PEPE BABEL (1ª dosis)

 

En primicia para LDS, "Pepe Babel", la nueva novela de Limbo Piedra que se publicará por entregas. 

Sinopsis: Protagonistas de sus vidas inverosímiles y destartaladas, un amnésico y un vagabundo dialogan sobre las encrucijadas del mundo actual (individuo, sociedad, sistema, religión).

Un golpe de gracia...

 

           

-         «¿Y no ha ido a la policía?» El extraño miró a izquierda y a derecha, y otra vez hacia la izquierda, antes de responder. «Verá, es que no sé quién soy, ¿comprende?  Y tampoco desearía meterme en líos, prefiero seguir así.» Asintió un par de veces. «Libre» se explicó, «libre y buscando mi moto mientras averiguo quién soy.»

-         (…) las preguntas, me refiero, se llaman unas a otras como cotorras de barrio y no cesan hasta aclarar cada detalle. ¡La gran estafa del sistema moribundo fue ofrecer respuestas a saldo!!

-          El Cosmic-Earth XXI limpia de homo falsus a las naciones; de ellos y de sus consecuencias retardantes...

 

                            Bárvulo Lancaster reparó en él a distancia. «Un motero a pié por el monte Abantos» se dijo, «uhm...» En efecto, el hombre en el que se había fijado llevaba un llamativo mono de cuero con joroba aerodinámica, protecciones rígidas y doble culera. Hacía un sol extenuante y, tumbado a la sombra de un árbol, Bárvulo saludó al extraño. «Buenos días», le dijo «¿puedo ayudarle en algo?» El motero se detuvo. «No encuentro mi moto», respondió. «¡Vaya por Dios!» exclamó el señor Lancaster al tiempo que se levantaba sin dejar de sostener un pequeño maletín de cuero y, entre los labios, una hebra de hierba seca. «¿No recuerda dónde haya podido dejarla?» El otro alzó los hombros. «Vengo buscándola desde El Escorial.» «¡Caramba, eso es un buen paseo!» «Si…» El hombre se volvió hacia detrás con expresión vaga. «La he buscado durante días, recorrí el pueblo calle a calle, figúrese.» «¿Y no ha ido a la policía?» El extraño miró a izquierda y a derecha, y otra vez hacia la izquierda, antes de responder. «Verá, es que no sé quién soy, ¿comprende?  Y tampoco desearía meterme en líos, prefiero seguir así.» Asintió un par de veces. «Libre» se explicó, «libre y buscando mi moto mientras averiguo quién soy.» Bárvulo Lancaster se aproximó a aquel hombre. «¿Recuerda al menos cómo es la moto?», le preguntó al tiempo que dejaba caer la hebra de hierba de sus labios, sacaba un pitillo y lo encendía sin dejar de mirarle con una mezcla de parsimonia y rutina. «Es una Bonneville negra y granate, la clásica: motor bicilíndrico en paralelo, escapes en cerbatana y llantas de radios.» «¡Vaya, eso es recordar algo! ¿Y la matrícula?» El hombre sin memoria apretó los labios y negó con la cabeza. «¿Qué me dice de su nombre? ¿Recuerda usted su nombre?» continuó Lancaster, y se quitó de la lengua una pizca de tabaco a la que observó un segundo antes de proyectarla hacia el suelo. «Me llamo Pepe Babel.» «¿Seguro?» se extrañó el fumador. «Sí...» «Está bien, está bien. Yo soy Bárvulo Lancaster, toco el ukelele y tengo una cosita, mire.» Abrió la chaqueta y extrajo un cuchillo de doble hoja que medía tres palmos. Pepe Babel lo observó en silencio. «Tenga cuidado con eso», le recomendó. «Sí» corroboró el músico, «un cuchillo es una cosa muy íntima.» Y le guiñó el ojo. El motero amnésico observó con detenimiento a aquel tipo que ahora volvía a guardarse el arma blanca. Era flaco, tenía los ojos verdes y el pelo rizado de color castaño. «Viste usted muy bien, me gusta su aspecto» dijo Pepe Babel. Bárvulo Lancaster se estiró las mangas. «Soy un dandi.» «Yo motero.» «Ya» respondió Bárvulo. Hubo una pausa. Un bello momento inadvertido. El cielo azul encima de sus cabezas, el trinar de los pájaros.

         Pepe Babel contemplaba el horizonte.

         «De los tres días que llevo buscando la dichosa moto sólo ha llovido uno, y créame que fue una experiencia agradable. La disfruté mucho.» «Es cierto, antes de ayer llovió», asintió Bárvulo echándole una rápida mirada de reojo, «yo me encontraba en un bar cuando empezó a llover.»

 

 

 

         «Un soda-water.»

         La camarera no estaba nada pero que nada mal. Bárvulo Lancaster se entretuvo mirándola mientras ella abría la botellita y preparaba un vaso con hielos. A Bárvulo le encantaba el sonido del soda-water y aguardaba con verdadera emoción el momento en el que se vertía el contenido y las burbujas del refresco comenzaban a saltar y zambullirse como ideas eléctricas.

         «¿Hay que pagar?» preguntó.

         La chica detuvo sus operaciones.

         «Claro que hay que pagar.»

         «Ah, me habían dicho que no. Observe lo que traigo aquí.»

         Ella asomó su linda cabecita por encima de la barra. Era una cabecita ovalada, de pómulos afilados y orejas perfectamente adheridas a las sienes. Bárvulo Lancaster le mostraba una acreditación entre sus largos y finos dedos de músico.

         «Qué me dice ahora.»

         La camarera del bar leyó la tarjeta identificativa: Bárvulo y amigos. Organización.

         «¿Y qué?» le dijo.

         «Pues que soy comisario de la salud pública» le explicó Bárvulo Lancaster tranquila y desprendidamente a la vez que, impaciente por oír a las burbujas, cogía la botella de soda-water para servirse él mismo.

         «¡Está congelada!»

         Le propinó un par de sacudidas sin lograr que cayese una gota.

         «Uy, voy a tener que requisar este local», le advirtió Bárvulo a la chica. «Lo requisaré y haremos fiestas espectaculares a muy buen precio. Vamos a generar cultura, ¿qué le parece? Ah, ya me doy cuenta: usted sigue sin comprender. Verá, hace poco me entrevistaron los de la tele, el caso es que yo estaba disfrazado de un viejo dios, Pan, ¿lo conoce? ¿Ha oído hablar de él? Es un dios que corretea por los montes y se zumba a las ninfas. Acabábamos de ofrecer un show tremendo mis amigos y yo, un show con santo y todo, un santo peculiar, la cabeza de un jabalí a la que portamos en procesión, y va la reportera y me pregunta: “¿Está seguro de que esto es arte?” Así como lo oye, “¿está seguro de que esto es arte?” Aún fue más lejos, me dijo: “porque algunos pueden pensar que no lo es”. ¿Se lo puede usted creer? ¡Que algunos podían pensar que lo nuestro no era arte! La pobre no tenía ni idea, para explicárselo hubiera tenido que retrotraerme varios estadios evolutivos, así que le respondí: “no parece arte, no, pero lo es.” E inmediatamente le cedí el protagonismo a dos amigos míos, Taburete Turulato y Caponata la Negra, para que hiciesen de la televisiva reportera lo que mejor estimasen. Taburete fue taxativo, para qué voy a contarle. ¡Menudo es Taburete! En fin, volviendo a lo nuestro: le requiso el local y montaremos aquí un espectáculo para bien de la cultura, que buena falta nos hace. De algo tenemos que vivir, ¿no cree? Y quizá después, si todo sale bien y no hay problemas más allá de los imponderables del destino, que son siempre sencillos de sortear, aunque cansinos, pues si todo sale a pedir de boca quizá les concedamos nuestra garantía de calidad. Un gran letrero junto a la puerta de entrada en el que ponga: Este recinto satisface a los clientes más exigentes. Garantía de Calidad Bárvulo y sus amigos

         «¿Y ustedes son los clientes más exigentes?», replicó la camarera.

         «¡Muy bien dicho! ¡Eso es! ¿Acaso se le ocurren otros? ¡Tendría que haber visto a Caponata la Negra obligándome a encontrarle unas zapatillas del 43 por toda la ciudad! En esta cofradía somos de lo más exigentes, sí, lo cual significa, señorita, que si nosotros somos satisfechos también lo será el resto. Es fácil de entender y puede parecer una locura. De hecho, si no pareciese una locura no valdría un pimiento. Einstein decía que lo importante era no dejar de hacerse preguntas. Eso es lo importante, hacerse preguntas. Yo genero un montón de preguntas a cuantos me cruzo por el camino. ¡Preguntas, preguntas, preguntas es lo que necesitamos! Una detrás de otra, ellas son así, las preguntas, me refiero, se llaman unas a otras como cotorras de barrio y no cesan hasta aclarar cada detalle. ¡La gran estafa del sistema moribundo fue ofrecer respuestas a saldo! ¡Respuestas al gusto! ¡Respuestas sin pregunta previa! ¿Se ha visto algo igual? La gente ha estado tragando respuestas como nubes de algodón, y así está la gente: obesa, torpe, vomitando por las esquinas y volviendo a comprar pringosas nubes de algodón al dichoso feriante. ¿Otra respuestita?, pregunta removiendo el azúcar, y el cabroncete ya está alargando el brazo con el palo y los dulzones hilos rosas. ¡PUES NO! Nosotros ofrecemos terribles preguntas, molestas preguntas, exigentes preguntas. ¿Había usted pensado que nuestra garantía es fácil de obtener? ¡Mucho más sencillo es que le quememos el bar, señorita! Pero no tema, en este caso no vamos a hacerlo. Al contrario, estamos ofreciéndole una oportunidad. ¿Qué me dice?»

         La chica se apartó unos centímetros. Había escuchado a Bárvulo sin pestañear y no había creído que todo terminaría con, precisamente, una pregunta.

         «Yo no digo nada», respondió. «Y el jefe no está.»

         «¡El jefe, el jefe! ¿Cómo no va a estar el jefe, si el jefe soy yo? No la entiendo.»

         «Pero digo el del bar, el jefe del bar: que no está.»

         «Y yo le he advertido que el local va a ser requisado y que soy comisario de la salud pública. ¿Sabe lo que es eso? ¡Salud pública! Considere la importancia de cuanto estoy diciéndole. ¿Existe algo más importante que la salud pública? No. ¿Y por dónde empieza un cuerpo sano, eh? ¡Exacto! Por la cabeza. Mens sana in corpore sana, que decían los latinos. Así pues, ¡cultura y espectáculo para regar nuestros cerebros!»

 

 

 

 

         «¿Y cómo terminó todo?»

         «Hicimos la fiesta.»

         «¿Y les dieron el sello?»

         «¿La garantía de calidad?»

         «Sí.»

         «Se la dimos, podrá usted comprobarlo cuando encontremos su moto. Le daré esa y otras direcciones de interés y usted viajará en su moto atestiguando que nada de cuanto le digo es falso.»

         Bárvulo Lancaster y Pepe Babel caminaban por una bella carretera de la sierra madrileña, la M-533 que une Alcor con Peralejo. A instancias de Bárvulo iban por la sombra, pues a Pepe Babel parecía no afectarle el sol de ningún modo y continuaba con su chupa de cuero sin derramar una gota de sudor a pesar de que era agosto y la temperatura rondaba los treinta y cinco grados centígrados.

         «¿Y sus amigos?»

         «Taburete y los otros están por ahí, cada cual tiene su vida. Nos reunimos únicamente para ofrecer espectáculos a muy buen precio.»

         «Espectáculos culturales.»

         «Si, culturales.»

        

         Pepe Babel miró a Bárvulo Lancaster.

         «¿Y dice que ganan mucho dinero?»

         «¡Nos ganamos el mundo, don Pepe!»

         «¿Encontraré entonces mi moto?»

         «Sí, una Bonneville. ¿No es eso?»

         «En efecto, en ella se viaja como en una butaca voladora.» Y Pepe Babel entornó los ojos emitiendo un siseo a modo espacial: «zszszszszszsz».

         Bárvulo sonrió, pensaba: «bien, bien, vamos allá, amiguito

         «¿No recuerda nada?» le preguntó.

         Babel salió de su ensimismamiento.

         «No…» respondió, «recuerdo cosas extrañas.» Y le miró como avergonzándose.

         «¿Qué tipo de cosas extrañas?» indagó Bárvulo Lancaster.

         «Acontecimientos» aclaró Pepe Babel volviéndose a él. «Verá, yo necesitaba un certificado médico para renovar mi carnet de conducir.»

         Pepe Babel se calló en este punto y parecía reflexionar, o bien estar sinceramente extrañándose o no comprender nada al respecto de sus recuerdos.

         «¿Y?» le animó Bárvulo Lancaster.

         «Pues que la doctora del centro médico comenzó a mirarme de una forma...»

         «¿Quizá con miedo?»

         «Sí. ¿Y por qué alguien debería mirarme con miedo, señor Lancaster? Como comprenderá, yo mismo empecé a asustarme. ¿Por qué me tiene miedo la doctora?, me preguntaba. Había hecho bien la prueba psicomotriz, ya sabe, esa de las bolitas que uno dirige al unísono por sendos trazados de curvas y cuando chocas contra el lateral suena una desagradable alarma, mec, meeec, ya sabe. Pues acababa de terminar la maldita prueba y antes me habían comprobado la vista y hurgado en los oídos y todo había ido bien. ¡Pero la doctora me miraba con miedo y yo no sabía por qué!»

         «Sí que es raro…»

         «Espere y verá: como ella se asustaba le pedí un espejo, no fuese que tuviera algo en la cara. ¿Un espejo?, me preguntó. Entonces me di cuenta de que era raro haberle pedido un espejo, me puse nervioso y cambié la pregunta. Un baño, le dije, ¿tienen ustedes un baño por aquí? La doctora me indicó que había uno en la sala de espera. Allí fui, no me ocurría nada. Me lavé las manos y regresé al despacho donde ella rellenaba el certificado. Levantó la vista y la clavó en mis ojos. ¿Se encuentra usted bien?, me preguntó. Sí, sí, perfectamente, respondí. Y continuó con el expediente. Por favor, espere en la sala contigua, me dijo de pronto, señalando una puerta. ¿Sucede algo? Nada, tiene que esperar un momento, respondió, y le pidió a su ayudante que me acompañara. Clara, acompañe a este señor, le dijo. La tal Clara era una señora gigante, me cogió del brazo. ¡¿Soy yo un anciano?!» se indignó Pepe Babel, y, sin embargo, miraba a Bárvulo Lancaster con preocupación, desesperada y sinceramente preguntando si acaso era un anciano, ante lo cual, el dandi, sin perder la compostura natural y su donaire ligero, respondió que no.

         «Desde luego que no es usted un anciano», le tranquilizó.

         Y sólo entonces continuó Pepe Babel, aunque no del todo aliviado a juzgar por su expresión: «La ayudante de la doctora me llevó a un cuarto vacío. ¿No puedo esperar con los otros?, le pregunté. No, contestó. Y me quedé sólo. El silencio era sobrecogedor. Pegué mi oído a la puerta por la que había entrado. Agárrese, señor Lancaster», le pidió Pepe Babel a su interlocutor, sujetando él mismo el brazo del músico, «esto fue lo que oí decir a la doctora: “permanece estable, pero dense prisa.” ¿Se lo puede creer? Algo tremendo tenía que haber hecho para que pretendiesen encerrarme. ¿Se hace cargo? ¡Pero no podía ser! ¡Yo era una persona normal, jamás había padecido episodio alguno de trastorno psicopático y estaba allí para que me dieran un certificado médico y renovarme el carnet de conducir! ¡Es una cosa sencilla! Comencé a sudar, tenía claustrofobia. Recordé la pregunta de la doctora al regresar yo del baño, ¿se encuentra usted bien?, y en cómo su ayudante me había abrazado como si fuera yo a desmayarme. Miré alrededor. La habitación no tenía ventanas. Abrí un centímetro la puerta. Las dos mujeres hablaban entre ellas y la ayudante señaló con el pulgar hacia detrás. Terminé de abrir, me observaron. ¿Necesita algo? Debo irme, respondí echando a andar hacia la salida. Aún tengo que estamparle el sello, dijo la doctora cerrándome la trayectoria, aguarde un segundo. ¿Qué sello?, pregunté presa del pánico, ¡tengo que irme de aquí! insistí, ¡es urgente! La aparté de un empujón y eché  a correr escaleras abajo.»

         «Quizá entonces olvidó usted la moto en las inmediaciones del centro médico» propuso el señor Lancaster.

         «¡Oh, no, nada de eso!»

         «¿Cómo puede saberlo?»  

         «Porque con las prisas me dejé el casco y tuve que volver a rescatarlo.»

         «¿Tuvo que subir de nuevo a la consulta?»

         «Exactamente.»

         «¿A por el casco?»

         «No podía conducir sin él, enseguida me hubieran detenido.»

         «Está bien, es cierto. Subió y encontró resistencia, supongo. ¿Trataron de retenerle?»

         «¿Retenerme? ¡Me abrieron paso como si tuviera la peste!»

         «¡Bravo!»

         «¡Claro, muy bien, solo que yo continuaba asustado!»

         «Puedo entenderlo, sí, el caso es que finalmente montó usted en su Bonneville para alejarse de aquella pesadilla, ¿es cierto?»

         «Sí, lo apropiado era permitir que la mente disipase el shock con un paseo, así que puse rumbo al Escorial mientras procuraba ordenar mis ideas. Por eso sé que no olvidé la moto en las inmediaciones del centro médico.»

         Pepe Babel se llevó la mano al corazón y emitió un aliviador suspiro.

         «Vamos, vamos, se encuentra usted a salvo» le apaciguó Bárvulo Lancaster.

         «¿De verdad lo cree? Hasta donde yo alcanzo a recordar, tal y como se ha desenvuelto mi vida cualquier cosa pudiera sucederme en este instante. ¡No es el mundo un lugar para bajar la guardia, don Bárvulo, créame! ¿Quién está libre de que le caiga un ladrillo en la cocorota?»

         «¡Cocorota! ¡Eminente palabra!»

         Pepe Babel sonrió y palmeó con inesperada jovialidad la espalda de su compañero.

         «Tiene usted una interesación muy conversante» le aseguró, «¿nunca se lo habían dicho?»

         «No de manera tan descoordinada.»

         «La dislexia no afecta a la inteligencia.»

         «Lo sé.»

         «Por eso le digo que no son tiempos para bajar la guardia. ¿Sabe usted lo que es una catarsis? Expulsión de sustancias nocivas, lo cual genera una terrible crisis en el organismo infectado. Por así decirlo, asistimos a la vomitera de Occidente. Estos son los buenos tiempos finales, señor Lancaster. ¿Se acuerda usted cuando el alma era pura, limpia y salvaje? Ahora no, ahora los hombres son un artefacto reproductor de imágenes copiadas de la copia de la copia de algo que no recuerdan qué es. Mientras tanto, una dama dudosa los pastorea y se protege en medio. ¡Pero vea, vea!» y Pepe Babel, los ojos desmesuradamente abiertos, desplegó con sus manos un escenario ante los ojos atónitos de Lancaster, «los rebeldes se abren paso entre el rebaño con la vista fija en el hígado esa dama dudosa…» Después envolvió la representación en un silencio seco, y concluyó: «Desde luego, esto se materializará en un gran caos, de eso no le quepa a usted duda.»

         «¡Caramba, don Pepe! ¿Y dice que son “buenos tiempos”?»

         «¡Los mejores! Después de la tribu, claro. ¡Lo que ha habido que invertir!»

         «¿Invertir?»

         «Sí, a todo hubo que darle la vuelta. ¿No se ha apercibido? Fíjese: el mundo era el negativo de la foto real, una antítesis de su propia imagen. Amor, solidaridad, paz, derechos humanos, libertad. ¡Monsergas, señor Lancaster! ¡La excusa perfecta para distraer al personal! Esta era una sociedad infiel, desnaturalizada y morbosa que almacenaba conceptos vacíos, traslúcidos y frágiles como mudas de serpiente. ¡Bonita civilización! ¡Cartón piedra! ¡Un Parque Temático! ¡Un gran balón de silicona en el estómago para evitar la sensación de hambre! ¡Eso sí, todos muy susceptibles! Aquí lo que ha habido es falta de rigor. Siempre la postura disimulada, la que menos hiciera reflexionar íntima, dolorosa y reveladoramente sobre la verdad: la de ser unos groseros, unos consentidos, unos desalmados que encierran a sus ancianos, destrozan a sus niños, engañan a sus mujeres, crían adiposidades, enloquecen, se deprimen y alargan la mano como pedigüeños; chillones dogmáticos sin otro credo que la negación de la evidencia. Consumidores es lo que éramos, ¿me escucha? ¡Devoradores! ¡Sí, auténticas termitas del Espíritu! Caprichosos jugando a ideologías de salón para acallar a la conciencia, niños de párvulos disfrazados de políticos. Pero se acabó, ¡ahora está que bufa la Tierra! ¡Míreme a mí! ¿No me ve? ¡Estoy que bufo! ¡Era preciso invertir! Había que devolverle al hombre su responsabilidad, señor Lancaster. ¡Pobre Europa! Toda una civilización aquejada de alzheimer, un continente sin músculo, ¡ay! Ahora reclaman valores, ¡valores, gritan, valores! En su ignorancia supina creen que pueden utilizarlos como si fueran medallitas. Y no, ¡esos valores les traerán su merecido! Permítame que lo repita, va a notarse mucho la diferencia entre el simulacro y lo real.»

         «Y, si no es indiscreción, ¿qué bando es el derrotado?»

         «La mentira.»

         «¿La mentira pierde?»

         «Sí.»

         Bárvulo Lancaster reflexionó unos segundos. Tal vez aquel hombre peculiar era sociólogo antes de perder la memoria, tal vez impartía clases en alguna Universidad.

         «Pero esos tumultos» dijo,  «¿se refiere a una guerra?»

         Bárvulo Lancaster había formulado la pregunta con el ceño fruncido a la vez que levantaba una ceja y miraba de reojo a su acompañante.

         «Sí» respondió Pepe Babel. «Una guerra moderna que arrebatará el control de lo que se proyecta sobre la sociedad mundial, provocando que sea ésta quien se revolucione o reflexione en la butaca. Una guerra inteligente, señor: servicios secretos realizando secretos servicios.»

         «¿Revoluciones?»

         «Evoluciones de programa.»

         «¿Está hablándome del paso de un sistema operativo a otro? ¿Algo así como desarrollar el Earth XX al Cosmic-Earth XXI? ¿Ingeniería informática?»

         «Yo no lo hubiera expresado mejor. Es usted un metafórico excelente.»

         «Gracias.»

         «No hay por qué: atestiguo un hecho. Sí, se trata de introducir troyanos que destruyan las partes obsoletas del programa antiguo, limpien de morralla los tramos salvables y favorezcan la implementación de las mejoras. La capacidad del viejo sistema quedará inútil, paralizada. El XXI es más rápido, más eficaz y más potente.»

         «¡Güau!»

         «Sí, usted verá gobiernos ejecutando políticas opuestas a sus principios, y defenderlas sin ningún rubor.»

         «¡Oh!»        

         «Eso no es nada, verá pueblos sublevarse sin que el ejército lo impida.»

         «¡Diantres!»

         «¡A Google arengando a las masas!»

         «No…»

         «¿Se extraña? ¡Pues también verá periodistas que digan la verdad!»

         «¡No!»

         «Como lo oye. Todo este movimiento originará sobresaltos, revoluciones y sorpresas que serán la concreción material del asunto invisible al que me refiero, la consecuencia de éste último, claro, que es el emanadero.»

         «¿Emanadero?»

         «De dónde algo emana.»

         «Suena a abrevadero.»

         «No difiere en mucho, si nos aplicamos la categoría de vacas. Observe lo siguiente, don Bárvulo: obtenemos nuestras distintas cotas de satisfacción de acuerdo a la menor o mayor capacidad para plasmar en esta Tierra el Yo que somos por obra y gracia del Creador. ¿Ve en ello algo malo? Y, sin embargo, tratamos de mostrarnos mejor de lo que somos, ¡lo cual es imposible! Incluso para el más bienintencionado de los hombres que se esfuerza en ser lo que no es, y aún cuando se aproxime a la abstracción que procura en vano, le será esta empresa contraproducente para su gozo de la vida, pues creará para sí mismo unas condiciones de existencia ajenas al prototipo original que encarna y, en consecuencia, lo oprimirán de manera angustiosa, y terminará no ya por ser terriblemente desdichado sino por convertir a la desdicha a todos cuantos le rodean, y, en especial, a los más próximos, esto es, a aquellos que supuestamente amaba y por los cuales quiso ser distinto a lo que era. Por tanto, hete aquí que el engañador, después de a sí mismo, perjudica a sus engañados por interrumpir la tendencia de estos hacia aquello que él simulaba ser, y también por obligarles a depositar su atención en algo falso. Es decir, que ha condenado la fe de los inocentes a la frustración y el desánimo. Como entenderá fácilmente, esto que afecta al individuo se extrapola a las naciones. Su Cosmic-Earth XXI limpia de homo falsus a las naciones; de ellos y de sus funestas consecuencias.»

         Llegado aquí, Pepe Babel hizo una pausa para continuar enseguida, como el torbellino que parece amainar para volver con más fuerza.

         «Y ya que he citado el error de pretendernos mejor de lo que somos, también señalaré el engaño que se comete por omisión al consentir a otros cuando la verdad no les acompaña o se demuestran peor que nosotros en un asunto concreto, lo cual les sucede a los tímidos, a los tibios, a los cándidos y a todas esas buenas personas a las que la mentira envilece con su cercanía. Sí, señor Lancaster, estos son los asuntos invisibles que alimentan o envenenan a los hombres a cada segundo, estos son los asuntos que cohesionan o disgregan a los pueblos y que, finalmente, por su extensión en el espacio, se transubstanciarán originando ese enorme paso evolutivo al que me refería. Tenga usted en consideración que hay ahora un número significativo de rebeldes que no están dispuestos a transigir, y tenga en cuenta que estos rebeldes han permanecido en la reserva a la espera de una palabra que los llamase a filas y que ya están luchando con tenacidad implacable por más golpes que reciben, y que le causan muchas molestias a la dama dudosa, y ha comenzado ésta a levantarse y rugir, y, cuanto más ruge, más le apalean nuestros rebeldes, y, si uno flaquea, otro aparece por detrás para empujarle a la lucha. Ya ve, estos son los tiempos que corren, amigo, y que en lo físico y material se demuestran con el descontento social, el descrédito político y la necesidad de cultura. Toda una catarsis, tal y como empecé advirtiéndole, ¿recuerda?» Y terminó: «nos vendrá bien.»

         Bárvulo tenía la vista clavada en sus zapatos, que se sucedían uno al otro sobre el asfalto de la carretera. Abrumado, se aflojó el nudo de la corbata. «Quizá este Pepe Babel» se dijo, «no era ni mucho menos catedrático universitario antes de perder la memoria, si no predicador protestante, o quizá estoy acompañando a un incomprendido, un outsider, un profeta, ¡santo dios!»

         «¿Y dice usted que esa guerra moderna nos vendrá bien?», indagó.

         «Es el tratamiento que precisa el enfermo.»

         «Pero, ¿y las víctimas?»

         «El nuevo método mitiga la violencia física. Piense que un poder reconocible elimina las ganas de pelea en el gallinero no por la fuerza que pueda desplegar, sino por lo real que es. Sencillamente: nadie rechista. Desde luego, habrá víctimas mortales, siempre hay imbéciles recalcitrantes y en ocasiones hay que sacrificar un órgano para salvar al cuerpo. Además, ¿acaso no hay fe en la vida eterna? ¿Qué pasa con la muerte ahora que se aproxima? ¿Va a asustarnos? ¿No será que el rebaño no estaba tan preparado como han venido contándole sus pastores? ¿Y quién enseñó a esos pastores doctrina tan acoquinada y endeble?»

         «¡Me causa escalofríos!»

         «¡Vaya! Me callaré entonces.»

         «¡No, no, expláyese! Seguro que le conviene. En cuanto a mi, los viciosos como yo no podemos resistirnos al miedo, nos suministra adrenalina con que estimular al cerebro, y éste, en agradecimiento, segrega dopamina, cuyos efectos revierten en una acusada sensación de bienestar. No tengo nada en contra del miedo, es rentable.»

         «Ah, se droga usted.»

         «Lo que puedo. ¿Usted no?»

         «Tanto como me conviene.»

         «Y dígame», varió Bárvulo Lancaster el tono, dando a entender que se entendían en aquello de las sustancias y sinceramente interesado en la conversación de aquel desmemoriado, «de acuerdo a lo que ha dicho, ¿no vale la pena procurar ser mejores?»

         «Véalo así, don Bárvulo, el Homo Naturalis no procura ser nada: se desarrolla. En su sincero trato con el mundo, evoluciona, crece y se hace fuerte, a todo lo cual llama usted ser mejor, y, de este modo, verificándose en cada acto conforme a lo que verdaderamente es, se alimenta y alimenta a los otros. El Homo Falsus, en cambio, ofrece fruto sin tener semilla, y, con ello, no genera más que locura. Por último, le he hablado de aquel que siendo capaz cree que no lo es, y, por tanto, se acobarda ante los muchos esbirros a quienes la mentira maneja. Ése pobre, a parte de contribuir al pudrimiento del orbe, acaba por padecer esquizofrenia, remordimientos de ser e indeterminación vital. Y con esto me refería, y le repito, a que tanto el que finge ser algo distinto como el capaz que no se impone se desvían del comportamiento natural. Su Cosmic-Earth XXI se los come: ñam.»

         Bárvulo y Pepe se miraron.

         «¿Me explico?» preguntó Pepe Babel.

         «Sí, sí», se defendió Bárvulo Lancaster.

         Volvieron ambos a mirar uno al suelo y otro al cielo, límpido, azul, callado y vivo como el dibujo de un niño. Dos hombres que caminan por una carretera. Dos monigotes en línea. Un árbol. Otro árbol. Un pájaro.

         «Oiga, ¿no recuerda usted donde aprendió cuanto me está diciendo? Parece producto de una intensa dilucidación.»

         Pepe Babel torció el gesto y encogió el hombro izquierdo.

         «Mientras le hablo me escucho estupefacto. No tengo ni idea de lo que guarda esta cabeza.» Y se tocó la susodicha en un ademán rápido, ajeno y despreciativo.

          Bárvulo emitió un silbido agudo.

          «¡No sabría decirle si es maravilloso o terrible!», exclamó.

         Una vez más Pepe Babel se encogió de hombros.

         «Yo qué sé», dijo.

         «Bueno, es como tener un enorme baúl lleno de sorpresas» le animó el músico. «Quiero decir, disculpe, si es que usted me permite echar un vistazo ahí dentro, claro.» Y también él señaló a la cabeza del señor Babel.

         «Haga lo que quiera, yo sólo pretendo encontrar mi moto» respondió éste, un tanto harto.

         «¿Su moto? ¡Claro que la encontraremos! ¿Se ha molestado conmigo?»

         «No. ¿Me acompañará usted?»

         «Por supuesto que sí. ¿Puedo hacerle otra pregunta?»

         Pepe Babel pareció considerar su contestación.

         «Adelante», dijo finalmente.

 

 

 

 

… CONTINUARÁ

 

 

locura priónica: THE LEFT HAND