido a un cable, el apéndice eléctrico se funde con su cuerpo, dando lugar al milagro de la nueva carne. Y, como un eco, resuenan también los gritos de su enajenado público: “¡Ven a jugaaaaaaaar! ¡Te voy a enseñaaaaaaaar!”. Y el juego se torna cada vez más peligroso: el público arroja objetos al escenario, vacía sus vasos de tubo sobre el cuerpo de Arturo y alguno de los chorros llega a la maquinaria que maneja Saverio. Los pogos se suceden, cada vez más violentos, a ritmo de la música. Hay caídas, resbalones, agarrones, empujones, pisotones y puñetazos. Incluso conatos de pelea. Fluidos corporales lubrican la pista de baile. En la zona de guerra estaba también el ex Mode Mario Gil, que no se pierde un concierto de EG, y pude ver cómo sus gafas volaban por los aires, mientras él a duras penas se sostenía en pie. Yo, por mi parte, que también soy gafoso (que no gafe) opté por fijar bien las mías para no correr la misma suerte, si bien estuve a punto de perder mi teléfono móvil cuando me empeñé en vano en registrar un video de lo que estaba ocurriendo. Este es un concierto que hay que vivir al cien por cien. Como ciertos estados alterados de conciencia, la experiencia EG duró alrededor de hora y media, pero parecieron escasos minutos. O siglos. El tiempo se expandía y comprimía continuamente. Y todos nosotros no éramos más que peleles dominados por los hilos del rhythm&noise que Saverio escupía desde su altar electrónico con una flema que contrastaba con el desparrame de Arturo. Al fin y al cabo, alguien tiene que hacer el trabajo limpio.

 

“No tenemos fe: al otro lado de esta vida sólo espera el rock’n’roll”.

Leopoldo María Panero

 

Lamentablemente, la fiesta se aguó cuando llegaron las doce y media de la noche por imperativo de la sala, que ya nos había advertido que el concierto acabaría temprano, aunque lo suyo es que hubiera durado toda la noche, con bises mil y pinchada after party. Pero no hubo tu tía: a las doce y media, con británica puntualidad, no es que la maquinita de Saverio se convirtiera en calabaza, pero el ruido paró en seco y dio paso a un gris soniquete indie que nos indicaba que este era el fin, pese a que Arturo siguiera a tope, negándose a abandonar el escenario, mirándonos con ojos saltones, gritándonos, tirándose de los pezones. Los espectadores, por nuestra parte, también seguíamos en estado de shock, aún ciegos, chillando y saltando y pidiendo más. Pero la fiesta, el rito, la bacanal o lo que fuera que había pasado en la última hora y media, se había acabado. Un par de minutos de indie valieron para conseguir el objetivo del DJ residente de la sala: convertirnos, ahora sí, en calabazas. Así, recuperamos nuestro sentido del ridículo, perdimos nuestra capacidad de aventura, y fuimos desfilando mansamente hacia la salida, no sin antes abrazar por última vez al maestro de ceremonias, hacernos una foto con él, comprar una camiseta (en mi caso, por pura necesidad: mi camisa estaba empapada en sudor y alcohol y tenía otro evento después) o un disco -no vi cassettes-: tras la barbarie, llegaba la civilización, esto es, la sensatez, el orden, el capitalismo y su ordenado intercambio de vil metal por objetos de consumo. O la utilización de nuestros juguetes para intentar, de alguna manera, estirar en el tiempo lo que ya había terminado. Algo de todo punto imposible. Es la gran miseria de la música, del espectáculo y de la vida, que se esfuma lentamente, cual bocanada de humo de cannabis. Pero sus efectos siguen en mi interior muchas horas después, cuando con un poco de resaca me he sentado ante mi anciano portátil (plateado, como el de EG) para escribir esto, en otro inútil intento por perpetuar una sensación que se va desvaneciendo por momentos. Ni siquiera escuchar su música enlatada logra avivar la memoria. Mola, pero es metadona y lo otro es otra cosa. Es lo real, lo vivo, lo salvaje, lo que es imposible de atrapar, lo que ya apenas se ve encima de un escenario, ni debajo, ni en ningún lugar de este mundo muerto. Eso que algunos llamamos rock’n’roll.

 

 

ilustraciones: ENRIQUE FLORES

 

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